Thursday, March 27, 2008

Concierto de Paz: Juanes Campeón - Parte III - Por: Eduardo Bechara Navratilova


Los acordes de la guitarra se escuchaban magnificados por los enormes parlantes que daban contra nuestra tribuna a uno y otro lado. Varias luces focales de gran poder, provenientes de adelante, atrás, los costados, la tarima y de las dos grandes estructuras que pendían del techo, hacían brillar a Juanes en la oscuridad, al punto en que todo lo que veíamos era una figura resplandeciente, perdida en un marasmo de luces.



La cámara lo enfocó y pudimos verlo en las dos pantallas, frente al micrófono, con un pantalón y una camisa negra ceñida. Su guitarra se balanceaba de un lado a otro al ritmo de sus movimientos. Su pierna derecha se movía hacia arriba y abajo marcando el paso. En un acercamiento se vio su mano tocando las cuerdas de forma ágil, su boca contra el micrófono y sus ojos cerrados. Sus gestos marcados mostraban la pasión que le trasmitía a un público que gritaba emocionado. Ivonne lo mirada con ojos perdidos.

- ¡¿Como está Atlántic Cityyy?! –, preguntó en medio de la canción y el público le respondió con un grito agudo.

Luces azules y moradas, empezaron a dibujar el escenario a medida en que cantó otras canciones iniciales que abrían el concierto. Las figuras de los guitarristas y otros músicos aparecían entre ellas. El baterista golpeaba los tambores bajo una gran flor de metal, en la que múltiples reflectores llenaban el tablado con un juego de colores.

- Qué tal como canta ¿ah? –, dijo Ivonne.

Tocaron “Malagente” y Juanes caminó por una pasarela que se adentraba en medio del público. Luces rojas lo alumbraban hasta que llegó a una isla central en la que había otro micrófono. Cantó frente a personas emotivas que le agitaban banderas de Colombia. La canción se acabó y el recinto quedó en tinieblas. Chiflidos y gritos agudos se escucharon provenientes de todas partes.

- Esto está pasando ya, ahora, disfrutémoslo. Es aquí; ¡ya! – gritó, y el júbilo fue mayor.

El juego de colores continuó a medida en que cantó “La vida es un ratico” y algunas otras canciones de su nuevo álbum, que el público no se sabía bien.



El escenario se tornó amarillo y rojo, morado. Juanes iba y volvía hasta la isla central por la pasarela, chocando las manos de algunas personas a su paso. Sus gestos expresivos y movimientos eran seguidos por la cámara que continuaba mostrando su figura y rostro bañado.

- ¿Qué tal como suda? –, dijo Ivonne.

- Pues con todas esas luces encima –, le respondí.

- Yo ya había pasado por aquí y bueno, que maravilla volverlos a encontrar. Definitivamente hoy es un día bien, bien, pero bien especial, muchachos. Gracias por estar aquí –, dijo y empezó a cantar “No creo en el jamás”, una canción que habla de la necesidad de seguir soñando y pensando en que las cosas pueden ser posibles.

En aquel momento pensé en que todo el mundo quiere tener un ídolo y necesita tener un ídolo. Que Juanes representaba esa gran voz de todos que necesitaba salir a la superficie y gritar: ¡No más! No más secuestrados, no más violencia, no más actos de cobardía ni de lesa humanidad, no más ataques contra población civil, no más desolación, no más muerte.

- Ya vengo, voy a tomar fotos de cerca –, le dije a Ivonne y bajé. Bordeé el tumulto de personas paradas y caminé por el corredor central hasta quedar enfrente de la tarima central, en la que Juanes estaba a unos dos metros de distancia.

Luces amarillas que delineaban los extremos de los pétalos mecánicos, encendieron la gran flor de metal, que luego se tornó azul. La imagen de Juanes apareció en blanco y negro en la pantalla, en medio de una tira de bordes perforados con pequeños rectángulos, como los de un carrete de cine. Caminó de nuevo a la isla central en donde tomó el celular de una joven, le preguntó con quien estaba hablando, lo llevó a su oreja y dijo: - ¡Ey! Vamos a mandarle un saludo a Juliana muy fuerte.


