Sunday, February 12, 2012

Colombia soy yo - Por: Eduardo Bechara Navratilova


Desde que me levanté, a las siete y cuarto de la mañana, he tenido la sensación de que hoy es un día especial. Cierto aire de patriotismo flota en el ambiente. Me despierta memorias de otras épocas en las que salí a marchar por alguna causa que decidí apoyar.

El cielo está nublado y es muy probable que llueva. Todo noviembre y lo que va de diciembre, ha llovido en Bogotá por la mañana y luego por la tarde, como si las nubes tuvieran un timer y dejaran caer las gotas de forma sistemática. Primero escucho un barullo, una especie de cántico que resuena entre mi edificio y el de enfrente, levanto la cara de la pantalla del computador y veo las gruesas gotas ir oscureciendo las fachadas de ladrillo. Caen sin tregua durante horas.

El fenómeno de “La Niña”, como lo llaman los meteorólogos, ha desbordado varios ríos en el país, incluido el río Bogotá, inundado municipios, causado derrumbes en las carreteras más importantes y tiene a Colombia en un estado de emergencia. Lo que nos hace apretar los dientes, es que el año pasado sucedió lo mismo con el fenómeno de “El Niño”, como se le llamó, y ni el gobierno central ni los gobiernos regionales hicieron nada en un año para mejorar la infraestructura y enfrentar un fenómeno de esta naturaleza. Este tipo de cosas confirman que los políticos se roba los dineros destinados a las obras públicas, al crecimiento del país y al beneficio colectivo, en detrimento de la comunidad, y en especial de aquellos que suelen vivir en estados de vulnerabilidad e indefensión. Algunos barrios marginales de Soacha están inundados con aguas negras.

Termino de revisar el final de Apology, una crónica que escribí de un performance que hizo Kata Mejía en Nueva York, le envío un correo y abro el periódico. Quiero confirmar la fecha y lugar de encuentro de la marcha. Un artículo de El Tiempo titulado “Por qué marchar hoy”, en el que aparece la imagen de un hombre encadenado en medio de una manifestación, indica que las personas se van a reunir a las 10:00 a.m. en la Séptima con Setenta y dos. De ahí van a marchar hasta la Plaza de Bolívar. Miro mi reloj, 9:25 a.m. Debo apurarme si quiero llegar. Alrededor de la página están las fotos (tomadas por las mismas FARC como pruebas de supervivencia) de los suboficiales de la policía y el ejército que aún están secuestrados y llevan doce y trece años cautivos. Todos salen con caras demacradas y la tristeza anidada en lo más profundo de su mirada. Al final de la página hay un subtítulo que dice que los “tuiteros” cuentan por qué se movilizan. @Anzola dice que marcha por aquellos que lucharon hasta el último momento de sus vidas por recuperar la libertad. @alefo dice que marcha porque quiere ver una sociedad en paz, en el campo y en las ciudades, donde todos tengamos participación pacífica. @Andresbedoya18 dice que marcha para darle fuerza moral a las FF.MM y por un país que no tema de sus montes. @Jhojambayer marcha por la libertad, la paz, por el fin de la guerra, que se acabe y deje de ser negocio, y @Abi-Botero marcha porque quiere un mejor país para los chiquitos que vienen detrás.

Vuelvo al computador, abro mi cuenta de Twitter y escribo: “Yo marcho porque detesto a las FARC. Son unos asesinos a sangre fría. Unos lobos escondidos en la pijama de la abuelita”. También lo escribo en mi pared de Facebook. A los pocos segundos Beatríz Uribe hace un comentario: “We are Colombia!”. Se refiere a la crónica de la última marcha en contra de las FARC, el 4 de febrero de 2008, cuando ella estudiaba en Penn, yo en Temple, y fuimos con Eduardo Saavedra, Camilo Moncada y Carlos Barrero a la manifestación que había frente a la iglesia de La Encarnación, ubicada en el sector colombiano al norte de Filadelfia. Le pongo un “Me gusta” y camino al closet. Saco la camiseta blanca que dice: “Colombia soy yo”. Solía ser de papá. Él la usó en la manifestación de 2008. Salió con sus muletas a caminar por la Séptima. Me la pongo e imagino a papá con ella. Veo sus ojos brillantes, el entusiasmo que tenía por su país y lo mucho que lo afectaban los atropellos, las injusticias, las matanzas, las malas políticas o políticas contradictorias, las pujas inconducentes entre izquierda y derecha, las obras mal hechas o hechas a medias y los escándalos de corrupción que son noticia cada día. Mamá y yo estamos convencidos de que esos desencantos, fueron, entre otras cosas, los que lo llevaron a ese gran desilusionismo que acabó con su vida.

