Wednesday, October 31, 2007

Praia Vermelha – Crónica XXXIV - Por: Eduardo Bechara Navratilova


Nota al lector: Esto no es ni una guía turística ni un manual de viajero.

Liberarse siempre es un acto de valor; no importa la circunstancia. Te hace sentir fuerte pero al mismo tiempo te roba algo. Atrás se queda una parte de ti que jamás volverá, un aire que era tuyo pero que ya no es. Entonces piensas: vendrán otros aires, otros rostros, otros paisajes, todo será nuevo. Es cierto, pero eso no te importa porque en tu huida parte de ti se muere. Se queda con el viento, con la arena, con las olas, en las malditas fotos que vuelves a mirar una y otra vez, pero después guardas en algún cajón o fólder escondido para no verlas nunca. No quieres acordarte de esa pequeña muerte que dejaste atrás pero que está ahí como tatuaje que te marca para siempre.

Estás hablando en clave; vuelves a filosofar. Tu nunca me entiendes, no te das cuenta que dejar todo esto atrás me pone sensible. Te has vuelto un masoquista, un llorón. ¿Qué sabes tú del amor? Se que te puede destruir o reivindicar, todo depende. Dime ahora quién es el que está hablando en clave.

Una nube negra que se aproxima del sur deja caer las primeras gotas sobre el entablado. El mar se cubre de lluvia al tiempo en que algunas personas en la playa buscan refugio. Me siento en una de las mesas de la pizzería de la ‘Fazenda Verde’ y pido una cerveza. Los últimos surfistas salen del mar justo antes de que los rayos dejen caer su furia.


El mesero trae mi cerveza. Debe tener unos treinta y cinco años. Es de rostro huesudo y cuerpo atlético.

- ¿De dónde eres? – le pregunto.

- De Río de Janeiro.

- ¿Qué haces aquí?

- Vine por el surf unas vacaciones y aquí me quedé.

- Lo supuse. ¿Y los otros meseros?

- Todos están aquí por el surf.

Tomo mi cerveza viendo las gotas caer como gruesas agujas que lo cubren todo. El panorama colorido es ahora una combinación de grises que le roban el brillo a la playa. El viento sacude el techo de paja chisporroteando el agua hasta mi mesa. A mi lado una pareja se toma un trago resguardada contra una esquina en donde no alcanzan a llegar las gotas que la ventisca levanta. Se dan un beso y luego se miran con ternura inclinando la cabeza hacia un lado. En otra mesa, ubicada un par de metros más allá, un hombre de edad come pizza con su mujer.

Quisiera gritarle al océano, decirle: ¡Todo me importa un culo! No puedo, estaría mintiendo. Supongo que no soy un buen asesino, lo pensaría tres veces antes de apretar el gatillo. Esa maldita indecisión es la que te tiene hecho un llorón. Qué quieres, que lo mate todo; no te has dado cuenta de que no puedo. Sí, ya me di cuenta de que no vas ni para adelante ni para atrás. Por lo menos me estoy yendo de esta playa. Nunca debiste volver. ¡Maldita sea! Deja de atormentarme.


Pido otra cerveza y la bebo a medida en que la nube se descarga. Un olor a madera mojada y vegetación inunda el ambiente. Unos surfistas que aguardan debajo de una choza de paja situada junto a la caseta de los salvavidas, se lanzan al mar una vez que la tormenta se acaba tan rápido como comienza. Termino mi cerveza, la pago y me hecho playa arriba en dirección a la punta norte. El mar recupera su color aunque una espesa bruma cubre parte del horizonte. Una carreta halada por dos búfalos vuelve a la playa guiada por un hombre.


Sigo caminando hasta que me topo con un pescado plateado que la violencia del mar arrojó hasta la orilla. Le tomo una foto y sigo adelante viendo un gran columpio de madera, en el que una mujer se impulsa parada sobre una tabla. Se balancea como un péndulo sujeta a unas sogas que dan contra un tronco que sirve de biga central.


Llego hasta la punta en donde algunos surfistas mar adentro montan unas olas que rompen con fuerza. El sonido del océano embravecido se acentúa cerca de los riscos. Del otro lado de la montaña está Praia Vermelha. Doy los primeros pasos y subo por un camino de tierra en el que se resbalan mis zapatos. Me sujeto a los troncos de unos matorrales y asciendo. El dolor de la hernia se acentúa, pero sigo adelante hasta que la perspectiva del paisaje va cambiando. El grupo de sufistas parece una bandada de aves negras y extrañas flotando en el agua. Un conjunto de grandes piedras claras que yacen como monolitos enormes, resalta contra la vegetación y el agua.