La saludó, el público gritó entusiasmado, devolvió el celular, dio una especie de venia en la que inclinó el cuerpo hacia delante levantando el brazo derecho, se tapó la boca con la mano, subió el micrófono y dijo: - Que tiene una gripa la hijueputa -, o algo así que no alcancé a entender bien entre el fervor del público delirante. - ¿Quién dijo eso? –, preguntó al tiempo en que se agachó a chocar la palma de su mano con la de un asistente que sobresalía, la limpió en su pantalón a la altura de su muslo, la metió en el bolsillo y se dio media vuelta dándole una indicación a su grupo.

- Hijueputa, dijo, hijueputa. Oiga voy a llamar a mi papá, llave -, gritó un tipo a mi lado entre los chiflidos que se escuchaban por todos lados.

Juanes se ajustó un micrófono en el oído y empezó a cantar “Para tu amor”, al tiempo en que algunas personas lo acompañaban. Luces azules y rojas aparecían como manchas en la oscuridad, mientras que el público aplaudía al ritmo de la canción y lo acompañaba en la letra.

Se devolvió a la tarima principal en la que sobresalían los pétalos de la flor amarilla de seis puntas. Cantó “La paga” y cabó ante un nuevo juego de colores en el que la flor se tornó morada. Caminó de nuevo por la pasarela, ante las cámaras de los espectadores que lo enfocaban sacándole fotos o haciéndole videos, mientras se acercó al punto en el que yo estaba y empezó a apretar las manos de varias personas del público. Cuando la canción se acabó tomó una bandera de Colombia que una de las personas le pasó, la llevó por detrás de sus hombros y estiró sus puntas extendiéndola hacia los lados. Permaneció un instante así, con los colores amarillo, azul y rojo de fondo en contraste con su camisa negra. Tomé una foto y lo capturé abriendo la boca hacia un lado. Se la devolvió al dueño, regresó corriendo hacia la tarima principal, recogió su guitarra, se la colgó y se paró frente al micrófono.

- Hay muchas formas de dedicar una canción. A veces es bueno y a veces es malo. ¡Ey! Te dedico esa canción. ¡Pilas! –, dijo estirando su brazo. El público se rió. – O también puedo decir: Ey… te dedico esa canción –, dijo de forma suave moviendo el antebrazo y mostrando la palma de su mano. Las mujeres a mi lado gritaron. - ¿Si o no?; o: ¡Ey! Te dedico esa canción –, dijo en tono resentido manoteando con desdén. El público rió de nuevo. – Depende, ¿sí o no?, éste caso es así, como… bien romántico. Quiero dedicar esta canción a todas las hermosas mujeres que están aquí en la casa esta noche -, un grito generalizado se escucho, - y sin ustedes no podríamos vivir, muchísimas gracias -, dijo retirándose hacia atrás, al tiempo en que el recinto quedó a oscura. Cantó “Gotas de agua dulce”, moviendo sus piernas hacia delante y atrás, y luego balanceando el cuerpo de un lado a otro con los brazos estirados a la altura de su pecho.


Tomé algunas otras fotos en las que intenté cuadrar mi cara con su figura en el fondo, hasta que una norteamericana que estaba con el novio, se acercó y me dijo que me la tomaba. Lo hizo y me la devolvió.

- Yo sé que estos días pasados han sido de mucha tensión y de sentimientos encontrados, pero tenemos que tener en cuenta, que tenemos que estar muy unidos, eee, een la adversidad, yyyy, me refiero a colombianos extendiendo un brazo a los ecuatorianos, a los venezolanos, a los nicaragüenses, mexicanos, República Dominicana, Argentina, - su entusiasmo fue subiendo, - Costa Rica, Bolivia, Cuba, Atlantic City, todos… Brasil, y construir una sola bandera, muchachos, que es la bandera de la paz, la única bandera que tenemos que tener. Con esa bandera, no importa la clase social, el partido político, la religión -, el público enloqueció, - lo único que importa, es que todos somos humanos y queeee –, dijo trastabillando -, vivimos en un mismo lugar, y que lo tenemos que cuidar, cuidándonos. Eso es lo que dice esta próxima canción.

- Hastaaa entoncesss… - gritó una mujer a mi lado.

