Thursday, August 21, 2008

Carrera en Pocono (Parte II) Por: Eduardo Bechara Navratilova



Los más de cuarenta bólidos aceleraron emitiendo un rugido ensordecedor que hizo vibrar las tribunas de aluminio. El carro rojo de Kasey Kahne pasó como una ráfaga frente a mi espacio visual y detrás de él lo hicieron los demás vehículos. Montoya se vio como un fantasma, casi imperceptible a la vista. Un fuerte olor a combustible quemado invadió la tribuna, en donde algunos espectadores chiflaban levantando sus puños al aire. El estruendo se silenció y un bramido lejano acompañó a los carros que tomaban la primera curva y aceleraban intercalados peleando posiciones. La fosforescencia del número 42 en rojo que identificaba al carro de Montoya, era lo único que me permitía distinguir su figura lejana recorriendo el enorme triángulo.


Se acercaron una vez más por el inicio de la recta y el rugido se escuchó de nuevo. Sentí que mis tímpanos se rasgaban, pero pasaron tan rápido, que la sensación no duró más de unos cuantos segundos. El tablero electrónico redujo un número, indicando 199 vueltas por correr. La voz del narrador se hizo perceptible, al tiempo en que vi a Montoya intentando adelantar a un carro verde. Cuando pasaron por enfrente de nuevo, aún seguía por detrás. Kasey Khane se distanciaba de los demás a medida en que se corrían las primeras vueltas y el rugido iba y venia llenando de emoción a la tribuna.


Montoya adelantó al carro verde en la vuelta 26 y en la 27 vimos un polvero levantarse a lo lejos. Las pantallas mostraron a un carro saliéndose de la pista. Los comisarios sacaron la bandera amarilla y de inmediato los técnicos de cada equipo empezaron a hacer calistenia estirando los músculos de sus brazos y piernas. Los carros entraron a ‘pits’ uno detrás de otro. Montoya frenó en seco en su espacio asignado y una pequeña estela de humo se desprendió de sus llantas. Los mecánicos lo levantaron con el gato por un lado, le cambiaron las llantas con agilidad, corrieron hacia el otro lado y lo levantaron repitiendo la maniobra. Terminaron de llenar su tanque con un gran cilindro plástico y unos instantes después salió muy rápido al lado del carro número 19 de Elliott Sadler que aceleró superándolo.


Cuando el grupo volvió a pasar escoltado por el ‘pace car’, Kasey Kahne había perdido la punta con el carro número 48 de Jimmie Johnson. Montoya iba de diecisiete. La carrera se largó de nuevo y lo vi pasar por adentro a dos carros. La emoción infló mi pecho por un momento, haciéndome recordar épocas lejanas. En algún lado de la tribuna debía estar la familia de colombianos luciendo con orgullo la camiseta de la selección Colombia. Sería fantástico si Montoya estuviera pasando al primer lugar como solía hacerlo, me dije con añoranza, aunque luego pensé que de uno en uno podría ir buscando la punta.


Kasey Kahne volvió a pasar al primer lugar y el público vitoreó su maniobra. Montoya superó a otro carro al fondo del triángulo y cuando pasaron por enfrente de la tribuna, conté quince carros antes que el suyo. El rugir de los bólidos continuaba emocionando al público que vitoreaba su paso. Montoya adelanto a otro carro y luego a otro y a otro más. Iba de trece cuando volvieron a sacar una bandera amarilla en la vuelta 41 y los carros entraron de nuevo a ‘pits’. Hizo una parada muy lenta y varios competidores salieron antes que él. Cuando dieron la vuelta y pasaron detrás del ‘pace car’, me di cuenta que había descendido al puesto veintiséis. Maldije la hora en que me había ilusionado aunque fuera un poquito. Me culpé al haberme olvidado que el Montoya de hoy no es el Montoya de ayer, y que hay una distancia muy grande entre un ganador y un hombre que se conforma con cumplir un contrato. Recordé a un amigo que afirma desde hace tiempos, que el piloto colombiano perdió el ojo del tigre.


Cuando la carrera se reinició lo vi acercándose al carro de enfrente y me alegré de nuevo. Empecé a hacerle fuerza para que pasara otra vez. ¿Cómo podía hacerle fuerza otra vez? Éste maldito vicio de hacerle fuerza a Montoya es peor que cualquier otro, me dije al tiempo en que iba a verlo adelantar en la recta principal, pero Kyle Bush, el ganador de la carrera en Dover, chocó contra una barda protectora, sacaron la bandera amarilla y lo vimos pasar con el carro echando humo. Un fuerte olor a quemado invadió la tribuna. El ‘pace car’ entró de nuevo y vi que Montoya iba de veintiuno; su lugar de largada.


