Thursday, April 17, 2008

De cara a Barack Obama (Parte III) - Por: Eduardo Bechara Navratilova











Me paré en el asiento y lo vi con su traje de paño oscuro, su camisa blanca y corbata roja, empuñando el micrófono con su mano derecha. Hablaba algunas cosas, pero era imposible oírlo por la gritería que se escuchaba en el salón.

- Me encantaría que se vieran así como yo los puedo ver. Cada raza, cada edad; todos juntos -, dijo con voz profunda, cuando los gritos agudos de los asistentes se silenciaron un poco.

- Que bonito ver el poder de la gente normal; gente como todos nosotros. Éste es el poder que va a generar los cambios en el país.

- ¡Siéénteensee! ¡Siéénteensee! ¡Siéénteensee! ¡Siéénteensee!... –, se escuchó a las personas gritando a una sola voz detrás de nosotros.

Nos bajamos de los asientos así como lo hicieron las personas que estaban adelante. Los organizadores les indicaron a todas las personas agrupadas en el corredor volver a sus puestos.

- Si tienen asientos por favor siéntense para que pueda ver las caras bonitas de las personas de atrás -, dijo Barack.

- Hoy alimenté a un ternero y comí malvaviscos de chocolate, aunque debo admitir que no almorcé con un emparedado de queso de Filadelfia. Lo haré la próxima vez que venga.

La gente lo miraba con admiración.


- Me han dicho: Barack, es muy temprano. Barack, eres demasiado joven y puedes intentarlo después. Yo les he respondido: ¡No! Creo que hay una urgencia inmediata en éste momento. Hemos gastado millones de Dólares peleando una guerra que no debemos pelear. Nuestro mercado está congelado y la economía se contrajo. La gente está perdiendo sus empleos, sus vidas. Aquellos que tiene un trabajo han visto que sus ingresos se estancaron. Al final del mes la gente difícilmente tiene cómo pagar sus deudas -, dijo caminando con calma con su cuerpo delgado de un lado a otro del tablado.

- Nuestro sistema de educación deja que millones y millones de estudiantes compitan entre ellos. Aquí en Filadelfia, miles de niños se quedan rezagados y en el futuro sólo verán una cárcel. Es por eso que no podemos esperar y me estoy postulado para la presidencia ahora.

- ¡Claro que sí! –, escuché que gritaba un hombre de la asistencia entre la infinidad de voces de aliento que provenían de todas partes.

- Creo que las personas en Norteamérica están cansadas de las mismas políticas viejas de siempre. Son las mismas políticas de intereses particulares que buscan favorecer a pocos, en vez de ser políticas que levanten al país -, dijo al tiempo en que continuaba caminando con calma de un extremo a otro de la tarima, con la cabeza erguida y el micrófono empuñado a la altura de su pecho. - Toda mi vida he sido un organizador así como ustedes lo son ahora mismo. Pienso que la gente ordinaria puede hacer cosas extraordinarias. Creo que todos nosotros, africanos, blancos, latinos, asiáticos, todos puestos juntos, podemos cambiar al país y elevar el nivel de vida de nuevo. Creo… - continuó, pero una nueva gritería no lo dejó terminar.


- No voy a repetir todos mis planes en éste momento, ustedes ya saben que le vamos a dar un programa de salud a todo el mundo, vamos a reinvertir el dinero en nuestras ciudades y no en la guerra, y que también vamos a invertir en energía alternativa; todos ustedes saben sobre esto: Le pondré punto final a esta guerra -, dijo moviendo su brazo hacia abajo, con el dedo índice estirado. - Vamos a asegurarnos de ayudar a los países pobres, acabar el genocidio en Darfur; cerraremos Guantánamo. Nuestro éxito dependerá de ustedes. Hemos aprendido que cada voto cuenta.


- Dan, voy a ver si me puedo acercar para tomarle una buena foto -, le dije. Deje mi libreta de apuntes en el asiento, me agaché y me fui en cuclillas por el corredor hasta la parte de adelante, en donde una cinta de color negro separaba el espacio del público con el de la tarima. Encendí la cámara y le tomé una foto con flash a un metro y medio de distancia.

- Voy a contarles un cuento que nos ocurrió… - escuché que decía, mientras me concentraba en tomarle una buena foto, viéndolo caminar de nuevo hacia mi lado en la tarima.

- No puedes estar acá -, me dijo una joven de unos veinticinco años que tenía una candonga dorada que salía por sus su fosas nasales.

- Voy a escribir una crónica para un periódico en Colombia y no he podido tomarle una
buena foto. ¿La quieres tomar tú? Toma mi cámara -, le dije estirando mi brazo, sintiendo un dolor en mis muslos por la posición incómoda en la que estaba.

- Está bien, quédate acá - me dijo.


Me arrodillé, volví a apuntarle a Obama y esperé a que se acercara del otro lado. Caminó con calma concentrado en el cuento que estaba echando. Se detuvo por un momento frente a mí y empecé a tomarle fotos repetitivas, viendo que en todas salían pequeños círculos claros que denotaban la carencia de luz.

¡Mierda! Una sola buena foto eso es lo único que pido, me dije cuando se volteó y caminó de vuelta hacia el otro extremo de la tarima. Caí en cuenta que era bien delgado. Sus movimientos calmos y bien medidos lo hacían ver elegante. Continuaba contando su anécdota con un tono anecdótico.

La joven con la candonga en la nariz volvió con mi libreta de anotaciones. – Necesitas esto ¿no? -, me dijo dejándola en el piso al lado de mis rodillas.

Hice unos nuevos intentos de tomar una buena foto, pero todos parecían infructuosos. Se paró en la mitad de la tarima y aproveché para tomarme una en la que saliera él de fondo. Una señora afro-americana arrodillada en el piso diagonal a mí, me indicó que le diera la cámara. Sonreí y vi el flash encendido al tiempo en que escuché a Obama diciendo: - Fired up! Fired up! Fired up!


- Espérate te tomo otra -, me dijo la señora. Midió la foto en medio de una gritería del público que le respondía: - Ready to go! Ready to go!

- ¡Ayy no! Esa señora se paró tapándolo – me indicó, pasándome la cámara al tiempo en que Barack gritaba de nuevo: - Fired up! Fired up! Fired up! -, y todo el público de pié le respondía: - Ready to go! Ready to go!

Recogí mi libreta del piso, me levanté y lo vi pasándole el micrófono a otra persona. Se acercó al extremo donde yo estaba, lo encuadré con la cámara, iba a tomar una foto pero la pantalla de mi cámara se tornó azul y apareció un letrero rojo que indicaba: “Batería descargada”.

- ¡Maldita sea! -, grite al ver que se acercaba saludando a las personas que me rodeaban.

- ¡Eduardo! –, escuché que llamaban por detrás. Me volteé, era Dan, tenía su cámara en la mano.

- ¡Dámela! ¡Dámela! Se me acabó la pila -, le dije. En un rápido movimiento la prendió deslizándola de su mano a la mía. La dirigí hacia Barack y empecé a tomarle fotos.