Cantó con entusiasmo “Bandera de manos”, moviendo sus dedos de forma rápida sobre las cuerdas de la guitarra, antes de estirarla hacia arriba, volverla a bajar al instrumento y continuar tocando y mecerse hacia los lados. Las banderas de varios países del mundo aparecieron en la pantalla, al tiempo en que Juanes cantaba con entusiasmo. Intenté tomar varias fotografías en las que salía en un primer plano con la pantalla de fondo, retratando sus gestos expresivos.

Me devolví a mi tribuna al lado de Ivonne y Hernán.

- ¿Cómo te fue?

- Bien, pude tomar unas buenas fotos -, le respondí a Ivonne mostrándole algunas en la pantalla digital.

- Waauuuu, estabas super cerca -, comentó al tiempo en que Juanes anunció una nueva canción - … y de ahí viene, del caribe colombiano, muchachos, esta noche frenéticamente presente en la casa para bailarla bien -, dijo antes de que se escuchara el compás de un tambor sosegado de entrada y luego sonaran los acordes de guitarra al ritmo del rock.

- Las imágenes que van a ver son de… - dijo el nombre pero no entendí. - Él ha estado durante más de diez años, fotografiando víctimas de minas alrededor del mundo, por supuesto incluyendo Colombia. En una visita que tuve, hace más o menos dos años, a un municipio pequeñito que se llama Cocorna, en Antioquia, después de haber encontrado y haber escuchado las historias de estos sobrevivientes de víctimas de minas, nace esta canción -, comentó al tiempo en que salía la imagen de seis minas quiebrapatas en la pantalla, tres arriba y tres abajo, seguida por la de una prótesis.


Empezó a cantar “Minas piedras” mientras se mostraban imágenes de niños y hombres con las piernas amputadas, algunos sonriendo, otros no, tomas cercanas de sus gestos tristes y cuerpos mutilados por un conflicto añejo y desgastado, pensé, en el medio de la tristeza que la letra despertó.

- Juanes es el Bono colombiano -, dijo Ivonne.

- Yo te iba a decir lo mismo.

Las fotos de rostros de niños, jóvenes, hombres y ancianos, en su mayoría campesinos, mezcladas con las de las minas y prótesis continuaron, hasta que la canción se acabó, en medio de un ambiente general de melancolía, en el que se hacía evidente el cambio de ánimo del público.



- Gracias por compartir éste tipo de canciones que vienen del corazón –, agradeció después.

- Ellos siempre tienen ese miedo. Yo estuve en el concierto de U2 con el temor de que lo político pudiera opacar lo musical, pero no. Fue espectacular –, comentó Ivonne.

- Como latinoamericanos, es muy importante que podamos respetar las múltiples ideas. Eso es un poco lo que dice esta canción -, dijo Juanes y cantó “No creo en el jamás”, en la que se alude a los secuestrados de la guerra.

- ¿!Cómo están los ánimos!? -, gritó. El público le respondió animado. Se movió hacia el lado derecho de la tarima, llevó el micrófono a su boca y gritó cantando: - Samannnttttaaaa, Samannnttttaaaa, Samannnttttaaaa…

- Samanta es la hija - dijo Ivonne.

Samannnttttaaaa, Samannnttttaaaa, gracias por existir… Un aplauso para Samanta que está aquí –, dijo botándole un beso con la mano.

- Es coqueto –, dijo Ivonne sorprendida.

- Es famoso.

Canto “La Rebelión” de Joe Arroyo, y la mayoría de personas se pararon a bailar. En las pantallas apareció la bandera de Colombia con el símbolo de la paz resaltado. Luego se vio el emblema blanco sobre un fondo negro.


- Quisiera abrazarlos fuerte, fuerte. Estos momentos se quedan en mi memoria y mi corazón. Con esta canción nos vamos a despedir, ¡papá! –, dijo antes de que sonara la camisa negra. Se movió hacia el lado izquierdo del escenario y luego volvió al lado derecho, en donde extendió el micrófono sobre el público. - Un momento, un momento –, dijo parando la canción: - ¡Vamos a cantar con gueeeeevvvvvvooooooossssssssssss!


Monday, March 17, 2008

Concierto de Paz: Juanes Campeón (Parte II) - Por: Eduardo Berchara Navratilova





Entramos por una pesada puerta de vidrio que nos llevó a un enorme salón repleto de máquinas tragamonedas, en las que aparecían los números 777, cerezas, manzanas, racimos de uvas, patillas cortadas por la mitad y otras figuras coloridas que giraban en las innumerables pantallas. Cientos de personas jugaban frente a ellas.