Respiro profundo; el aire puro infla mis pulmones. Lo boto y vuelvo a respirar viendo el paisaje abierto ante mí. Permanezco ahí un rato sumido en una melancolía que me atormenta. Quisiera estar bien pero no puedo. Todo vuelve a mí como un hechizo maldito del que no logro escapar. El victimario retorna con toda su corte de opresores y veo a Tatiana una vez más en aquel angustioso año nuevo, la veo de cara a la ventana del carro en la laguna de Conceiçao y aquí en Praia do Rosa, con su rostro de amargura y dolor.


Sigue caminando, siempre que paras a mirar el paisaje en estas montañas te pones así. Qué quieres que haga, he intentado no pensar en ello. Por eso, sigue adelante, deja de alimentar el dolor, lo que fue, fue, pertenece al pasado, tienes que mirar al frente, ya veremos qué pasa. ¿De un momento a otro te volviste condescendiente? Qué quieres, estoy aquí para ayudarte. No estoy seguro, hay conciencias que llevan al suicidio.


Sigo adelante hasta llegar a la cima. La cadena montañosa se prolonga hacia el norte formando bahías contra el océano. Una nube de mosquitos me persigue y continuó por el camino descendiendo por un acantilado al lado del cual una pequeña Virgen yace solitaria. Praia Vermelha se dibuja ante mis ojos y puedo ver su corta extensión de arena cobriza. Me topo con un par de argentinos que vienen subiendo con una tabla de surf y veo a un surfista abajo que monta olas en la solitaria playa. Desciendo un poco más hasta que decido volver. Bajo por la resbalosa superficie de barro, camino por la playa en donde un hombre es ahora quien monta el columpio gigante, paso al lado de un fotógrafo que le toma fotos a unos surfistas con una cámara montada en un soporte, subo bordeando la ‘Fazenda Verde’ hasta el ‘Engenho do Rosa’, cierro la puerta, me baño, me visto, salgo a una noche que cae y camino hasta el centro donde me conecto a Internet.

Mañana me voy – le escribo por el chat a Tatiana // ¿A dónde? // Florianópolis… Sigo pensando en todo lo que pasó // ¿En serio? // Sí, no me deja en paz // Ya lo metiste todo dentro de una bolsa plástica y le prendiste fuego // No puedo, tu me hiciste demasiado daño // Por qué me haces esto // No sé, sólo te digo lo que siento.

Flavia se me acerca y me dice que está cerrando la tienda.

Tengo que irme // Me vas a dejar así // Tengo que irme // No me dejes así // Lo siento.

Supongo que la vida es así, un continuo de momentos que te iluminan o te destruyen. Te deja probar ambos lados para que no te sientas invencible, un superman ambulante que camina como desfilando sobre una pasarela.


Salgo de la tienda con un nudo en la garganta. Por lo menos me voy de aquí. He estado una semana pero me parece un año. Las crónicas se han ido a la mierda así como todo lo demás. Subo por la calle principal hasta el albergue en donde me pido un ‘prato feito’. Lo espero invadido de una alegría repentina que me desborda al pensar que no estaré aquí mañana. Revuelvo los frijoles negros con el arroz y la ensalada, bañándolos en un compuesto que tiene 40% de aceite de oliva, y me lo como en compañía de un filete de pollo. Pago y me voy.

El cielo está cubierto de nubes, aunque es posible ver estrellas del otro lado del hemisferio. Llego a la posada y me topo a Daniel, quien me invita a una casa contigua, donde se acaba de trastear. Tiene una sala espaciosa en la que hay un par de sofás y otros asientos de bambú bien acolchonados, un equipo de sonido y algunas decoraciones tropicales que incluyen móviles hechos con conchas, un cenicero de estrella de mar y otras cosas por el estilo. En la cocina, incorporada al resto del ambiente, está su mujer embarazada preparando la comida. La saludo viendo que su barriga está a reventar. Nos sentamos afuera. Daniel trae unas cervezas y me cuenta que esa casa la arriendan en alta temporada. Una oruga verde sube cadenciosa por una de las patas de la mesa. Le cuento que estuve en Praia Vermelha y me dice que pertenece a un millonario que vive en Porto Alegre. Le pregunto si hay alguna persona que sepa de leyendas en la zona y me dice que me levante temprano mañana y hable con Pedro, un pescador dueño de una tienda cercana a la que siempre voy a comprar pan, queso y yogurt. Terminamos la cerveza agobiados por los mosquitos, justo antes de que su esposa lo llame a comer.