- No puedo saludarlos a todos -, dijo cuando estaba diagonal a mi y le daba la mano a varias personas. Le puse la cámara en la cara y le tomé una foto a escasos centímetros. Le tomé otra mientras él estrechaba otra mano y una horda de personas nos empujaban desde atrás. Apretó otra mano justo enfrente de mí, la movió hacia la izquierda y nuestros brazos se chocaron. Le disparé una nueva foto en la cara, era más bajito que yo y los rasgos de su cara eran bien marcados. Podía tirarme a abrazarlo o pegarle un puño, eso le daría la vuelta al mundo. Apreté el disparador y tomé otra foto. Lo vi alejarse estrechando la mano de otros voluntarios ubicados en la primera fila.

- Tomé varias fotos -, le dije a Dan.

- Si vi. Él me dio la mano -, respondió.

- Pude haberle pegado un puño -, le dije mientras caminábamos por el pasillo hacia la puerta del salón.

- ¿Por qué habrías hecho eso?

- No quiere aceptar el Tratado de Libre Comercio con Colombia. Eso hubiera llamado su atención.

- Y tú serías deportado mañana mismo a tu país. Él no va a apoyar el TLC porque aquí la gente tiene miedo de que esos tratados les hagan perder sus trabajos. Apoyarlo no sería una movida popular para él.


La organizadora con la candonga en la nariz estaba cerca de la puerta de salida.

- Oye, gracias por dejarme quedar adelante -, le dije viendo sus ojos verdes, su cara de nariz delgada y piel cobriza. Vestía una camisa roja y unos jeans desgastados.

- Gracias a ti, tienes que enviarme la crónica, – me dijo. - Ven te doy mi correo electrónico. Le pasé mi libreta de anotaciones. No pude frenarme de mirar su escote mientras lo anotaba. Algunos pelos delgados se resaltaban en medio de sus pechos. - No se te olvide enviármela -, me dijo sonriendo.

- Claro que no -, le respondí. - ¿De dónde eres? -, le pregunté al leer su nombre eslavo.

- Yo nací aquí pero mis papás son de Rusia.

Nos despedimos y salimos del salón, viendo al enorme hall de mármol del Centro de Convenciones.

- Viste que tenía pelos en las tetas -, le dije a Dan.

- Sí vi, te iba a comentar lo mismo.

- Puede ser erótico si se le mira de cierta manera, ¿no?

- ¡Estás putamente loco!


Bajamos por las escaleras, salimos al hall y tomamos el corredor entapetado que conducía a la salida principal por Arch.

- ¿Dan, cuál fue el cuento que Barack echó al final?

- Contó que estaba hace un año en un pueblo en Carolina del Sur, teniendo un muy mal día. Llovía y una pésima historia suya se había publicado en el New York Times. Fueron a una reunión política en una finca. Se presentó y se dio cuenta de que sólo había 20 personas y todas tenían la cara larga. Empezó a hablarles sin mucho entusiasmo pero de un momento a otro escuchó una voz desde atrás que decía: Fired up! Fired up! Fired up! Dijo que se volteó y vio a una señora de unos sesenta años vestida con un traje dominguero. Ella lo señaló con el dedo al tiempo en que seguía gritando: Fired up! Fired up! Fired up! Ready to go! Ready to go! Resultó ser que esta señora era de la casa de gobierno y además una detective privada. Barack se dio cuenta de que lo estaba opacando, todo el mundo la miraba en vez de mirarlo a él. Su equipo de trabajo y él, estaban tan confundidos, que empezaron a gritar con ella y a ponerse Fired up and Ready to go! Así es como debemos estar todos señaló él: ¡Activados y listos para la acción! La historia es algo así -, dijo Dan.



Lea la crónica: De cara a Hillary Clinton en www.eltiempo.com/participacion/escarabajomayor

Vea más fotos en http://www.eduardobecharanavratilova.blogspot.com/


Wednesday, April 16, 2008

De cara a Barack Obama (Parte II) - Por: Eduardo Bechara Navratilova







Subimos los últimos escalones, llegando a un amplio hall de entrada en el que había varios agentes de seguridad y voluntarios dando indicaciones.

- Enciendan todos los aparatos electrónicos que tengan. Celulares, cámaras, Ipods -, dijo una joven supervisando que así fuera.

- Mierda, preciso cuando no tengo casi pila -, le dije a Dan.

Tres largas filas, se extendían frente a unas máquinas de rayos X y tres puertas detectoras de metales, en las que guardias vestidos con prendas negras, guantes y pistolas colgadas al cinto, inspeccionaban de forma minuciosa a cada uno de los asistentes que entraban al salón.

- Esto parece un aeropuerto. Por eso es que la gente llega a las cinco pero el evento no arranca sino hasta las siete, por toda la seguridad que hay -, comentó Dan.

- Y eso que éste es el evento más pequeño que Barack ha tenido en meses -, dijo una voluntaria que nos escuchó. Nos dejó pasar una vez que otra persona le dio la señal.


Caminamos sobre el elegante tapete hasta la mitad del hall de entrada, ubicándonos en una de las filas, desde donde podíamos ver a un guardia inspeccionando los zapatos de un asistente.

- Éste evento es interesante porque es para voluntarios. Vamos a ver cómo los motiva Obama –, le dije a Dan antes de que pasara bajo la puerta detectora de metales.

Deposité mi cámara encendida, el celular, las llaves, la billetera y las monedas sobre una mesa aledaña, esperé a que me lo indicaran y pasé. Un guardia me pasó otro detector por el cuerpo, que dejó salir un ruido electrónico cuando se acercó a mi pecho.

- ¿Qué tienes debajo de la camisa? – me preguntó.

- Nada, deben ser los botones que son de metal – respondí.


Volvió a acercarla por encima de ellos y me dejó pasar. Alcancé a Dan que me estaba esperando cerca de unas grandes puertas de madera, y entramos a un largo salón en el que tres columnas de asientos de aluminio con tapices de tela, se extendían en hileras desde adelante hacia atrás. Caminamos con rapidez llegando hacia la parte de adelante, en la que nos sentamos en la fila 10, bastante cerca de la tarima.

- Quedamos muy bien ubicados -, dijo Dan emocionado. ¿Cuantas sillas crees que haya en todo el sitio? -, preguntó.

- Unas mil o algo así -, respondí detallando el salón de paredes pintadas de color crema con acabados en madera clara, que decoraban el alto salón de techo curvo. Una joven mujer afro-americana de falda y blazer oscuro se sentó a mi lado, aplaudiendo con las palmas de las manos al ver el tablado cerca.

- Esto va a ser demorado -, dijo Dan mirando el largo salón con las cientos de sillas vacías. Sabes que la imagen de los Estados Unidos ha mejorado en el mundo ahora que Barack y Hillary se proyectan como serios candidatos. Pasó de un veinte por ciento a un treinta por ciento de aceptación - comentó entusiasmado.