Caminamos por el elegante tapete morado con visos rojos, siguiendo un corredor que bordeaba el salón, en donde un hombre golpeaba desesperado un botón con la mano, un joven doblaba su dedo índice sobre el anular, una mujer con sombrero alimentaba de forma sistemática la máquina y otra apoyaba su cabeza sobre la pantalla enchapada en bronce.

- No me gustan los casinos - dijo Ivonne.

- A mi tampoco. El sólo ambiente es deprimente. Fíjate en la cara de la gente y dime quién la está pasando bien.

- Nadie.

- Están enfermos. Deben pasar horas enteras esperando a que tres figuras se alineen para ganarse unas moneditas -, concluí al ver a hombres y mujeres a la espera de un golpe de suerte.



Caminamos por un espacioso corredor cubierto por un alto techo, pasando al lado de un restaurante elegante de comida China, en cuya entrada aparecía un vistoso tejado de madera pintado de verde. Finos bordes dorados se prolongaban por sus extremos inferiores, hasta unas puntas de madera curvadas hacia arriba, al estilo de la arquitectura oriental. Cuatro gruesas columnas enchapadas en mármol rojo bajaban frente a la pared en la que había dibujos elaborados de soles, dragones y leones. Un piso de madera brillante se extendía hacia el interior, donde elegantes mesas y sillas de madera oscura, aparecían dispuestas de forma ordenada, dentro de un salón de muros rojos. Del otro lado del corredor, unos cocineros vestidos de blanco enrollaban sushi y preparaban tepanyaki en planchas hirvientes que formaban un círculo, bordeado en su exterior por una larga barra de madera clara, frente a la cual diversas personas disfrutaban de los humeantes alimentos.



Seguimos adelante hasta llegar a un punto en el que un gran cartel de Juanes aparecía iluminando la entrada del concierto. Una niña de trenzas de unos trece años, sostenía con orgullo una bandera de Colombia, junto a otras personas que presentaban sus boletas.

- Me siento rara entrando a un concierto así. No sabía si traer o no una chaqueta bien abrigada, porque me lo imaginaba en un estadio.

- Yo también me lo imaginaba al aire libre. Tipo el Campín de Bogotá. Es curioso como todo el mundo ve las cosas de acuerdo a su propia experiencia - respondí.



Presentamos nuestras boletas y entramos a un enorme y alto recinto en el que aparecía la tarima delante de cientos de puestos ordenados en dos grupos separados por un corredor central. Caminamos frente a una tribuna de cómodos asientos de tela roja y brazos acolchados como los de un teatro. En ambos lados del enorme lugar se levantaban otras dos tribunas iguales. Nos dirigimos a la que daba contra la parte derecha de la tarima, guiados por una señora con pantalón y blazer negro, que sostenía una linterna delgada en su mano. Un micrófono oscuro se ajustaba sobre su oído derecho. Subimos por una escalera cubierta por un tapete rizado de color negro hasta la fila J, en donde fuimos ubicados por otro empleado que nos indicó nuestros puestos.

- En éste lugar cualquiera puede ver a Juanes de cerca – dijo Ivonne, mirando la tarima sobre la cual pendían unas gruesas estructuras curvas y metálicas de lado y lado, frente a unas amplias pantallas laterales de unos cuatro metros de alto y de ancho. En toda la mitad del entablado negro aparecía una batería poderosa, un teclado corrido hacia la izquierda, unos micrófonos encajados en sus soportes de aluminio y un ecualizador de sonidos con infinidad de botones que se apreciaba de nuestro lado.

Saqué el periódico Al Día y busque la entrevista que Ivonne y otro periodista llamado Alfonso Gaytán, le hicieron a Juanes.

- Bonito el título “El rostro social de Juanes” -, le dije al verlo sobre una foto azulosa que ocupaba media página, en la que salía el cantante con una camiseta blanca y una guitarra en las manos cantando en pleno concierto. Un tatuaje de gruesos trazos se asomaba en su brazo.