Vuelvo a la posada. La ropa que dejé colgada en las cuerdas está completamente mojada. La exprimo y extiendo de nuevo. Empaco algunas cosas en la mochila hasta que me vence el cansancio, me quito la ropa y me acuesto en la cama. A mi mente llegan ecos lejanos, gemidos que oí en esa misma cama de una pareja de argentinos que hacían el amor. Tatiana y yo los escuchamos en nuestro cuarto, del otro lado de la pared de madera. Mi verga se empalma y bajo mi mano hacia ella. Recuerdo con claridad los gemidos, pienso en Tatiana, recuerdo la última vez que hicimos el amor en aquel sitio, la forma desenfrena en la que nos saciamos. Restriego mi verga con fuerza, me concentro en aquella imagen y luego pienso en otras mujeres de mi pasado.

Esta historia queda en continuará…, porque el mundo es mejor verlo con los propios ojos que por el Discovery Channel. (Las publicaciones se harán los martes aunque su periodicidad no puede garantizarse dada la naturaleza del viaje. Espere los jueves reportajes gráficos). Para ver más fotos del viaje y todas las crónicas, diríjase a las páginas http://www.eduardobecharanavratilova.blogspot.com/ y www.eltiempo.com/participacion/escarabajomayor Agradecemos a los siguientes colaboradores: Embajada brasilera en Colombia, Ibraco (Instituto cultural de Brasil en Colombia), Casa editorial El Tiempo, eltiempo.com, Avianca, Hanna Estetics Bogotá, Jugos Blast, Gimnasio Sports Gym y la revista Go “Guía del ocio”.


Thursday, October 25, 2007

Brasil en dos Ruedas cambia de nombre

Debido al fracaso del proyecto de Brasil en dos Ruedas, que pretendía recaudar fondos para los niños con cáncer, este blog pasará a llamarse Brasil al Desnudo y será un cuaderno de viaje, en donde el cronista narra los acontecimientos que se desarrollan durante su travesía.

Varias son las razones que llevaron al fracaso de Brasil en dos ruedas. La primera de todas, es que durante el exigente entrenamiento que realicé en Bogotá, antes de viajar al Brasil, una vieja lesión de una hernia lumbar L5 S1, se reactivó impidiéndome hacer la travesía en bicicleta. Supongo que la gran expectativa generada en ese sentido desvalorizó el esfuerzo posterior, en el que me propuse llevar a cabo la travesía como fuera, así tuviera que ser en bus y con la espalda lesionada.

A partir de ahí una serie de acontecimientos sellaron su muerte. Los patrocinadores jamás dieron un peso y la Fundación Opnicer, para quien iban los fondos, jamás se interesó en realidad por sacar adelante el empeño de intentar recaudar fondos para los niños con cáncer. Jorge Abisambra, su director, me escribió un escueto mensaje en el que indicaba que en la cuenta abierta para el recaudo (la cual conseguí que se abriera luego de siete meses de insistencia), no se había consignado un solo peso.

Las fallas principales del proyecto pueden establecerse en los siguientes puntos:

1. Falto coordinación, planeamiento y equipo de trabajo. Las dos primeras son resultado de la última. Con un equipo de trabajo adecuado, la coordinación y el planeamiento hubieran sido eficientes.

2. Nunca hubo un patrocinador real. De haberlo habido, éste se hubiera encargado de hacer la publicidad adecuada.

3. La decisión de llevar a cabo la travesía en bus, terminó causando una decepción en una parte del público. Pensé de forma equivocada, que podría controlar la hernia como lo había hecho unos años antes. Claro, no enfrentando una travesía de 8.000 kilómetros en bicicleta. Supongo que eso es resultado del determinismo que llevo dentro, el cual, en éste caso, jugó en contra del proyecto. Varias fueron las voces que me indicaron que me operara antes de iniciar el recorrido, pero la recuperación duraba 3 meses y el tiempo que tenía destinado para la travesía estaba corriendo.

4. Si la organización a quien va dirigido el empeño por recolectar los fondos muestra desinterés, ¿quién diablos puede estar interesado? Lamenté el hecho de no haber elegido a la Fundación Dharma, la otra organización de niños con cáncer que funciona en Bogotá, a quien contacté sobre la hora, una vez intuí la actitud de Opnicer.

A pasar de lo anterior, la experiencia deja resultados positivos. Si bien el proyecto no se desarrolló de acuerdo a lo planeado y tristemente la intención de ayudar a los niños con cáncer quedó reducida a eso, una simple intención, las crónicas han ido captando la atención de un público que ve rasgos característicos de la cultura Brasilera y su gente, al mismo tiempo en que se hace una idea del paisaje y la naturaleza mostrados a través de las descripciones de los textos y las fotos.

Cada fracaso invita a corregir los errores cometidos. Mejorar es un acto intelectual en el que una persona saca sus propias conclusiones en procura del éxito de proyectos futuros.