Voy a aprovechar para llamar a mi papá y contarle que estoy aquí – le dije. Saqué la tarjeta telefónica, el celular y marqué a Bogotá.

- Estoy sentado en la fila 10 para ver a Barack Obama –, le comenté cuando contestó.

- ¡Ah sí! Yo estoy ahora mismo leyendo el principio de su libro The Audacity of Hope. Voy en una parte en la que Obama dice que admira mucho a Robert Byrd. Un senador que fue zapatero y luego trabajó en un astillero en el que se construían los barcos de la II Guerra Mundial. Según Barack él lo ha influenciado en su formación política.

- ¿Qué más has leído que te parezca interesante?

- Cuando Barack estuvo con su mujer en Kenia, la tierra de sus ancestros, se decepcionó mucho al darse cuenta de que su propia familia se entrometía en sus asuntos. Dice que en los Estados Unidos existe un gran sentido de libertad. La gente respeta la vida y las cuestiones de los demás. Me parece que Barack tiene mucho carisma y que es un hombre que defiende mucho los principios. También escribió que cuando era joven, le fastidiaba que su abuelo le reclamara por devolverle el carro sin gasolina o por no sacarle todas las gotas a la caja de leche, antes de botarla a la caneca. Dice que con los años se ha dado cuenta de lo importante que eran todas esas enseñanzas de su abuelo.

Me iba a contar algo más, pero un joven voluntario con saco a rayas tomó el micrófono y empezó a animar a las personas, agradeciéndole a los diferentes grupos de voluntarios de Filadelfia. Colgué en la mitad de los aplausos mientras el salón se iba llenando.


- Démosle la bienvenida a la persona encargada de coordinar a todos los grupos de voluntarios de Filadelfia - dijo. Una joven subió al escenario en medio de un fuerte aplauso.

Era una mujer mestiza de unos veinticinco años que lucía un saco blanco y unos jeans. Le agradeció a otros grupos que mencionaba en medio de más aplausos, hasta que su discurso adquirió un tono más político: - Lo que el resto del mundo debe entender, es que nuestro país no es perfecto. De hecho estamos lejos de serlo, pero tenemos gente buena y la capacidad de ayudarlo. No queremos que los demás sigan juzgando a los Estados Unidos y sus millones de ciudadanos, por las malas decisiones de una persona -, concluyó en medio del jubilo de los asistentes emotivos.

El voluntario de saco a rayas volvió a tomar el micrófono. Eché un vistazo a mí alrededor detallando a los asistentes. Frente a mi vi a una mujer afro-americana de unos cincuenta años con el pelo rasta, junto a otra de boina y saco verde. Al otro lado del corredor, un hombre blanco de unos cuarenta y cinco años, con fuertes entradas en la frente, se sentaba cruzando la pierna. Tras él, un hombre afro-americano de corbata de triángulos azules, camiseta amarilla y chaqueta de cuero negra, miraba la pantalla de su cámara. Detrás de nosotros hablaban dos amigos entre si, uno de raza blanca y pelo rubio, que lucía una chaqueta con el cuello de peluche, un mulato de amplia frente y boca prominente, que llevaba puesta una chaqueta habana y una camisa de polo anaranjada. Un joven de rasgos orientales, gafas rectangulares y pelo liso, que vestía una chaqueta de pana y un saco con los símbolos de alguna fraternidad universitaria, aparecía después de ellos.

- Todos tenemos un papel que jugar en estas elecciones. Nosotros somos el músculo que le puede dar a Barack el triunfo. No podemos perder un solo minuto, debemos trabajar en cada uno de los barrios y universidades para lograr que… –, paró un segundo cuando otra persona le indicó algo desde atrás. - Ya se está acercando el momento –, dijo y el auditorio se agitó. Algunas personas se levantaron de sus sillas y otras se movieron de forma inquieta esperando el instante en que Barack saliera.


El voluntario se bajó de la tarima y sonó la canción “We will rock you” de Queen. Un hombre blanco de edad, con un gorro café de veterano de guerra, empezó a bailar enfrente de su asiento moviendo la cadera hacia los lados. Varias personas a su lado se pararon a acompañarlo.

Una de las puertas de madera se entreabrió detrás de la tarima y el auditorio se levantó con pancartas azules de Barack Obama.

Una mujer de raza blanca salió de la puerta y caminó hacia el micrófono.

- Sí -, dijo señalándolas con la mano, - Barack está detrás de esas puertas –. La concurrencia aplaudió con júbilo y pude sentir que el torrente sanguíneo de todas aquellas personas se aceleró en ese momento. - Nos dijeron que no podíamos optar por la presidencia y aquí estamos - comentó. - Nos dijeron que los afro-americanos no se podían mezclar con los blancos, los latinos, los nativos-americanos, los asiáticos y aquí estamos todos mezclados. Nos dijeron que jamás llegaríamos lejos y mírenos dónde estamos. ¡Si se puede! ¡Si se puede! ¡Si se puede!...
- Yes we can! Yes we can! Yes we can!… - coreaban las personas con fuerza cuando la vimos bajar de la tarima. La puerta se abrió y la gente se paró de sus asientos visiblemente excitada. Me pareció verlo, pero el corredor se llenó de personas que nos taparon la vista y los asistentes que estaban delante de nosotros se pararon encima de sus asientos.


Monday, April 14, 2008

De cara a Barack Obama (Parte I) - Por: Eduardo Bechara Navratilova


















Dan Folk me esperaba en la esquina de las calles 12 y Arch, frente al Centro de convenciones de Filadelfia. Lucía unos pantalones habanos de dril y una camisa polo amarilla que se resaltaba desde lejos. En sus manos sostenía una chaqueta clara y una mochila oscura.

Apuré el paso bajo el sol de primavera que entibiaba las calles. Un grupo de estudiantes esperaba el cambio de semáforo para cruzar Arch.

Seguí adelante viendo la construcción del Reading Terminal Market, con la fachada en piedra labrada, sus ventanas rectangulares de hierro separadas por refinadas columnas, su elaborada cornisa sobresaliente y su gran techo de hierro verde y claraboyas, levantado en un gran arco extendido de un extremo a otro por la parte frontal.


Los estudiantes atravesaron Arch y pasaron bajo un aviso esquinero de color rojo, que indicaba el nombre de la vieja estación de tren convertida en un mercado público.

Una emoción notoria me envolvía, al saber que vería a quien podría ser el primer candidato presidencial de raza negra, en la historia los Estados Unidos. Pasé al lado del paradero del bus 23 de Septa y me detuve en el semáforo de la calle 12, por donde un taxi de color naranja, dejaba a un hombre con traje y corbata, que se bajó con un portafolio de cuero en la mano. Levanté la cámara y le tomé una foto a mi amigo del otro lado de la calle. Estaba justo debajo de una de las puntas del moderno edificio de ángulos rectos que se levantaba sobre él, forrado en lozas grises y ventanas horizontales decoradas con figuras cubistas en gruesas piezas de aluminio.