- Léete también “La cronología de una ruptura anunciada”, en donde se hace un recuento detallado de la crisis diplomática entre Colombia y Venezuela, y también la editorial en la que cito al ex Ministro de defensa venezolano Raúl Baduel, quien dijo que el envío de las tropas a la frontera colombiana evidencia una estrategia política de Chávez para recuperar el apoyo popular.

- No sabía que la revista Time consideró a Juanes una de las cien personas más influyentes del mundo – le comenté a Ivonne al verlo en la entrevista.

- Él lleva ocho años vinculado al tema de las minas antipersonales en Colombia; eso ha subido su popularidad.

- Dice que el beneficio más grande que puede sacar de la música es el trabajo social en favor de la comunidad; aunque estoy leyendo que el avance ha sido mínimo, ya que son bombas hechizas... ¡Wooow! No sabía que vale dos Dólares poner una y desactivarla vale dos mil.

- Para que veas el problema que tiene Colombia.

- Y quien sabe cuando se acabe. Yo digo que la culebra está golpeada pero sigue viva. Las FARC estarán acabadas cuando no viva uno sólo de los jefes de su cúpula, antes no.

- Es cierto. Justo cuando las tenemos contra las cuerdas se les aparecen un par de amigos inesperados que las abrazan y resguardan.

- Mira, esto es bien interesante – le dije señalando las letras con la punta de mi dedo. - Juanes les dijo que si bien se entiende que hubo una violación del espacio ecuatoriano, debería existir un poco más de apoyo al tratarse de una lucha contra el terrorismo – continué, levantando mis ojos del periódico. - Precisamente eso es lo que nadie entiende. Bueno, aunque todo lo que ha pasado sirvió para desenmascarar por qué es así. Algo que ya se intuía pero ahora se comprobó.

- Siempre se supo la intensión expansionista del proyecto Bolivariano de Chávez. El mismo Uribe lo dijo cuando lo destituyo como mediador en la negociación para liberar a los secuestrados – dijo Ivonne.

- Oye, que irónico; dice aquí que Simón Bolívar es el líder personal de Juanes. Supongo que Chávez y él comparten ídolo pero no ideología. También dice que Juanes considera a Uribe necesario para éste momento que vive Colombia, y que el país no podría estar en mejores manos.

- A él le gusta Uribe – dijo Ivonne mirando hacia la tarima en la que se apreciaba algún movimiento. – Ya van a ser las ocho - indicó.

- Esto está bueno: Juanes dice que es de extremo centro. Interpreta eso como quieras.

- Allá viene mi jefe – dijo Ivonne señalando a Hernán Guaracáo, quien caminaba hacia nuestra tribuna en compañía de una señora y una niña. Lucía un saco amarillo de lana y una gorra azul oscura. Lo seguí con la mirada pensando en la gente valiosa y productiva que el país ha perdido por causa del conflicto interno. Hernán era tan sólo un ejemplo de los millones de cerebros fugados que podrían estar en el país consolidando una nación pujante y emprendedora. Los vimos subir las escaleras y aproximarse a nosotros.

- ¿Y Yesid no ha llegado? – preguntó luego de acomodarse.

- Acabo de hablar con él por celular y me dijo que está parqueando – le respondió Ivonne.

La hija de Hernán daba pequeños saltos sujetando sus manos cruzadas a la altura de su boca.

- Las tribunas ya están casi llenas. Cuántas personas crees que haya – preguntó Ivonne.

Conté las filas de una tribuna y multipliqué su número por el de las columnas. Lo mismo hice en cada sector. - Unas cuatro mil - le dije.

- Mira que también hay muchos gringos – dijo al dar un vistazo a nuestro alrededor.

- ¿Hace mucho llegaron? – preguntó Hernán, quien no terminaba de acomodar su ancho cuerpo dentro del asiento.

- Hace unos diez minutos – respondí. - Hernán, ¿qué opinas de lo que pasó en nuestro país? – le pregunté, interesado en la opinión del dueño del periódico hispano más importante en éste sector de los Estados Unidos.

- Que no es muy distinto a lo que viene pasando desde hace cincuenta años. Sólo que ahora los actores del conflicto son distintos. Pero te voy a decir lo que rescato de todo esto –, dijo mirando al vacío por donde las tribunas abarrotadas se alistaban para la salida de Juanes. - Veo que la juventud de Colombia está sacando la cara por el país. Y esas son buenas noticias. Por lo menos se apunta a un futuro mejor.