El final de Brasil en dos Ruedas le abre la puerta a Brasil al Desnudo, un cuaderno de viaje (algunos opinan que es lo que siempre ha sido) en el que se narra la travesía de un cronista por la costa brasilera, con todas las cargas y presiones psicológicas que implica el desarraigo y la soledad. Los invito a seguir las nuevas crónicas en www.eltiempo.com/participacion/escarabajomayor y en http://www.eduardobecharanavratilova.blogspot.com/.

Eduardo Bechara Navratilova

Tuesday, October 16, 2007

El Capitán David (II) - Crónica XXXIII - Por: Eduardo Bechara Navratilova







Nota al lector: Esto no es ni una guía turística ni un manual de viajero.


Un grupo de surfistas espera una ola que se aproxima a punto de reventar. Tendidos boca abajo sobre sus tablas en dirección a la playa, se impulsan con los brazos en un rápido movimiento en el que adquieren el empuje necesario para ser arrastrados. Varios de ellos logran montarla, parándose como resortes sobre las deslizantes tablas que flotan sobre la cresta por algunos segundos de emoción intensa.

- Los surfistas son como el mar; por momentos tienen una personalidad tranquila y en otros embravecida – dice la esposa del Capitán David justo antes de que él entre.

Daniel me lo presenta, diciéndole que soy un cronista que quiere entrevistarlo. El Capitán me da la mano de forma cortés y me dice que lo espere un momento.

Afuera un mulato corpulento de gafas oscuras, camiseta amarilla de cuello verde y reloj plateado, descarga unas tablas de surf.

- Balaio fue el que correteó al violador hace un mes – me dice Daniel.

Subo la cámara, le apunto, él sube el pulgar de su gruesa mano y tomo la foto contra el fondo del mar. En la imagen queda atrapada su sonrisa de dientes separados, unas arrugas limpias en los bordes de su boca, el sudor de su frente y el resto de sus rasgos y gestos amigables.

- ¿Cómo supieron que el tipo era el violador? – le pregunto.

- La hija del dueño del restaurante ‘Tucano’ lo reconoció. ¿Estás segura? le pregunté y ella me dijo que sí. Claro que ya lo soltaron por falta de pruebas. Nunca se supo bien si era un violador o sólo un molestador… Ya no anda por acá.

- Aquí hemos tenido de todo – dice la esposa del capitán. Hace un tiempo vino un hombre en un Mercedes Benz convertible, comía en los restaurantes más costosos, gastaba mucho dinero y andaba con mujeres de un lado para otro. Un día nos lo encontramos de frente en nuestro carro y le vi los ojos de malo. Después lo apresó la policía y se supo que era un fugitivo escapado de la cárcel de Porto Alegre. Estaba condenado por varios asesinatos y robos a bancos. Se sospecha que participó en un asalto a un carro blindado que venía a repartir dinero desde Florianópolis a todo el sur del estado. Un amigo nuestro lo vio y pensó que estaban filmando una película de Holywood porque le cerraron el paso, volcaron el camión, lo abrieron con un lanzamisiles y escaparon en helicóptero.

Balaio ordena las tablas en un mueble de madera y se despide apretando mi mano con fuerza.

- ¿Hay leyendas en esta zona?

- Existe la de la laguna do Rosa: En días de luna, sale un pescado muy grande para mirar el resplandor de la luz. Le dicen Kokumura y en realidad sí existe. Es un pez llamado Caranha. David un día estaba dándole clases a un niño de 11 años y el niño dijo haber visto un pescado muy grande. Unos meses después, mientras les daba instrucción a otras personas, vieron las aletas anaranjadas de un pescado de un metro de largo pasar junto a ellos. Hasta ahí llegó la clase. La laguna tiene una profundidad de más de 20 metros y se dice que es una prolongación del mar que se abre y se cierra dependiendo de la época del año.


El Capitán David se cambia detrás del biombo que da contra la pared, al tiempo en que entra una pareja de uruguayos que se vinieron a vivir a Praia do Rosa para surfear. Me cuentan que filman los videos de la escuela y después se los venden a los alumnos. El hombre de unos 50 años aún conserva un cuerpo atlético, al igual que su mujer, una señora delgada y bronceada de nariz recta y ojos claros, que debe estar en la mitad de los cuarentas. Lleva puesto el top de un bikini y unos cortos jeans recortados que dejan ver la extensión de sus largas y bien delineadas piernas.

Se van y el perro gris de cachetes caídos que ha estado merodeando, pone su hocico húmedo entre mis manos. Sus babas mojan el cuaderno en el que escribo.

- Le pusieron Bruno. Sabías que todos los perros de la calle vienen a comer y a dormir en esta escuela. Es como un orfanato de perros abandonados. Nadie sabe de dónde salió éste. Es de raza; seguramente se le perdió a un turista – dice Daniel.