Dann movió su mano con la palma hacia él, indicando que me apurara. Esperé a que el semáforo detuviera el flujo de carros que transitaban por la 12 entre un túnel de techo curvo, en el que aparecían paneles cuadrados con luces redondas, que el propio centro de convenciones formaba con su gran estructura.


Atravesé la calle sobre los abandonados rieles del tranvía, llegando hasta una gruesa columna rectangular de la que se elevaba un alto poste de metal, con una larga pancarta vertical de color azul, blanco y rojo. Dann esperaba al lado de un vistoso aviso en el que aparecía en primer plano la estatua de William Penn contra el cielo y los trazos en blanco de la fachada en arco del mercado. Un título decía: “Welcome to Philadelphia”, en letras blancas y amarillas.

- Hola Dan, vamos bien -, le dije en inglés mirando el reloj.

- Sí, pero no perdamos tiempo -, respondió.

Caminamos hacia abajo, pasando por debajo de una estructura horizontal de concreto que pasaba sobre Arch, conectando al Centro de Convenciones con el Reading Terminal Market. Una larga ventana aparecía entre unos bordes de piedra, con cinco gruesas X de metal, dispuestas a lo largo.



- ¿Estás emocionado? -, le pregunté.

- Sí, pero no voy a estar tranquilo hasta que lo esté viendo -, dijo mientras entrábamos por una de las puertas de vidrio, a un espacioso lobby enchapado en mármol.

Tomamos un amplio corredor con un grueso tapete elegante de grandes rombos centrales y figuras geométricas de líneas rojas, verdes y habanas, que se extendía bajo un techo curvo iluminado. Diferentes secciones simétricas en las que había sofás de terciopelo y diversos salones, se apreciaban a lo largo. Iba pensando en la frase de un amigo brasilero, quien me dijo que los Estados Unidos demostrarían que en realidad son el país de la libertad, si eligen a un presidente de raza negra.

- Dan, espérate tomamos una foto -, le dije encuadrándolo en la pantalla.

- Voy a confiscar tu cámara hasta que estemos adentro - respondió.

- Relájate, ya vamos a llegar -, comenté tomándole una foto que salió corrida, en la que apareció con su pulgar levantado indicando el final del corredor.

Seguimos adelante detrás de algunas otras personas, hasta que llegamos a un amplio y alto hall enchapado en mármol gris, en el que había varias personas con camisetas, pines y escarapelas de Barack Obama. Mostramos nuestros tiquetes amarillos que decían: Entrenamiento de Voluntarios con Barack Obama, que nos había dado Vanessa Baden, una de las líderes juveniles en la Universidad de Temple. Nos indicaron ir por el ala izquierda que llevaba al Salón A.

Nos apresuramos, subiendo por la escalera entapetada, al borde de unos pasamanos de aluminio que daban contra una gruesa baranda enchapada en mármol. Una simpática señora de raza negra con amplia sonrisa, pelo canoso, gafas, escarapela colgada al cuello, chaqueta naranja y camiseta negra que decía Obama, nos entregó un panfleto a medio camino.


- Sonríe -, le dije, levantando la cámara y tomando una foto. – Salió borrosa, te voy a tomar otra -, indiqué tomando una más. – Esta quedó oscura -. Volví a tomarla. - Cerraste los ojos -. Se quitó las gafas, abrió la chaqueta para que se viera el nombre de Obama en naranja. Sonrió y la tomé. – Quedó perfecta - le dije.

- ¿Para dónde va?

- Para el blog de un periódico en Colombia.


Terminamos de subir hasta que nos paramos en la fila, detrás de una señora afro-americana.

- El inicio de la fila está ahí - dijo Dan, señalando a unos tres metros hacia arriba, por donde comenzaba la escalera. – Estamos a nada -, manifestó contento estrechando mi mano.

- Ahora si tomemos una buena foto -, le dije dirigiendo la cámara a su rostro. Tomé una en la que se advirtieron sus rasgos de ancestros europeos, con su sonrisa de dientes alineados, sus pequeños ojos azules, su piel clara bien afeitada y su pelo castaño cortado al ras.


- ¡Maldita sea! -, exclamé. - Se encendió la luz roja que indica que la pila de la cámara está muriendo – dije.

- Yo tengo una cámara - indicó.

Dos jóvenes mujeres de raza blanca y pelo claro, sosteniendo unos vasos de cartón con café en sus manos, se pararon detrás de nosotros en la fila. A los pocos segundos llegó otro grupo de jóvenes de rasa blanca y pelo rubio.


Miré a otras personas que llegaban, pensando en que sí sería una proeza que Barack quedara presidente, luego de los crudos antecedentes de racismo que cruzan la historia de los Estados Unidos.

- Dan, ¿Hillary y Barack van a cada Estado?

- Sí, la elección del candidato demócrata es un largo proceso de un año y medio. Es algo ridículo si lo piensas, porque todo éste dinero podría ser gastado de otra forma. Hace un par de semanas hicieron una encuesta en Pensilvania y Obama estaba por debajo de Hillary en unos quince a veinte puntos. Ahora sólo está por debajo en un cinco por ciento. Es algo así como cuarenta y siete por ciento contra cuarenta y dos por ciento – mencionó, mientras yo observaba los balcones de figuras rectangulares de mármol en los que se veían dos grandes materas grises con helechos y unas esculturas circulares de cobre, sobre dos columnas que terminaban en lo alto. - En el noticiero MSNBC, uno de los corresponsales dijo que para que Hillary pueda ganar el voto popular, (lo que significa que la mayor cantidad de personas voten por ella), necesita vencer en cada uno de los Estados que faltan por más de un catorce por ciento. Eso es algo que nunca va a pasar -, concluyó moviendo su cabeza hacia los lados. – Para que veas la ventaja que Obama ya le lleva. Esta contienda no está tan cerrada como todo el mundo cree.

La fila se fue extendiendo por el amplio hall del centro de convenciones, pasando por enfrente de una puerta de metal troquelado, en el que unas letras plateadas decían: To Market Street, Trains & Lowels Hotel.


- Algo que es bien interesante, es la diversidad que hay entre los asistentes. Mira a tu alrededor; hay una mezcla muy bonita de gente. Detalla que hay personas mejor vestidas que otras. Unas que se ve que tienen un amplio poder adquisitivo en contraste a otras que no. Eso es lo que me gusta de Obama. Ha unido al país –, dijo Dan. Miré y vi a un mulato, unas niñas de pelo claro con camisetas azules que decían: “University of Pensilvania with Obama”, otro tipo con sombrero de lana y pelo rasta, una joven blanca de pelo oscuro y chaqueta negra. Un hombre con un sombrero de mariachi relucía abajo. Infinidad de anglosajones, afro-americanos, personas de edad, jóvenes, trabajadores y ejecutivos bien trajeados conformaban la fila, que iba por la otra esquina del inmenso hall. - Esto te muestra lo atrayente que es –, concluyó él.


Me volteé dirigiéndome a las jóvenes detrás de nosotros: - ¿Por qué sería importante para los Estados Unidos que Barack saliera ganador? -, les pregunté.