Las luces del recinto se apagaron y el público se emocionó. Me quedé pensando en esa última frase que se mezcló en mi cabeza con los gritos agudos, aplausos y chiflidos emotivos de la gente. Unas luces focales de color blanco brillante se encendieron en la tarima, alumbrando la batería, el teclado y los micrófonos.



Pensé en que la vida siempre esta llena de virajes extraños, dimensiones desconocidas que nos hacen recordar lo frágiles que somos, lo ínfimos que nos vemos en un cosmos infinito en el que existimos como seres microscópicos. Habitamos un pequeño mundo, de una pequeña galaxia, de un pequeño universo, en el que los seres humanos son una colectividad. ¡Diablos! Es tan difícil de entender. ¿Por qué no nos ayudamos en vez de darnos duro? ¿Por qué habrá tanta intolerancia en éste planeta? Da rabia pensar en eso, me dije, pero cuando vi la figura de Juanes con su guitarra en mano y escuché los primeros acordes de la canción “A Dios le pido”, sentí una especie de alivio que llenó mi cuerpo de energía.





Friday, March 14, 2008

Concierto de Paz: Juanes Campeón (Parte I) - Por: Eduardo Bechara Navratilova









El viento mecía los semáforos como péndulos, al punto en que temí que pudieran descolgarse sobre uno de los tantos vehículos que les pasaban por debajo. Las vallas publicitarias y avisos de tránsito parecían soportar la envestida con sus rígidos soportes, aunque se sacudían en sus puntos más flexibles.

Doblamos a la derecha por una calle y caminamos al lado de un enorme lote en el que algunos obreros trabajaban con palas en un sector del terreno, sobre una tierra de color café en la que yacían unas volquetas alineadas.

- Si no estoy mal, aquí implosionaron uno de estos grandes casinos hace poco. Yo lo vi en televisión – comentó Ivonne.

- Supongo que van a construirlo de nuevo.

- Seguro; tu sabes que aquí lo que no se renueva ya es viejo.

Bajamos por una calle hasta alcanzar el complejo hotelero Trump Plaza, cuyo edificio de líneas verticales blancas con vidrios negros se elevaba frente a nosotros. Los enormes avisos rojos del casino emitían una fuerte luz en la que brillaba su nombre ante la noche. Cruzamos ´Pacific Avenue´ y seguimos bordeando el complejo hasta llegar al paseo marítimo.



Hacia la derecha se veía el alto edificio amarillo del Tropicana, con una gran corona iluminada en el techo. Hacia la izquierda aparecía el Caesars elevado sobre un edificio de tonos pasteles y ventanas alineadas que llevaban hasta el último piso, en donde una estructura triangular emulaba la parte frontal de un templo romano. Un aviso de letras independientes encendía su nombre en la cornisa superior.

El fino entablado de madera, en el que las delgadas tablas se alineaban de forma perfecta en diagonal, se prolongaba hacia uno y otro lado en cuatro hileras diferentes, frente al los extravagantes hoteles que aparecían a todo lo largo, en un juego de colores limpios y arquitecturas diversas.



Viramos hacia el norte, siguiendo una línea de elevados faroles que alumbraba el paseo, caminando al frente de unos coloridos almacenes construidos sobre una escollera. Una heladería abría sus puertas aunque no se veía a nadie por ahí. Fachadas, rojas, verdes, moradas de toldos diversos aparecían sobre edificios de tres y cuatro pisos de arquitectura europea, que se conectaban entre si hasta llegar a uno azul en el que resaltaba una torre de reloj.

Una corriente de aire helado me obligó a ponerme el gorro y los guantes. Provenía del mar, que a esa hora ya era una mancha negra que se apoderaba del hemisferio. Finas estelas claras aparecían sobre la superficie, delatando el quiebre de las olas contra la playa.



Ivonne guardaba sus manos en los bolsillos y contraía sus brazos contra el tronco de su cuerpo. A pesar de llevar puesta una chaqueta cortaviento, encima de otra gruesa chaqueta de invierno, escondía su cara entre una capucha que cubría su cabeza. Formaba un ovalo que bajaba frente al borde de sus cejas, por sus pómulos agudos y cachetes delgados, hasta el borde de su mentón.

- Aquí en Atlantic City siempre hace un viento terrible – comentó.