Limpiaron la pista, le echaron cal y pasaron tres camionetas con secadores poderosos soplando las suciedades hacia afuera. Se relanzó la carrera y Montoya adelantó un carro en la recta principal. Luego de algunas vueltas iba de diecisiete.


Sobre el lado derecho de la pista apareció una nueva polvareda, al tiempo en que la pantalla mostró a dos carros derrapando por fuera del asfalto. La bandera amarilla salió de nuevo, Montoya entró a ‘pits’, cambió las llantas, cargó combustible y salió. Al final de la línea un carro aceleró apurado encima de él y casi lo choca. Cuando volvió a pasar por enfrente conté que iba de trece. Una leve satisfacción me infló de nuevo. ¿Cómo puede ser posible? me pregunté una vez más, pero no logré responderme. Supongo que responde a ese sentimiento de todo ser humano cuando ha sido privado de algo que antes le pertenecía. Quizás sea la maldita negación que acompaña todo duelo la que tiene mis ojos nublados. Supongo también, que en esto no soy el único y que esa gran fanaticada que Juan Pablo tuvo alguna vez, también se muerde las manos cada vez que él tiene una mala tarde o no es ni la sombra de aquel ídolo que apuntaba para campeón del mundo.


Patrick Carpentier, contra quien Montoya había corrido en la Cart, pasó con su carro azul chocado. Lo estacionó en ‘pits’, se bajó sin mucho afán, se quitó el casco y caminó con la cabeza gacha en dirección a sus mecánicos.


- Este es otro de los que se debería devolver a su categoría anterior -, dijo el tipo con la camiseta de Kevin Harvick. Los lejanos bólidos seguían silenciosos al ‘pace car’. El hombre de cola de caballo levantó el codo acabando su cerveza de un sorbo largo. Tiró la lata en el suelo y se tambaleó al pisar mal un escalón. Destapó otra, extrajo un cigarrillo de una caja roja de marca ALL NATURAL NATIVE, lo prendió con un encendedor y aspiró, exhalando el humo para luego tomar un nuevo trago de cerveza. Sacó un celular, marcó un número, lo llevó a su oreja y gritó: - ¡Ahhhhhhhhh! ¡Escucha en donde estoy!


Estiró su brazo con el aparato en la mano y bebió de su cerveza, al tiempo en que los bólidos aceleraron a fondo en el reinicio de la carrera y el rugido ensordecedor invadió las tribunas. Cuando cesó volvió a poner el celular en su oreja y dijo: - No te puedo creer -. Se volteó a mirar un punto de la tribuna y detallé su piel brillante, el borde de sus ojos rojos.


Montoya perdió un puesto y algunos otros más, hasta que se estabilizó en el diecisiete y otra polvareda lejana se vio en el mismo punto de antes. La pantalla mostró a un carro que derrapó sacando a otros tres de la pista. Escuché los chillidos agudos de varias máquinas aprieta tuercas, que varios mecánicos probaban en los diferentes equipos, y vi a los ingenieros de Montoya alistándose para recibirlo en ‘pits’, al tiempo en que una gota de agua aterrizó en mi antebrazo. Levanté la cara sobre el sol picante que aún calentaba la tarde y vi descender del cielo gruesas gotas que surcaban el aire antes de posarse en la tribuna. Los comisarios de la carrera sacaron la bandera roja por lluvia y el ‘pace car’ entró a los ‘pits’ seguido de los carros en orden de carrera. Apagaron sus motores y el ambiente se silenció. Una parte del cielo estaba nublada y la otra no. El calor aún era intenso y los rayos caían con toda su fuerza quemando mis orejas.


Me distraje un rato analizando a tres hombres que llegaron con dos pacas de cervezas a donde estaba él de cola de caballo. Un tatuaje de ‘Sasquatch’ con un hacha en las manos y unas llamaradas de fuego, aparecía en el brazo de uno de ellos. Otro tenían uno mal pintado que decía: Rachele; y el último lucía un candado, pelo corto, gafas oscuras, gorra y una camiseta naranja de Tony Stewart en la que aparecía embutida su gran barriga.