- Hay mucha gente que tiene buenos planes para el país, pero muchos de ellos están influenciados por los intereses de las grandes empresas -, respondió una con timidez.

- ¿Barack no?

- No al punto de otros, como Hillary por ejemplo.

Me entretuve viendo unos trabajos artísticos de alambres enrollados, que pendían del alto techo circular de hierro y claraboyas que dejaban entrar los últimos rayos de la tarde.

- Dan, ¿qué fue lo que dijiste el otro día? Que Hillary es artificial.

- Dije que es postiza.

- ¡Mentirosa! -, exclamó la señora afro-americana de chaqueta negra de cuero, camisa lila y gafas, enfrente de nosotros. – Es una mentirosa. Se inventó la historia de Bosnia. Es igual que el resto de políticos: dice puras mentiras –, manifestó con movimientos marcados que su boca pintada de rojo dibujó.


- ¿Cuál es esa historia? -, le pregunté a Dan.

- Invento que un francotirador le disparó en Bosnia. Después miraron el video de cuando ella dice que eso pasó y todo estaba tranquilo.

- ¿Por qué inventó eso?

- Sólo para decir que había corrido peligro. ¿Qué se yo? La pelea encarnizada entre Hillary y Obama, en la que se sacan sus trapos al sol, como lo del pastor de Barack, Jeremiah Wright, que odia a los Estados Unidos, lo que está haciendo es debilitando al partido demócrata y fortaleciendo a McCaine. Hay qué ver qué pasa después de las elecciones en Pensilvania, que es un Estado crítico, ya que es muy grande y representa muchos votos electorales. Pero si Hillary pierde, debería retirarse.

- Al principio nunca se sabe por quién vamos a votar aquí en Pensilvania. Los candidatos tienen que ganarse nuestra confianza -, dijo la señora afro-americana, mascando chicle de manera exagerada.

- ¿En qué trabajas? -, le pregunte.

- Soy trabajadora social -, comentó apoyándose en un bastón de aluminio, subiendo su pesado cuerpo por el escalón.

- La fila empezó a moverse -, dijo Dan emocionado.

Espere la crónica: De cara a Barack Obama parte (II) muy pronto.

Thursday, April 10, 2008

De cara a Hillary Clinton (Parte II) - Por: Eduardo Bechara Navratilova






















Las tribunas aparecían abarrotadas por espectadores animados a uno y otro lado del coliseo. Bordeamos un largo pasamanos que llevaba hasta el lado oeste, viendo el maderamen del escenario deportivo convertido en una arena política.

Un ancho corredor cubierto por un grueso tapete rojo, salía de una de las puertas del ala norte, delimitado por unas bardas de seguridad que conducían a una tarima central de color negro, en la que se apreciaba un micrófono ajustado en su soporte, y una butaca alta de madera con una botella de agua encima. El público rodeaba la barda que protegía el escenario, aunque aún había partes libres.

Caminamos hasta la tribuna oeste por la que bajamos por un pasillo entre espectadores que levantaban pancartas azules que decían: Hillary for President, en letras blancas sobre una franja azul con tres estrellas, que conectaba con tres líneas sinuosas, una blanca en medio de dos rojas. HillaryClinton.com, aparecía impreso en la parte inferior.

Llegamos hasta el piso de madera, acercándonos a dos metros de la tarima.

- Bacano éste puesto, guevón. Aquí la tenemos a nada -, dijo Camilo sonriente.

Una bella joven afro-americana con el pelo liso enrojecido, los labios delgados, traje oscuro de paño con saco y falda, bufanda aguamarina y cartera negra de cuero, vio la pantalla de su cámara e hizo cara de sorpresa, una rubia cargaba a su hija de unos tres años contra el hombro. La pequeña niña mulata, aferrada al cuello de su madre, alejó sus ojos al darse cuenta que le estaba tomando una foto.


En la tribuna, una joven muy sonriente de chaqueta verde y pelo castaño a la altura de sus hombros, sostenía un afiche que decía: PA ♥ Hillary. Arriba de ella, otra joven de raza blanca y camiseta de Hillary, sostenía uno que decía: This is Hillary Country, y una más, sostenía otro que decía: Hillary Rocks my World. Unos puestos más abajo, un joven rubio de ojos claros y jeans, lucía orgulloso una camiseta blanca en la que estaba escrito en marcador negro: BARACK THE VOTE. Muchas otras personas sostenían pancartas de letras amarillas en fondo azul, que decían: IUPAT for Hillary, 2008.


Le tomé varias fotos a la tribuna notando que había personas de raza negra, aunque predominaban mujeres y hombres blancos de todas las edades.


Enormes banderas de los Estados Unidos, con las 50 estrellas blancas entre el rectángulo azul y las franjas rojiblancas, pendían detrás de un tablero de basketball recogido hacia adelante y un tablero electrónico rojo empotrado a la pared, en el que estaba escrito TEMPLE de un lado y VISITORS del otro. A su lado, aparecía un pendón rojo que decía: Temple University, Mens Gymnastic National Champions, 1949, junto a otros que indicaban que la universidad había sido campeona nacional de fútbol en 1951 y 1952.


En la parte superior de la puerta por la que saldría la candidata, había una pancarta que decía: SOLUTIONS FOR AMERICA. Una alta cortina de tela azul, resguardaba la entrada como el telón de un teatro. A su lado, en una tribuna móvil, aparecían otros asistentes expectantes.

- En Pensilvania la cucha es fuerte. Vamos a ver qué va a decir -, comentó Camilo.

Detrás de nosotros, contra la otra pared del gimnasio, había un plataforma superior en la que aparecían infinidad de cámaras apuntando hacia el tablado. Del otro lado, bajo la tribuna este, se veía otra de unos quince metros de largo, plagada de cámaras de T.V. y puestos de noticieros, en los que se observaba gran movimiento. Reporteros y camarógrafos se alistaban para comentar la salida de Hillary.


El piso del coliseo se terminó de llenar a medida en que esperamos unos minutos más, contagiados por la alegría de los asistentes que gritaban ¡Hillary!, ¡Hillary!, !Hillary!, y el recinto se llenaba con el color de las pancartas que las personas levantaban sobre sus cabezas.


- ¿Cómo te parece Hillary? -, le pregunté a una mujer de pelo castaño y amplia sonrisa, quien se presentó con el nombre de Amber.

- Por ahora no me ha convencido -, respondió.

Cierta agitación se presencio frente a la alta cortina azul. La gritería y movimiento del público se acrecentó, al punto en que era difícil ver lo que ocurría. Levanté la cámara y empecé a tomar fotos del corredor, hasta que se hizo evidente que ya estaba ahí. Me empiné y pude ver su cabeza de pelo rubio corto.