- Ya te estás poniendo blanca del frío – le respondí.

Pasamos al lado de una construcción larga de dos pisos con vidrios continuos, otra en la que aparecían grandes murales con caras infantiles, barcos, atardeceres, elefantes pintados en amarillo, rosado, verde y azul, una de toldo naranja ubicada frente a un arco griego, y muchas otras, cuyos avisos lumínicos intentaban alegrar el solitario lugar. Detrás de ellos se veía el ancho edificio del Ballys con su frente rodeada de ventanas como un gran espejo ante la luna.



Una pareja nos cruzó a la altura en que un amplio local de juegos de video abría sus grandes puertas sobre un mapamundi de plástico amarillo y azul, del tamaño de un pequeño globo aerostático, cuyos trazos de América y África no concordaban de forma alguna con la realidad del mundo. Un par de jóvenes solitarios echaban una carrera frente a una pantalla gigante, montados en unas motos mecánicas de color blanco, empotradas en un soporte de hierro. Inclinados sobre el manubrio, se movían con agilidad de un lado a otro a medida en que las curvas aparecían en la pista.

- Este ´board walk´ es agradable en el verano, pero siempre he pensado que aquí hace falta algo. El mar no es bonito y es helado – dijo Ivonne.

- Esta ciudad es bien al norte; no es el Caribe en donde el agua es azul y caliente. Para que veas lo que tenemos. A veces creo que no lo apreciamos lo suficiente.

Un leve olor a algas y salmuera nos alcanzó por un momento. Ivonne sacó las manos de los bolsillos y estiró los cordones de la capucha para cerrar los bordes de nuevo. – Guarda tu las boletas que yo las voy a botar – dijo devolviendo las manos a sus bolsillos sin perder tiempo. - ¡Estoy emocionada! A mi me encanta Juanes por su lado humano – dijo. - Eso fue lo que quisimos resaltar en la entrevista. La nuestra fue la única con carácter social de todos los periódicos de aquí. Se la hicimos el lunes, cuando el conflicto por la muerte de ´Raúl Reyes´ y la violación de la soberanía ecuatoriana ya estaba muy caliente.



Bajé la mirada y vi las boletas de cortesía entre mi guante. Anunciaban su gira mundial llamada: La vida. ´La vida´, que bonito nombre en medio de la guerra y la muerte, pensé, al recordar la terrible sensación de amenaza que había sentido durante toda la semana, cuando Hugo Chávez dio la orden de movilizar 10 batallones a la frontera con Colombia, y Rafael Correa pidió condenar a Colombia ante la OEA. Recordé las noches largas de insomnio en medio de un sentimiento de impotencia y desolación, mientras el chaparrón de noticias y rumores se repetía de forma desquiciada en mi cabeza: Las groserías de Chávez hacia Colombia, las acusaciones de Correa, la ruptura de relaciones, las verdades o mentiras del computador de ´Raúl Reyes´, uranio en poder de las FARC para fabricar la bomba atómica, misiles Venezolanos provenientes de Irán, ¿apuntados adónde?, me pregunté. Aviones que están en 28 minutos en Bogotá desde Maracaibo, un ataque en tres direcciones desde el este, el sur y el norte con la ayuda de Ecuador y Nicaragua, el sonido de fusiles, gritos de hombres muriendo, llanto y sangre, sangre, sangre, soledad, una locura generalizada en medio de la euforia de sentimientos nacionalistas que inflan el pecho. ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mil veces mierda! ¡De cuando acá uno se mata con los hermanos!, grité una madrugada pero nadie me escuchó.

- Me gusta el nombre de la gira – le dije a Ivonne.

- ¿Supiste que Juanes va a hacer un concierto por la paz en la frontera con Venezuela para apaciguar los ánimos? – me preguntó.

- Sí, yo leí que está buscando la forma de contribuir a la construcción de país desde el arte. Dijo que un concierto en la frontera sería un símbolo que extendería un mensaje de unión entre países hermanos.

- Él es así; le importa mucho lo que ocurre en Colombia; le duele.

- También dijo que se alegraba mucho por los secuestrados liberados, pero que le causaba mucha confusión y frustración la falta de claridad en el proceso de liberación. Manifestó que los colombianos hemos soportado demasiados años el conflicto interno como para que ahora nos tengamos que ver involucrados en uno que pase las fronteras.