El Capitán David se acerca. Es un hombre moreno de baja estatura, ojos azules, nariz redonda, barba incipiente y fuertes entradas en su frente. Lleva puesto un nuevo ‘wetsuit’ de color negro y visos blancos con la marca de Mormaii.

- Ayer, algunos alumnos estaban felices por las olas que había. Hoy las olas eran buenas pero diferentes; exigían que se siguiera una línea determinada. Se necesita a veces la suerte de encajar. Muchas veces lo que falta es la adaptación. El mejor surfista es el que se adapta con mayor facilidad. Esto mismo se aplica a la vida. Algunas olas necesitan una adaptación diferente a otras. Eso es saber surfear. No es solamente pararse encima de la tabla. Es tener determinación, empeño y persistencia para superarse a si mismo. Yo estoy aprendiendo a dar clases de surf con cada persona. Jatir fue para Europa y sintió que había evolucionado bastante, luego volvió y se echó para atrás. Incluso llegó a decir que uno de los mejores del mundo no es tan bueno. Yo le dije: No era tan bueno ayer, hoy sí. Todos los surfistas viven esa decepción de pasar de un día perfecto a uno no tan bueno. Lo que queda es que de ayer para hoy hay más experiencia y mañana podrán ser mejores. - Esto es lo peor o lo mejor del surf; es como la vida. ¿Sabes cuando vamos a ser perfectos? Tú como escritor lo debes tener claro: Nunca.


- La cultura del surf la hacen los que la practican. Hay una ropa, una música, una moda, una alimentación de surfista. El surfista acaba siendo una persona distinta, viviendo en un mundo aparte. También puede ser vista como una religión en la que Dios es la naturaleza y las olas serían los brazos de Dios. Las olas son producidas por las tormentas en altamar que viajan hasta las distintas playas que las reciben. Hoy en día con Internet es posible saber para dónde va el ‘swell’ que en inglés quiere decir hincharse o expandirse - dice mientras que su mujer se acerca y nos da un sándwich de jamón y queso recién salido de una sandwichera.

- La playa a la que va el ´swell´ se convierte en un templo. Se habla de que tal templo va a recibir la energía de altamar o los brazos de Dios. Cuando el surfista llega ante el mar se arrodilla, se inclina y surfea las olas. Luego sale del templo, va para la santa cena y comenta cómo fue su experiencia, quedando a la espera del próximo ´swell´ en el que pueda flotar de nuevo en los brazos de Dios. Eso es surfear, tomar esa energía de la naturaleza y alimentarse de ella. No es sólo pararse en la tabla; cualquier persona puede hacer eso.


- ¿Qué relación tiene el surf con el consumo de drogas?

- Cada vez que te paras en una ola sientes una dosis de adrenalina pura. Esa adrenalina te genera placer. Los seres humanos siempre quieren volver a sentir sensaciones agradables, y en ese sentido el surf puede ser visto como una droga que te envicia. Pero esa adrenalina no se puede mezclar; por eso es falso asociar al deporte con el consumo de la mariguana o de otras drogas. Afuera del mar no se camina en los brazos de Dios, adentro sí. Después del surf las personas pasan a ser seres humanos normales. Los surfistas australianos toman cerveza, los brasileros cachaça, los norteamericanos whisky. El surf no tiene nada que ver con sustancias adicionales que lo estimulen, sólo se necesita de las olas, la tabla y la voluntad. Las personas son individuos independientes y deciden lo que quieren para si. No hay por qué estigmatizar a nadie. No a todos los jugadores de la selección brasilera les gusta la samba ni a los de la argentina el tango.

A lo lejos el grupo de surfistas continúa montando olas. Caminan en los brazos de Dios durante algunos segundos de adrenalina pura.

- ¿Vas a surfear? Te vez atlético.

- No puedo, tengo una hernia que no me deja.


Esta historia queda en continuará…, porque el mundo es mejor verlo con los propios ojos que por el Discovery Channel. (Las publicaciones se harán los martes aunque su periodicidad no puede garantizarse dada la naturaleza del viaje. Espere los jueves reportajes gráficos). Para ver más fotos del viaje diríjase a las páginas http://www.eduardobecharanavratilova.blogspot.com/ y http://www.brasilendosruedas.blogspot.com/ Agradecemos a los siguientes colaboradores: Embajada brasilera en Colombia, Ibraco (Instituto cultural de Brasil en Colombia), Casa editorial El Tiempo, eltiempo.com, Avianca, Jugos Blast, Gimnasio Sports Gym y la revista Go “Guía del ocio”.