Las gotas dejaron de caer al poco tiempo. Esperé durante algunos minutos en los que secaban la pista con las tres turbinas, tomando algunas fotos de la tribuna, hasta que se dio la orden y los corredores encendieron de nuevo sus motores. Aún tenía tiempo para ir a comprarme algo de tomar, pensé al ver iniciar la caravana detrás del ‘pace car’. Montoya estaba bien ubicado y aún faltaba más de mitad de carrera. Bajé por las escaleras hacia la parte inferior de las tribunas, en donde cientos de personas comían y quemaban el tiempo. Hice una fila y compré una Pepsi al tiempo en que oí que se relanzaba la competencia. Me apuré, subiendo por las gradas.


Los bólidos avanzaban a toda velocidad por la punta lejana del triángulo. Me senté en la banca de aluminio y tomé un sorbo de Pepsi que bajó refrescando mi garganta. Los primeros autos pasaron rugiendo por la recta, pero luego desaceleraron y vi a Montoya pasar frente a mí rodando de forma lenta con el costado izquierdo de la punta de su carro completamente averiada. Unas llamaradas salían por debajo extendiéndose hasta la parte de atrás. ¡Puta! ¡Puta! Que frene y salga rápido, grité hacia adentro. No puede ser que me toque ver esto, me dije, pensando que podía ser su final. Lo seguí con la mirada así como el resto de la tribuna lo hizo. Rodó hasta la salida de ‘pits’ con el vehículo envuelto en llamas, hasta que frenó en la pista y lo vimos bajarse con agilidad por la ventana del piloto. Caminó alejándose mientras que auxiliares y bomberos extinguían las llamaradas. ¡Maldita sea! El cuento de siempre. La pantalla mostraba al carro de Clint Bowyer derrapando en la entrada de la recta y el de Montoya embistiéndolo por un costado.


- Yo sé quién no está contento -, dijo el hombre con la camiseta de Kevin Harvick, señalándome con una risita entre la boca.
Los rayos del sol continuaban calentando la tarde. Humo gris salía del carro de Montoya a lo lejos. Los demás pilotos seguían al ‘pace car’. Entraban por la recta principal, por donde el carro de Bowyer era levantado por una grúa. Terminé mi Pepsi, ajusté mi gorra de Colombia con la visera hacia delante, recogí mi cuaderno de la banca, me volteé, caminé al lado del hincha de Kevin Harvick que estaba justo al lado de la salida y le dije: - Me largo. Todo esto es una mierda.





Tuesday, August 19, 2008

Carrera en Pocono (Parte I) Por: Eduardo Bechara Navratilova






La carretera estatal 115 de Pensilvania se extendía de forma sinuosa entre un tupido bosque de pinos que soltaban un olor a corteza fresca. Los rayos del sol caían sobre el asfalto calentándolo como una plancha encendida de la que emanaban oleadas de calor. Una hilera interminable de carros rodaba a dos por hora, avanzando por los desniveles montañosos. El reloj marcaba la 1:35 p.m. Pasé el anverso de la mano por mi frente y apuré el paso sintiendo el pliegue de los ‘jeans’ raspando el interior de mis muslos. Un carro se orillo ante mí y un hombre de mediana edad se bajó caminando entre las espigas largas de pasto. Tomó el borde de sus pantalones escurridos subiéndolos hasta su ancha cintura. Pensé que iba a orinar, pero se inclinó hacia delante y regurgitó entre los matorrales.





Terminé de ascender una pendiente y el horizonte se abrió invadido por nubes grises. Algunas avionetas se alejaban halando los pendones de las grandes aseguradoras de vehículos. La tribuna del autódromo aparecía en el valle con su forma lineal, frente a una enorme bandera de los Estados Unidos. Miles de carros parqueados en las zonas verdes, producían una gran mancha de colores.



Baje por una carretera contigua, detrás de dos hombres y una joven en chanclas. Sus piernas torneadas subían hasta unos glúteos apretados en una pantaloneta blanca. Una mochila de lino rosado colgaba a su espalda al contraste de un esqueleto negro que ceñía la curva de su cintura. Llevaba una gorra blanca con la visera hacia atrás, sobre un pelo castaño que cubría parte de sus hombros desnudos. Sus brazos tonificados se balanceaban hacia delante y atrás a medida en que daba un paso tras otro. En una mano cargaba un cojín de plástico y en la otra una cerveza Miller Light, a la que le daba pequeños sorbos de vez en cuando.





Seguí la ruta que me llevó hasta el parqueadero, donde algunas personas desarmaban un asador y una mesa de aluminio, metiendo sus piezas en las bodegas laterales de un carro casa.