- Si no se hubiera dado el acuerdo en la cumbre del grupo de Río ayer en la noche, la situación seguiría muy caliente.

- Sí, aunque no deja de causar indignación todo esto. Habrá que ver si en la realidad se va a cumplir el acuerdo que se firmó en Santo Domingo, en el que Uribe se comprometió a respetar la soberanía de sus países vecinos, y Chávez y Correa se comprometieron a no apoyar ni resguardar en sus territorios a grupos insurgentes vinculados al narcotráfico, considerados como terroristas por el mundo entero. Detestaría pensar que se dio una paz temporal pero que primó la mentira, como ha ocurrido tantas veces en la historia del mundo. Quiero ver a Venezuela y Ecuador expulsando a las FARC de sus santuarios guerrilleros.

- Eso no va a pasar; aunque por lo menos ahora estamos más tranquilos. No como el jueves que te llamé y te asustaste porque pensaste que llamaba a contarte que ya había comenzado la invasión.

- No me culpes, la paranoia fue generalizada. El mismo Juanes dijo que todo esto ha sido como una montaña rusa de sentimientos -, comenté.

- Yo sé.

Varios minaretes con las puntas en forma de cebolla aparecieron frente a nosotros a medida en que nos acercamos al Trump Taj Mahal. La construcción blanca con bordes dorados y grandes materas labradas puestas en orden, se extendía a lo largo de una edificación blanca que intentaba emular el mausoleo hindú ubicado en Agra, que combina elementos de la arquitectura persa, turca, hindú e islámica, y es considerado una joya del arte musulmán. Una cúpula blanca con forma de cebolla y líneas de loto forradas por metal dorado, conectaban con una gran punta de oro que sobresalía al lado de dos minaretes menores, con cúpulas rodeadas por púas doradas. Detrás de ellos, otros dos minaretes más altos aparecían. Un gran edificio de hotel con una parte central y dos alas con grandes avisos verticales de Taj Mahal, conectaba con el mausoleo en el que un gran aviso luminoso verde y dorado, con las letras en rojo, nos indicó el camino.



Iba pensando en los contrates que despierta la vida, en la terrible semana que acababa de pasar, de cara a la alegría que nos despertaba ver un concierto en el que se apoyaba la paz. Una paz sin velos, una paz blanca y pura como un cristal translucido por el que pudiéramos ver. Juanes lo había dicho: Hay una necesidad de poder vivir en paz y tranquilos. ¡Queremos que nos escuchen! Las marchas han sido clarísimas; muestran que la gente está buscando esa unidad de voz.

Espere dentro de poco la parte II de la crónica: Concierto de paz: Juanes Campeón.


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Sobre mí

Eduardo Bechara Navratilova nació en la ciudad de Bogotá, el 9 de noviembre de 1972. Es hijo de un padre de origen libanés y una madre checa. En 1993 fue condecorado con la medalla Juan Bautista Solarte, otorgada al mejor soldado del cuarto (4to) contingente de 1992, de la Dirección de Reclutamiento Nacional de Colombia. Se graduó de derecho en la Universidad de los Andes, Bogotá, Colombia, 1999, y se especializó en derecho comercial en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, Colombia, 2000. Luego de trabajar durante tres (3) años como abogado, realizó un viaje de seis (6) meses por Europa Occidental, Europa del Este, México y Canadá, y volvió a Colombia a publicar la novela “La novia del torero”, 2002, editorial La Serpiente Emplumada. Se graduó de literatura en la Universidad de los Andes, Bogotá, Colombia, (2005), y publicó su segunda novela “Unos duermen, otros no”, 2006, editorial Escarabajo. Es conferencista y profesor de talleres de literatura. Escribe crónicas de viaje y hace Reportajes Gráficos para el periódico El Tiempo de Colombia. En el 2007 se recorrió toda la costa brasilera pidiendo fondos para los niños pobres con cáncer (ver más acá). Es escritor independiente para otros periódicos y revistas literarias. El ser humano y su comportamiento dentro de la urbe contemporánea es su tema de fondo. En la actualidad realiza una Maestría en Escritura Creativa en la universidad de Temple, Filadelfia, Pensilvania, Estados Unidos de América.



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