Tuesday, October 02, 2007

El Capitán David (I) - Crónica XXXII - Por: Eduardo Bechara Navratilova





Nota al lector: Esto no es ni una guía turística ni un manual de viajero.


Restriego unos calzoncillos que han aguantado varias posturas. Apestan. Huelen a sudor reconcentrado mezclado con amoniaco y cebo. Todo junto produce un olor a queso rancio. Trabajo los bordes percudidos presionando el jabón contra ellos una y otra vez pero el tono café amarillento de la mugre no suelta. Supongo que un jabón de cuerpo no es igual a uno de ropa, pero no tengo otra alternativa a la de seguir restregando. El mercado es lejos y salir a comprar uno me tomaría medio día.

Afuera la mañana es radiante. Los rayos entran en la cabaña por la puerta trasera que también deja entrar un aroma a flores y vegetación espesa. Varias horas se me han ido restregando calzoncillos, camisetas y jeans sobre el lavaplatos de la cocina. Deberías dejar así y lavar en Florianópolis. Ya voy a acabar, prefiero salir de esto. Se te está pasando el día. Sí, pero prefiero no perder el impulso.

Exprimo la ropa y la cuelgo en el patio donde le dan los rayos del sol. Me preparo un sándwich de jamón y queso que me como en compañía de un yogurt, escuchando un ruido que viene de afuera.

Shuuuuuuinn, shuuuuuuinn, shuuuuuuinn. Por momentos para y luego se inicia de nuevo sin mucha mecánica. Salgo y me encuentro a Daniel barriendo hojas y semillas con un rastrillo de puntas plásticas que raspa los adoquines.

- Che, pensé que podías estar dormido pero ya son las 11:30 del día.

- No te preocupes, estaba lavando mi ropa. Me voy mañana.

- ¿Ya? Pensé que te ibas a quedar más tiempo, me dijiste que debías escribir.

- Sí, pero tengo que seguir adelante, la costa brasilera es muy larga y no quiero estar apurado al final. Podrías ponerme en contacto con el instructor de ´surf´ del que me hablaste el otro día; me encantaría entrevistarlo.

- Claro, bajemos a la playa – dice mientras recoge un diminuto fruto amarillo de los que ha estado barriendo y me lo pasa – pruébalo. El suelo está invadido de esas bolitas hinchadas.

- ¿Cómo se llaman?

- No me acuerdo.

La meto en mi boca y la reviento. Sabe dulce y es muy suave. Me llena la mano de ellas y las voy estallando con los dientes a medida en que bajamos a la playa bordeando la ´Fazenda verde´ y el esplendoroso paisaje, pensando que puede ser la última vez que lo vea en mi vida.

- El capitán David debe estar en clase pero puedes hablar antes con su esposa y sus sobrinos; los dos son campeones de ´surf´.

Bajamos hasta la pizzería de la ´Fazenda´ y atravesamos un entablado de madera que bordea la playa y lleva hasta un local de puertas de madera y vidrio, en el que se observan innumerables tablas de ´surf´ de diferentes colores dispuestas hacia un costado. En el fondo, colgados de acuerdo a su tamaño, hay varios ´wetsuits´ listos para ser usados. Daniel me presenta con los dos sobrinos diciéndoles que soy un cronista de Colombia que quiere entrevistarlos, y luego con la esposa del Capitán David, quien despacha unos clientes sentada detrás de un viejo escritorio de madera. Una estufa eléctrica de dos fogones, una cafetera y un tablero en el que hay unas explicaciones de cómo enfrentar una ola, terminan de decorar al recinto rodeado de sillas blancas de plástico, en las que también están sentados un niño de trece años, quien es el hijo del Capitán David, y una joven de unos dieciocho que es la sobrina.

- Bienvenido a Praia do Rosa, el Capitán David está dictando un aula pero ahora viene. Habla primero con los chicos – me dice la simpática señora de cara redonda y cuerpo rollizo, quien luce una descolorida camiseta anaranjada, un pantalón caqui de hilo y un apretado reloj Seiko en su muñeca.

Salgo del local con José Luís Suárez, un joven de dieciséis años, quien es campeón júnior brasilero de ´longboard´. Un perro gris de hocico ancho, cachetes caídos y abundantes arrugas en el pecho, nos acompaña hasta el borde del entablado en donde se aprecia la playa en su totalidad. El cielo se ha ido cubriendo de nubarrones que vienen empujados del sur. Le tomo unas fotos con su larga tabla de color rojo claro que pone frente de si. Luce una camiseta negra y unas bermudas de rayas. Me siento a su lado apreciando el audífono de un Ipod que cuelga de su oído. Su piel es clara, su pelo castaño y sus ojos cafés. Tiene una mirada franca. El ruido de las olas se escucha mientras me cuenta que es nativo de Praia do Rosa y que vive con su tía y su tío porque sus padres murieron en un accidente.