Meto mi libreta de “I love Bog” a un pequeño morral que cuelgo en mi espalda, me pongo mis gafas oscuras, bebo un vaso de agua y bajo al primer piso. Me despido del portero y camino por la calle ochenta y siete. El viento mueve las ramas de los urapanes. Hace presagiar la lluvia. En el parque japonés los charcos de agua terrosa forman lagunas entre uno y otro camino de ladrillos. El suelo está tan saturado de agua que se han producido varios derrumbes en los barrios de invasión. Este “invierno”, como llaman aquí la época de lluvias, ya ha cobrado más de doscientos muertos.

La carrera Once está llena de buses que intoxican el aire con el humo de sus tubos de escape. La mayoría de los buses y busetas tienen más de veinte años de uso y van solo con dos o tres pasajeros. Se amontonan frente al semáforo. Sus conductores pitan y aceleran como adolescentes a los que el papá les acaba de prestar el carro. ¿Cómo es posible que aún no tengamos un sistema de metro? Suena increíble de creer, pero tardaremos unos cien años para tener uno medianamente completo. Lo usarán nuestros tatara-tatara nietos si queda bien hecho, claro está, y no se roban en un serrucho, el setenta por ciento del presupuesto destinado a cada una de sus líneas. Pensar que en los años ochentas el gobierno japonés se ofreció a construir uno de forma gratuita si lo dejaban percibir el recaudo por veinte años. Los transportadores y los políticos amañados hundieron el proyecto en el Congreso de la República porque no les favorecía. Normal, “normal como en el ejército” de nuestra Colombia querida, en donde las cosas más inverosímiles pueden ocurrir y son “normales”. Lo digo porque presté servicio y salí como teniente de la reserva.

Subo por la Ochenta y seis. Un carro pasa a toda velocidad y salpica a una señora de chaqueta blanca. La mujer le manotea y siente cierto alivio (puedo verlo en su mirada), cuando el carro entra a otro charco y pincha su llanta en un cráter camuflado en el pavimento. Justicia divina, pensará ella.

Desemboco a la Ochenta y cinco y subo hasta la Séptima. Una mujer de unos veinticinco camina con su mamá. Ambas llevan puestas camisetas blancas con la frase: “Colombia soy yo”. Camino junto al tráfico de carros que se aglomera en los semáforos y me voy aproximando a la Setenta y dos.

La marcha no va a hacer que las FARC suelten a los secuestrados, pero por lo menos será un grito de libertad en medio de la indignación nacional. Me gusta porque muestra que la gente en Colombia es cada vez menos apática. Las sociedades que expresan su inconformismo, rechazan las atrocidades y sientan sus puntos de vista, son más evolucionadas que aquellas en las que la gente se va a dormir con los gritos atragantados. De ahí el salto histórico que han tenido Egipto, Libia, Siria y otros países del Medio Oriente. Decidieron dejar de callar, salieron a la calle y rechazaron las injusticias, la impunidad y la tiranía. Ha sido maravilloso ver caer dictadores en el efecto dominó que sacudió a la región. 2011 quedará marcado como el año histórico en el que Medio Oriente grito su inconformismo.

En la Setenta y dos hay carros con el afiche de los secuestrados. Mujeres venden o reparten camisetas blancas que dicen: “¡Libérenlos ya!”. Varias personas se aglomeran en los andenes junto a las calles. Espero un rato hasta que el tumulto se lanza por la Séptima. Camino tras unas trescientos cincuenta personas que soplan pitos, portan pancartas y bombas blancas. Una pareja de viejitos las llevan atadas a los collares de sus dos cocker spaniels. Hay señores y señoras de edad, jóvenes, niños y gente que sale de sus oficinas a avivar la marcha. Los vendedores aprovechan para vender camisetas, pitos, vuvuzelas y sombreros vueltiaos. Se escuchan sirenas a medida en que pasamos por ciertas cuadras. La gente mira por las ventanas de los edificios. Agitan pañuelos blancos y banderas de Colombia.