Una familia descendió de una camioneta luciendo la camiseta amarilla de la selección Colombia. Un niño portaba la de Rentería y otro la de Rodallega. Los vi caminar hacia una carretera bordeada por filas de pinos recortados, en la que un par de filas de conos anaranjados se prolongaban hasta la enorme bandera. Miles de hombres y mujeres en pantalones cortos, jeans, camisetas y esqueletos, apresuraban el paso cargando neveras portátiles y botellas de agua.



La gente pasaba bajo un arco de madera de tres puertas con techo triangular, sobre el que aparecía una veleta en lo alto. Un letrero en blanco y negro decía: “Welcome to Pocono”. Lo atravesé viendo la tribuna elevada entre muros blancos y vigas metálicas pintadas de negro. Los palcos de honor aparecían entre dos torres centrales que terminaban en punta, dándole apariencia de hipódromo.


Entré por un sector en el que había varios puestos de alimentos y paré a comprar un agua que le pagué a una joven uniformada con pantalón de lino, camiseta y delantal. Tomé un sorbo viendo a otras personas comiendo hamburguesa en mesas blancas de picnic. Me quité la gorra amarilla, en cuya frente aparecía bordada la bandera de Colombia, recogí mi pelo y la ajusté sobre mi cabeza, con la visera hacia atrás. Le pregunté a un señor de chaleco amarillo fosforescente, dónde quedaba mi puesto y caminé unos cuatrocientos metros por debajo de las tribunas, escuchando el sonido de los parlantes que provenía de la pista. El narrador de la carrera hacía la presentación de los últimos pilotos.



Llegué al sector que me correspondía y subí por las escaleras cortas de la tribuna inferior F6. A mi izquierda apareció la línea de meta, frente a un palco interior de tres pisos, en el que ondeaba otra bandera de los Estados Unidos. Los carros de la Nascar estaban en la calle de ‘pits’, alineados en orden de salida. El tanque con la estrella de Texaco que distinguía al equipo de Montoya, aparecía hacia mi derecha, a poca distancia de la tribuna. Su carro negro con el aviso amarillo de Havoline y el número 42 en rojo fosforescente, estaba un poco más adelante. Busqué mi puesto ubicado en la entrada del corredor, me senté en una banca de aluminio y me limpié el sudor de la cara. Mucho de buenas quedar entre la línea de meta y los ‘pits’ de Montoya, me dije, bebiendo un largo sorbo de agua.



Unas camionetas del ejercito aparecían alineadas en los ‘pits’, junto a un par de filas de soldados en camuflado que formaban a uno y otro lado de la línea a cuadros. La tribuna atestada por espectadores con gafas de sol y gorras de diversos colores, se prolongaba frente a la gran recta que llevaba a una curva extendida en ángulo de 40 º. La pista continuaba con otra recta que conectaba con una gran curva de 95º, y una nueva recta que volvía al extremo contrario entrando a la recta principal en ángulo de 45 º, formando un enorme triangulo escaleno de dos millas y media.



Salir de veintiuno es mejor que de treinta y cinco, pensé al comparar el puesto en el que largaba Montoya, en relación a la carrera pasada en Dover. Saqué el cuaderno de mi morral e hice un par de anotaciones. Tomé el celular y llamé a mi papá en Bogotá, pero las líneas internacionales sonaban ocupadas. Llamé a Eduardo Saavedra, pero no me contestó. El reloj del tablero horizontal marcó las 2:00 p.m. y por el altavoz un hombre le pidió a Dios que protegiera a los soldados en Irak.



- Por favor levántense y quítense sus gorros para cantar el himno nacional –, dijo luego el locutor. Me levanté de la banca sintiendo la vibración del celular en el bolsillo, introduje mi mano y lo busqué. Era Eduardo. Puse el cuaderno en el asiento y contesté.

- ¿Me llamaste? – preguntó.

- Sí, ya te llamo otra vez, ya te llamo -, le dije cerrando el celular para quitarme la gorra.

- A éste no le provoca quitarse la gorra. Claro, como no es de aquí -, dijo un tipo desde atrás un instante antes de que lo hiciera.



Me volteé y lo miré a lo ojos. Era de cara redonda y pelo claro. Lucía gafas oscuras y una camiseta gris de Kevin Harvick que hacía juego con la de una joven mujer rubia que lo acompañaba. Quise decirle que dejara ese nacionalismo tan chimbo, pero supuse que eso no era buena idea. ¿Por qué tienen que ser tan intolerantes unos pueblos con otros? Por eso es que el mundo está al borde de aniquilarse, me dije escuchando las estrofas iniciales que un hombre y una mujer cantaban subiendo a notas muy altas. Los pilotos y mecánicos de cada equipo se alineaban por la puerta derecha de sus vehículos, hacia el centro de los ‘pits’, extendiendo la formación militar, cuyo centro era una inmensa bandera estadounidense que más de 25 soldados extendían sobre la pista en la línea de meta. El himno se acabó y de inmediato vimos aparecer a un bombardero que se acercó de forma rápida por el horizonte y pasó sobre la tribuna del autódromo con su enorme fuselaje de ala en V con ocho turbinas que produjeron un ruido estruendoso.