- El ´surf´ es un estilo de vida - dice -. ´Surfeo´ con ´long board´ hace 4 años y con tabla corta hace 12, desde que tenía 3. Quedé campeón brasilero el año pasado en Santos, Río de Janeiro, Bahía, aquí en Praia do rosa y en el balneario Camboriú. Yo necesito del ´surf´ para sobrevivir. Con él hago dinero ganando competencias y dando clases mientras practico el deporte que amo. Pienso hacer la facultad de música en España, aunque el ´surf´ no lo voy a dejar nunca. Sólo estudio por si algún día me lastimo y tengo que vivir de la música. La pasión por el ´surf´ me la inculcaron mi papá y mi tío. Cuando termine el colegio quiero ir a ‘surfear’ a Europa, Australia y California. Mi expectativa de vida es ser campeón mundial.


José Luís se va escoltado por el perro que camina de forma cancina tras él y su hermano Jatyr Bersaluce llega. También luce una camiseta negra, pero sus bermudas son blancas con flores rojas. Su nariz de punta prominente y sus ojos hundidos son iguales a los de su hermano. Levanta su dedo pulgar hacia arriba y tomo la foto.

- Competí en el circuito europeo para menores de 21 años y quedé segundo. En Brasil fui campeón sur brasilero el año pasado en Torres. El ´surf´ es mi vida, mantiene mi forma física, me hace feliz y me da la comida. Aparte, el contacto con la naturaleza es la sensación más pura que un ser humano pueda tener. Por eso me encanta ´surfear´ en Rosa, por el verde de las montañas y las buenas olas. Mis hijos también serán ´surfistas´. Todos menos mi mujer. Ella se quedará en la playa tomando el sol. Yo estoy muy feliz con la vida que llevo ´surfeando´ por todo el mundo. El año pasado lo hice en Francia, España y Portugal, y este año voy a Sur África, México y Hawai.

El cielo se termina de cubrir de nubarrones y el viento empieza a mover las ramas de los árboles. Entramos al local donde la esposa del Capitán David me ofrece un café y me sienta a su lado.

- Hace trece años tenemos la academia. Fue un sueño que el Capitán tuvo y que ahora está viviendo. Lo más lindo es que está haciendo que otras personas también vivan el sueño de ´surfear´. A veces vienen unos que piensan que no pueden hacerlo y cuando se dan cuenta de que sí, les cambia la vida. Hay otros que vienen pensando que todo lo pueden y el mar los revuelca.

Se inclina hacia atrás recostada contra el espaldar de la silla de madera, entrelaza los dedos de una mano con los de la otra y continúa: - En invierno las olas llegan hasta los 3 metros. Revientan y luego se extienden sobre la playa cubriéndola por completo. El agua llega hasta los médanos debajo de los barrancos. Uno no puede pasar de ahí porque el mar es muy fuerte y peligroso - Abre los ojos y dice: - Hemos visto que es una tendencia creciente: cada año el mar llega más arriba; mi papá solía decir: “Todo lo que el hombre ocupó del mar, el mar lo viene a recuperar un día”.

Dejo que hable sin dirigirle el tema, copiando en un cuaderno lo que dice: - La playa está cerrada para los ´surfistas´ y bañistas desde el 1 de mayo hasta el 30 de junio debido a la pesca de la tainha. En español creo que se llama lisa. Es una tradición de hace más de 100 años. Hace 20 los pescadores sacaban 14 toneladas y hoy no sacan ni una y media. La manera de pescarlo es cercando al cardumen con una red anclada a la punta de la playa, que un bote va soltando en un gran círculo que termina en otro punto de la playa. Luego los pescadores empiezan a tirar de la red y eso arrastra a los peces a la orilla. El problema es que en esa época la tainha se acerca a desovar, cada una de ellas tiene como 200 mil huevos por dentro y antes de que desove la pescan. La que tiene los huevos es la que más cuesta. Por eso ahora ya no hay casi peces.

Pierde su mirada en la línea que demarca la división entre el cielo y el mar, suspira y vuelve a mí. - Aquí todo ha cambiado, antes el pescador vivía de la pesca, ahora vive del turismo alquilando su casa en el verano. La pesca no pasa de ser un simple ritual. Ellos toman cachaza y pescan con los amigos. Es una tradición de muchos años. Lo hacen para escaparse de la casa un rato; yo los conozco. El ´surf´ vino después.

José Luís se cambia detrás de un vestidor y sale con su ´wetsuit´ puesto. Toma una barra de cera entre las manos que pasa por encima de la superficie de su tabla. En ese momento vuelve Daniel y se sienta con nosotros.