Hillary se subió a la tarima y detallé que lucía un traje oscuro de dos piezas. Por debajo del blazer llevaba puesta una blusa rosada, que hacía juego con sus aretes de rubíes y un collar de grandes perlas. La acompañaba un hombre blanco de pelo grisáceo y fuerte calvicie en la corona de su cabeza, que lucía una camisa blanca, una corbata roja y un traje gris de paño en el que sobresalía un pin de Hillary en la solapa.

- Es Edward Rendell, el gobernador de Pensilvania -, me dijo Amber.

Un hombre de raza negra con un traje oscuro de rayas verticales delgadas, camisa blanca y corbata gris, que llevaba gafas y un candado bien recortado rodeando su boca sonriente, fue el tercero en subir.

- Ese es Michael Nutter, el alcalde de Filadelfia -, me indicó.

Hillary saludaba hacia una y otra tribuna con el pulgar de su mano derecha pegado al resto de la palma, en un movimiento de brazo que no era ni muy largo ni muy corto. Sonreía mostrando sus dientes superiores.


Rendell tomo el micrófono, lo acercó a su boca y dijo: - Quien hubiera creído que las cosas se darían para que nosotros aquí, en nuestro propio Estado, le cambiemos el curso a estas elecciones.

Habló durante unos cinco minutos, acentuando la importancia de Pensilvania frente a las elecciones del partido demócrata el próximo 20 de abril, y le pasó el micrófono a Nutter, quien advirtió el momento histórico que se avecinaba en Filadelfia.


Hilary, aplaudía y sonreía cada vez que el público se emocionaba. Una vez que Nutter acabó su breve discurso, los abrazó, pasó la mano por el borde de su sien y asumió una postura más sosegada. Llevó el micrófono a su boca sosteniéndolo entre su puño derecho y saludó en medio de la gritería.

- Está es mi casa –, dijo y el público gritó. – Por eso entiendo que debemos poner a Filadelfia y a Pensilvania en el lugar histórico que le pertenece, como el Estado industrial que siempre ha sido. Eso no se va a lograr votando por los otros candidatos que son de otras partes, sino por mí que soy de aquí y entiendo que nuestro Estado necesita volver a tener la inversión que los gobiernos anteriores le han quitado. Debemos reforzar las políticas en puntos fundamentales como la educación, que ha demostrado tener tantas fallas. Nuestro país no puede seguir así, de espaldas a los niños -, dijo levantando su brazo izquierdo, en el que pude ver su índice prolongado apuntando al vacío.


- Si llego a ser la presidenta -, dijo cambiando de tono, - les prometo que en menos de sesenta días de posesionada, tenemos a todas nuestras tropas fuera de Irak y de vuelta en los Estados Unidos. McCaine dice que si llega a ganar, mantendrá a las tropas allá y que si por él fuera, deberían estar sesenta años más. ¿Cómo les parece eso?

- ¡Buuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu! -, se escuchó de forma generalizada entre la concurrencia.

Cambió de dirección y caminó por el tablado de cara a la tribuna oeste. Si los irakies no quieren agradecernos por haberlos liberado, eso ya es cosa de ellos. Estados Unidos debe volver a alinearse con el resto del mundo. En Latinoamerica, Europa, Asia y el Medio Oriente, gozamos de muy poca simpatía porque hemos estado en contravía de la dirección adonde van los otros.


Volvió a darle la cara a la tribuna este y dijo: - Nuestro país no arranca de cero sino de un puntaje negativo, luego del desprestigio que nos deja George Bush. Tenemos que trabajar muy duro en recuperar nuestra reputación y volver a ser líderes en el contexto mundial. Si se necesitó un Clinton para limpiar los estragos de un Bush, se necesita de otro Clinton para limpiar los estragos del otro Bush.

El público gritó y aplaudió animado.


- Si tuviéramos a Henry Ford enfrente y le preguntáramos qué cambios ve con respecto al mundo de hace 80 años, nos diría que en su época no existían satélites, ni computadores, ni Internet, ni todo un universo digital y electrónico que hoy tenemos, pero si abriera el capó de un carro, se impresionaría al ver que el motor de combustión aún sigue funcionando después de tantos años. Ya es hora de cambiar estos motores contaminantes. Si en los sesentas nos propusimos llevar un hombre a la luna y lo pusimos allá, ahora nos vamos a enfocar en producir medios alternativos de energía.

Nuevos aplausos y gritos de ánimo se escucharon.

- Vamos a trabajar sin descanso en desarrollar nuevos combustibles que sean amigos del medio ambiente. No podemos seguir dependiendo de los países productores de petróleo así como lo venimos haciendo, en beneficio de unos pocos como la familia Bush.

Se escucharon gritos, chiflidos y aplausos.


- Cómo te está pareciendo -, le pregunté a Amber.

- Me han gustado algunas cosas que ha dicho -, respondió.

- Voy a llamar a mi papá -, le dije a Camilo. Saqué el celular de mi bolsillo y marqué los números de la tarjeta telefónica, esperé a que me diera las indicaciones, metí el pin y marqué a casa de mis papás en Bogotá.

- ¿Aló? -, contestó mi hermano.

- Danny, guevón, ¿imagínate a quién tengo a dos metros de distancia?

- No sé, guevón, dime.

- Alguien muy importante en Estados Unidos en este momento.

- ¡Guevón! ¿Barak?

Tuve que agacharme para no molestar a las personas a mi lado. Me contó que papá no estaba, antes de que una nueva gritería me dificultara hablar con él. Me despedí y colgué.


- La crisis económica en la que nos deja éste actual gobierno es un resultado de muchos factores… –, comentó Hillary.

- Voy a llamar a mi mamá -, le dije a Camilo.

- Espere y la llama después, guevón; se está perdiendo lo que la cucha está diciendo.

- La gracia es ahora -, le respondí.

Marque a su oficina y esperé a que atendieran.

- No te creo, ¿dónde estás? -, preguntó cuando le conté.

- En la universidad.

- ¿Qué está diciendo?

- Que si llega a quedar presidente saca a los soldados de Irak.

Le conté otras cosas mientras veía a Hillary acompañando su discurso con el moviendo de su brazo izquierdo, al tiempo en que enfrentaba una y otra tribuna. Colgué en medio de una nueva gritería. Saqué algunas fotos en las que se veían sus gestos y caras expresivas de ojos vivaces. Tomó la botella de agua, la destapó, puso un poco en un vaso de vidrio y tomó un sorbo. Peinó un mechón de su frente con la mano y continuó.


- No podemos seguir viviendo en un país en el que hay intereses tan altos en los préstamos para la educación. Debemos suavizar estos intereses para que todo el mundo tenga acceso a estudiar en las universidades; me gusta preguntarles a los estudiantes lo que pagan por sus intereses anuales, quiero que me lo digan ya mismo dijo mirando hacia el público.

- 13 -, gritó una voz desde la tribuna.

- 13 -, repitió Hillary Clinton.

- 17 -, gritó otra.

- 17 -, repitió ella.

- 23.

- 23 -, repitió de nuevo.

- 26 -, dijo un hombre parado a mi lado.