- Es un B-52 –, dijo otro hombre a mi espalda al verlo alejarse.

Las camionetas militares pasaron por enfrente de las tribunas y fueron aplaudidas por las personas que levantaban sus gorras y las movían en círculos. Saqué el celular de nuevo y llamé a Eduardo. Hablaba con él cuando fui sorprendido por el B-52 que pasó a menor altura sobrevolando la tribuna una vez más.



- A la siguiente carrera si voy fijo. Me contás cómo le va a Montoya -, dijo antes de colgar.

- ‘Gentleman, start your engines’ -, se escuchó y de inmediato sonó el rugir de los motores.



Tomé un trago de agua y me senté frente a un hombre de pelo gris que bebió un sorbo largo de cerveza, aspiró la punta de un chicote de cigarrillo, lo tiró al suelo, exhaló el humo, sacó un celular del bolsillo de su pantalón corto y marcó un número. - ‘Hey Jack, you wont believe where I am’ -, dijo de forma efusiva sentándose en un cojín de plástico que yacía en la banca larga de aluminio. Su pelo gris lucía cortado a ras desde su cien hasta el borde de su corona, pero luego bajaba en una larga cola de caballo sobre su nuca roja quemada por el sol. Se volteó a mirar la tribuna y pude ver su piel achicharrada. Unas pronunciadas arrugas aparecían en su frente y el borde de sus ojos inyectados que enfocaron mi cuaderno y luego me miraron con curiosidad. Habló algunas otras cosas por celular y colgó. Al verme escribiendo en el cuaderno preguntó: - ¿Eres reportero?



- Sí.

- ¿Quién va a ganar?

- No sabría decir.

- A mi no me importa quién gane siempre y cuando sea un Chevrolet -, dijo volteando la mirada sobre el tablero vertical que indicaba los números de los ocho primeros clasificados.




Otros hombres con pañoletas en la cabeza, algunos con tapa oídos o audífonos de radio y varios más con las cabezas rapadas y tatuajes mal pintados, se inclinaron hacia la izquierda por donde venía el ‘pace car’ liderando el grupo de carros que pasaron en un juego de colores emitiendo rugidos al resonar de los motores. Algunos, entre ellos Montoya, zigzagueaba para calentar las llantas. Tomaron la primera curva, recorrieron el sector derecho del trazado a velocidad media, tomaron la curva de 95º, recorrieron el sector izquierdo del autódromo y se fueron aproximando hacia la recta principal. El ‘pace car’ se desvió entrando a ‘pits’ y la carrera se largó.






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Sobre mí

Eduardo Bechara Navratilova nació en la ciudad de Bogotá, el 9 de noviembre de 1972. Es hijo de un padre de origen libanés y una madre checa. En 1993 fue condecorado con la medalla Juan Bautista Solarte, otorgada al mejor soldado del cuarto (4to) contingente de 1992, de la Dirección de Reclutamiento Nacional de Colombia. Se graduó de derecho en la Universidad de los Andes, Bogotá, Colombia, 1999, y se especializó en derecho comercial en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, Colombia, 2000. Luego de trabajar durante tres (3) años como abogado, realizó un viaje de seis (6) meses por Europa Occidental, Europa del Este, México y Canadá, y volvió a Colombia a publicar la novela “La novia del torero”, 2002, editorial La Serpiente Emplumada. Se graduó de literatura en la Universidad de los Andes, Bogotá, Colombia, (2005), y publicó su segunda novela “Unos duermen, otros no”, 2006, editorial Escarabajo. Es conferencista y profesor de talleres de literatura. Escribe crónicas de viaje y hace Reportajes Gráficos para el periódico El Tiempo de Colombia. En el 2007 se recorrió toda la costa brasilera pidiendo fondos para los niños pobres con cáncer (ver más acá). Es escritor independiente para otros periódicos y revistas literarias. El ser humano y su comportamiento dentro de la urbe contemporánea es su tema de fondo. En la actualidad realiza una Maestría en Escritura Creativa en la universidad de Temple, Filadelfia, Pensilvania, Estados Unidos de América.



Fotos

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