- ¿Y la ballena franca?

- La ballena franca se ha protegido desde 1973 y su populación ha aumentado mucho. Antes era la segunda especie de cetáceos más amenazada del mundo. El año pasado se avistaron 364 en toda la costa. Yo misma vi unas 6 o 7 sólo aquí en Praia do Rosa.

- Yo estaba ´surfando´ y apareció una a mi lado. Era muy grande. Hay unas que alcanzan los 18 metros de largo – dice Daniel.

José Luís se despide de nosotros y sale con su tabla caminando hacia el mar. El hijo de 13 años del Capitán David pasa la barra de cera sobre la tabla y también sale a practicar. Luego lo hace la joven sobrina y por último Jatir quien se despide chocando su puño contra el mío.

- Eso abrió una nueva temporada de turismo - continua - mucho europeo viene a observar las ballenas. Antes, cuando las cazaban, las mataban a palazos. En Garopaba hay fotos en las que incluso sale un cura con un mazo. Que tristeza. Sólo usaban su grasa para iluminar las lámparas de aceite. No lo creerías pero la luz acá en Rosa vino hace menos de 15 años.

- Yo vi algunas de esas fotos en la iglesia de Garopaba ayer.

- También está lleno de delfines. A veces vas ´surfando´ y te pasan al lado – comenta Daniel.

- A Pedro, nuestro hijo, un par de delfines le juguetearon un día, escondiéndose del sol en la sombra que produce la tabla de ´surf´.

- ¿Tiburones?

- Tiburones no hemos visto por suerte, porque esta es una zona costera que no se ha alterado. No hay puertos grandes. Afortunadamente estamos en equilibrio con el medio ambiente. En Fortaleza la costa ha sido alterada y por eso hay más ataques de tiburones que en Sur África.

- ¿Qué opinas de la idea que tienen de pavimentar las vías?

- Quién va a llegar a Rosa es el que en serio quiere venir acá. Es increíble, todo el mundo quiere ir al encuentro de la naturaleza pero nadie quiere ir caminando. Que vengan quienes quieran encontrar la esencia de las cosas sencillas. Lo lindo de aquí es la sencillez, no tener que arreglarse para salir a la calle y esas cosas.


Esta historia queda en continuará…, porque el mundo es mejor verlo con los propios ojos que por el Discovery Channel. (Las publicaciones se harán los martes aunque su periodicidad no puede garantizarse dada la naturaleza del viaje. Espere los jueves reportajes gráficos). Para ver más fotos del viaje diríjase a las páginas http://www.eduardobecharanavratilova.blogspot.com/ y http://www.brasilendosruedas.blogspot.com/ Agradecemos a los siguientes colaboradores: Embajada brasilera en Colombia, Ibraco (Instituto cultural de Brasil en Colombia), Casa editorial El Tiempo, eltiempo.com, Avianca, Jugos Blast, Gimnasio Sports Gym y la revista Go “Guía del ocio”.



eXTReMe Tracker




Sobre mí

Eduardo Bechara Navratilova nació en la ciudad de Bogotá, el 9 de noviembre de 1972. Es hijo de un padre de origen libanés y una madre checa. En 1993 fue condecorado con la medalla Juan Bautista Solarte, otorgada al mejor soldado del cuarto (4to) contingente de 1992, de la Dirección de Reclutamiento Nacional de Colombia. Se graduó de derecho en la Universidad de los Andes, Bogotá, Colombia, 1999, y se especializó en derecho comercial en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, Colombia, 2000. Luego de trabajar durante tres (3) años como abogado, realizó un viaje de seis (6) meses por Europa Occidental, Europa del Este, México y Canadá, y volvió a Colombia a publicar la novela “La novia del torero”, 2002, editorial La Serpiente Emplumada. Se graduó de literatura en la Universidad de los Andes, Bogotá, Colombia, (2005), y publicó su segunda novela “Unos duermen, otros no”, 2006, editorial Escarabajo. Es conferencista y profesor de talleres de literatura. Escribe crónicas de viaje y hace Reportajes Gráficos para el periódico El Tiempo de Colombia. En el 2007 se recorrió toda la costa brasilera pidiendo fondos para los niños pobres con cáncer (ver más acá). Es escritor independiente para otros periódicos y revistas literarias. El ser humano y su comportamiento dentro de la urbe contemporánea es su tema de fondo. En la actualidad realiza una Maestría en Escritura Creativa en la universidad de Temple, Filadelfia, Pensilvania, Estados Unidos de América.



Fotos

www.flickr.com
This is a Flickr badge showing public photos from Eduardo Bechara Navratilova. Make your own badge here.