- Donde está, donde está -, preguntó Hillary apuntando con su brazo estirado a donde estábamos. Apreté el disparador de mi cámara tomándole una foto. La vi en la pantalla digital señalando hacia nosotros.


- Mira esta foto – le dije a Amber.

- Mándamela por Internet porfa -, me dijo sacando una tarjeta de la universidad que tenía su correo electrónico.


- ¿Ya te ha ido convenciendo? -, le pregunté.

- Un poco más -, respondió.

- ¿Quieres que te tome una foto con ella?

- Sí -. Sonrió y le hice un primer plano con Hillary de fondo, poco antes de que se despidiera entre un fuerte aplauso.

- Interesantes las políticas de la cucha -, dijo Camilo mientras caminábamos hacia una de las puertas de salida.

- Deme un segundo -, le dije al ver una escalera de dos escalones en la que me subí a fotografiarla, mientras saludaba a algunas personas de la concurrencia.

- Ese banco es del camarógrafo -, dijo Camilo señalando a un hombre de barba con una cámara de T.V. sobre el hombro. Lo miré.

- Úsala por ahora -, comentó.


Aproveché mi lugar de privilegio, tomándole fotos a Nutter y luego a Hillary, quien venía saludando gente custodiada por varios guardaespaldas a su alrededor. Cuando iba a pasar por enfrente, el camarógrafo reclamó su lugar y me bajé. Levanté la cámara sobre un par de periodistas y empecé a disparar sin descanso, hasta que una foto captó mi atención. Aparecía con la aboca abierta, las cejas subidas, los párpados redondos y los ojos azules dirigidos hacia delante en un gesto de sorpresa. Sujetaba un marcador negro con ambas manos.


- Mira la foto que tomé -, le mostré a un fotógrafo parado a mi lado.

- Oye, podrías vendérsela a un periódico por unos mil Dólares.

- La quiero para mi Blog -, le respondí.

Monday, April 07, 2008

De cara a Hillary Clinton (Parte I) - Por: Eduardo Bechara Navratilova

La carde caía en Filadelfia dibujando un gris plano sobre el cielo. Las ramas esqueléticas de los árboles contrastaban con la fachada crema del centro Liacouras, y su gran techo abombado de vértice sobresaliente. Una línea roja resaltaba sobre una serie de ventanas prolongadas en los dos frentes del coliseo de basketball, que daba a las calles 15 y Montgomery. Faroles rojos, dispuestos a unos tres metros de distancia uno del otro, pendían de la pared intercalados con otra serie de ventanas.

Por el andén de Montgomery, subían caminando dos personas vestidas de negro y bajaba un ciclista con chaqueta. Del otro lado de la calle, una larga y ancha fila se extendía cuadra arriba desde la esquina de Broad, contra el borde de la gran estructura cuadrada en piedra del McGonigle Hall. La fila, interrumpida en el paso por la calle 15, continuaba en la siguiente cuadra al lado de un complejo deportivo, donde se apreciaba un campo de entrenamiento y una pista atlética de tartán, en la que algunos estudiantes corrían a diferente paso, en pantalón y saco de sudadera.

- ¿Ya estás registrado para votar? -, me preguntó una señora con ojos expresivos, embutida entre una camiseta blanca con el nombre de Hillary impreso en el pecho. Sostuvo un esfero y una tabla con diversas hojas expectante frente a mí.

- Soy extranjero -, le respondí.

- ¡Ayyy! Qué pena -, dijo alejándose con expresión abierta de haber perdido un voto.

Frente a mi, hacían fila diversos estudiantes, entre los que estaban uno con un saco de sudadera azul con capucha, uno afro-americano de chaqueta clara, una joven de rasgos orientales con saco rosado, bufanda roja y gafas redondas de marco plateado, un joven algo narizón con una gorra negra inclinada hacia arriba, uno de chaqueta roja y camisa azul clara, con cierta alopecia prematura, una joven de chaqueta roja leyendo un folleto con interés, y otra pasada de kilos, en cuyo rostro se resaltaban sus grandes cachetes colorados a punto de caer cómo los de un boxer.



La fila se extendía detrás de mí hasta llegar a la calle 16, por donde unas casas de color ocre de dos y tres pisos, marcaban el inicio de uno de los barrios afro-americanos del norte de la ciudad.

Me entretuve viendo a algunos jóvenes lanzado jabalinas en el complejo deportivo, mientras la fila avanzaba de forma lenta hacia la esquina de la 15, en la que un guardia de la universidad custodiaba la zona dentro de una caseta blanca.

- Hillary se debería retirar y dejar a Obama como candidato del partido Demócrata. Lo único que está haciendo al insistir en esta campaña es fortalecer a McCain -, escuché que le dijo una joven a otra detrás de mi.

- Conociendo a los Clinton no se van a retirar sino hasta el final, cuando se vean totalmente perdidos -, le respondió la amiga.

- Cualquier cosa puede pasar todavía -, dijo una tercera de rasgos asiáticos, pelo negro y labios rojos, que volteó sus ojos cuando la miré.

Sentí una vibración en el bolsillo del pantalón, saqué el celular y le contesté a Camilo Aguirre.

- Ya estoy parqueando, ¿dónde está, guevón? -, preguntó.

- Llegando a la 15 con Montgomery.

- En dos minutos estoy allá.

Llegué a la esquina, donde una reja plateada se extendía hacia el norte, resguardando la pista atlética. Un campo de hockey en grama y otro campo de fútbol se veían a lo lejos. Del otro lado de la calle, aparecían algunas canchas de tenis y otras de voleibol. Unos reflectores encendidos alumbraban la tarde, empotrados a media altura en la fachada del edificio McGonigle.



- Increíble que sea aquí, en Pensilvania, donde ya se empiece a definir todo -, comentó una de ellas de nuevo.

- La familia de Hillary es de aquí; eso le puede dar una ventaja, aunque bueno -, dijo la amiga dudando -, Filadelfia es una de las ciudades con más afro-americanos del país. En realidad, todo está por verse.

Pasé la calle en la que un policía con uniforme azul y amarillo, dirigía el tráfico frente al semáforo. De su cinturón negro pendía una pistola ajustada en su cartuchera y unas esposas plateadas, que se movían cada vez que agitaba su brazo, dándole paso a los carros. Una señal de transito de una flecha blanca sobre fondo negro, con las palabras ONE WAY, indicaba la dirección de la vía.


- Entonces qué, guevón -, me dijo Camilo estrechando mi mano al llegar. – ¿A qué horas es que habla la cucha? -. Lucía un gorro de lana gris que jugaba con su saco de sudadera, en el que la palabra TEMPLE resaltaba en letras vinotinto.

- A las cinco y media; dentro de poco -, respondí mirando el reloj.

Continuamos avanzando en medio de la fila, junto a la pared en piedra del McGonigle Hall, en donde una fila continua de árboles esqueléticos llegaba hasta Broad. Los pendones rojos de la universidad con la letra T blanca, se sacudían con el viento en cada uno de los postes.

- En diciembre me conseguí uno y lo colgué en mi cuarto en Pereira -, me dijo Camilo orgulloso, antes de que nos abordara un joven de barba delgada y gorra, con una pancarta en la que aparecía el interior de una botella de agua, lleno de pastillas de varias formas y colores.


- Los ciudadanos de Filadelfia estamos tomando agua contaminada. Salió hoy en un artículo de Metro -, nos dijo mostrándonos la página del periódico en la que sobresalía un título que decía: Drugged Water.

- ¿Cómo así? -, le pregunté.

La tubería de la ciudad es tan vieja, que las aguas negras se filtran a los posos de agua limpia, cargadas con residuos de los medicamentos que la gente toma y luego expulsa, como Xanax, Adderall, Ridelin, Viagra, Oxicoten y muchas más.

- Aquí cada loquito aprovecha para mostrarse -, dijo Camilo una vez lo dejamos atrás y vimos un oso polar con un letrero en la mano que decía: Stop Global Warming. Nos fuimos acercando a él y detallé que la palabra Stop estaba escrita en rojo, la G de Global era verde, el resto de letras negras, y Warming aparecía en azul. Me paré frente a él, levanté la cámara, él levantó el letrero y le tomé un par de fotos, en las que sobresalía su achatado hocico negro delineado hasta su boca medio abierta y oscuros ojos, al contraste del acolchado disfraz blanco nieve con máscara de orejas redondas, guantes y vestido enterizo hasta los zapatos.





- Camilo, tómeme una foto con él, porfa -, le dije pasándole la cámara. El oso volteó el letrero de cara, a uno que decía en finas letras rojas: Save the HUMANS. Me paré a su lado, Camilo apuntó y tomó la foto.

- ¿How you doin´, Eduardo? -, me dijo.

Me sorprendí al ver que el oso polar sabía mi nombre, aunque de inmediato capté que se trataba de Matthew Himmelein, el director de la asociación de estudiantes para la acción ambiental, a quien había conocido en el centro de actividades estudiantiles de la universidad.


Llegamos a Broad en donde le seguí tomando fotos contra el semáforo y el Conwell Hall, levantado a semejanza de un viejo castillo medieval, con delgadas ventanas verticales y torres cilíndricas en los extremos, sobre las que ondeaba la bandera de la universidad.




A su lado estaba el Wachman Hall, de ventanas rectangulares y losas cuadradas color crema, en el que aparecía una enorme T blanca pintada sobre un rojo cereza, en una parte de la fachada que daba hacia el sur.

- Esa T es tan grande que se ve desde el centro en City Hall -, dijo Camilo.

Unos tibios rayos del sol caían sobre el asfalto. El flujo normal de carros subía o bajaba por la calle Broad, hacia el centro de la ciudad.




Frente al McGonigle Hall, estaban parqueados los vehículos de las cadenas televisivas y noticieros más importantes de los Estados Unidos. La camioneta de NBC era la primera que abría una fila en la que se destacaba un sofisticado camión de CNN, con un gran platillo repetidor de color blanco sobre el techo. Dispuestas sobre el andén, varias cámaras de video, reflectores y cajas con equipos electrónicos, eran custodiadas por uno de los empleados del noticiero, sentado sobre un carro transportador. Por la puerta abierta, pude observar en su interior un gran panel con varios computadores y aparatos digitales con múltiples botones y luces que un par de hombres con micrófonos sobre sus cabezas, accionaban con propiedad sentados en dos cómodos asientos.


- Que tal el juguete, guevón -, comentó Camilo.

- Quien sabe cuantos millones de Dólares cueste -, le respondí.

La escultura en bronce de un gimnasta levantando a su pareja en el aire, aparecía frente a otros camiones y camionetas de los noticieros ABC, CBS, y Comcast. Cerca a la entrada del edificio estaba parqueada la del noticiero 6 Action News, de cuyo techo salía una antena de unos nueve metros de alto, rodeada por un cable rojo en espiral que llegaba hasta la punta, donde un receptor se levantaba contra la gran letra T pintada en la fachada del Wachman Hall. Al lado estaba el camión negro de FOX29 Philadelphia, en el que un gran disco repetidor de color blanco también aparecía abierto contra el cielo.


Subimos por las escaleras que llevaban a las puertas de vidrio, a medida en que la fila avanzaba en medio de innumerables policías bien armados y agentes que custodiaban la entrada.

- Está bien protegida la cucha -, dijo Camilo.

- Lo que eso le cuesta al Estado.

La fila se dividió frente a las puertas del McGonigle Hall, donde pendía una gran pancarta en rojo y letras blancas que decía DeTerminaTion. Dejamos los celulares, cámaras, llaves y monedas en una mesa contigua, y entramos a través de un detector de metales, igual al de un aeropuerto. Un agente con guantes de latex me dijo que le diera mi mochila, al tiempo en que otro de pantalón y saco negro me hizo abrir los brazos y me requisó pasando un detector de metales por mi cuerpo. A Camilo le hizo lo mismo.


Me devolvieron la maleta y caminamos por un corredor de paredes claras, que daba al interior del centro deportivo, donde hacia unos meses, había visto un partido del equipo de voleibol de la universidad. Fotos de los campeones históricos colgaban a uno y otro lado hasta la entrada del recinto, por donde se escuchaba una algarabía.

- ¿Vemos a la cucha desde las tribunas o desde el piso? -, me preguntó Camilo.

- Desde el piso -, le respondí.


Espere dentro de poco la parte II de la crónica: De cara a Hilary Clinton.

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Sobre mí

Eduardo Bechara Navratilova nació en la ciudad de Bogotá, el 9 de noviembre de 1972. Es hijo de un padre de origen libanés y una madre checa. En 1993 fue condecorado con la medalla Juan Bautista Solarte, otorgada al mejor soldado del cuarto (4to) contingente de 1992, de la Dirección de Reclutamiento Nacional de Colombia. Se graduó de derecho en la Universidad de los Andes, Bogotá, Colombia, 1999, y se especializó en derecho comercial en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, Colombia, 2000. Luego de trabajar durante tres (3) años como abogado, realizó un viaje de seis (6) meses por Europa Occidental, Europa del Este, México y Canadá, y volvió a Colombia a publicar la novela “La novia del torero”, 2002, editorial La Serpiente Emplumada. Se graduó de literatura en la Universidad de los Andes, Bogotá, Colombia, (2005), y publicó su segunda novela “Unos duermen, otros no”, 2006, editorial Escarabajo. Es conferencista y profesor de talleres de literatura. Escribe crónicas de viaje y hace Reportajes Gráficos para el periódico El Tiempo de Colombia. En el 2007 se recorrió toda la costa brasilera pidiendo fondos para los niños pobres con cáncer (ver más acá). Es escritor independiente para otros periódicos y revistas literarias. El ser humano y su comportamiento dentro de la urbe contemporánea es su tema de fondo. En la actualidad realiza una Maestría en Escritura Creativa en la universidad de Temple, Filadelfia, Pensilvania, Estados Unidos de América.



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