Reconozco a la hija de un vecino y la saludo.

—Aquí haciendo el deber.

—¡Toca! —añade su esposo.

—¡No más FARC! ¡No más FARC! ¡No más FARC! —grita la manifestación.

Saber que camino por los pasos de papá y sudo su camiseta me produce alegría. Me hace pensar que cargo su legado. Aún siento escalofríos cuando recuerdo su muerte. Mis ojos se ponen llorosos al mirar sus fotos. El duelo es un proceso lento.


¡Libérenlos ya! ¡Libérenlos ya!

Anhelamos la paz, la anhelamos mucho. Queremos que liberen a los secuestrados y que la guerrilla entienda que el fin no justifica los medios. A medida en que el tiempo se encarga de alejar aquel 9 de noviembre de 1989 en el que cayó el muro de Berlín y la Cortina de Hierro se vino abajo, las FARC han encarnizado su violencia y se han aferrado, sin miramientos, a prácticas estalinistas en las que impera la brutalidad y el engaño. El asesinato a quemarropa del coronel Édgar Yesid Duarte, el mayor Elkin Hernández, el sargento José Libio Martínez y el intendente Álvaro Moreno, hace poco más de una semana en Caquetá, cuando se toparon de frente con una patrulla del ejército, confirmó su modus operandi, su barbarie y la sangre fría con la que acometen cada uno de sus actos. Me acabo de terminar el libro de Ingrid Betancourt No hay silencio que no termine, y, aunque Ingrid no me guste, desnuda a las FARC y las muestra desde adentro. El libro está lleno de ejemplos que confirman sus conductas maquiavélicas, el grado de perversión al que han llegado y la poca importancia que le dan a la vida en general: la animal y la humana, ajena y propia. Cincuenta años de guerra los han llevado a ser demonios narcotizados por su propia maldad.

—¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!

Las nubes grises presagian lo temido. El frío se intensifica en mi piel, el ambiente se carga de humedad y empezamos a sentir leves gotas de lluvia. Acelero el paso y entro al Carulla de la Sesenta y tres. Tomé un par de vasos de agua al salir y mi vejiga está que explota. Pago los quinientos pesos que me cobran para liberarme del martirio, busco un pedazo de queso, un yogurt y me acerco a pagar.

—¿Hay mucha gente marchando? —me pregunta la cajera.

—No tanta.

—La gente está trabajando —levanta los hombros—. Nosotras estamos marchando de corazón.

Me despido y salgo. La lluvia se ha incrementado. Ajusto mi mochila sobre la espalda y me encuentro con Alonso Sánchez Bauté.

—Te dejó la manifestación. Va como a tres cuadras —me advierte.

—Estaba que me meaba, —le confieso—. ¿Cómo va todo?

—Sobreviviendo.

—¿Y la escritura?

—Por eso. Sobreviviendo.

—¿Cuándo vamos a tomar un café?

—Mándame un mensaje por Facebook y cuadramos.

Nos damos un apretón de manos y salgo a la lluvia. Aligero el paso para recortar la distancia. A lo lejos escucho las consignas. La Séptima está invadida de carros que siguen a la manifestación.

Las gotas de agua se cuelan por mi pelo, penetran la tela de la camiseta. Hay gente de la manifestación que se empieza a devolver. Qué se puede hacer, no todo mundo considera que hay cierta belleza en mojarse. Una lluvia es poco en comparación con las condiciones climáticas que soportan los secuestrados, los soldados y los propios guerrilleros (esos otros secuestrados), a quiénes, según los relatos de Ingrid, los cabecillas les lavan la cabeza para hacerles creer que se vive muy bien si te proporcionan la comida todos los días (algo que no tendrían en la civil, según ellos), te ponen a hacer guardia, a correr cada vez que llega un helicóptero del ejército, a lacerarte los pies en caminatas interminables por senderos selváticos que pueden durar semanas, o a matar a los secuestrados si es que se llegan a topar con las fuerzas armadas y estos tienen la posibilidad de ser rescatados. Los guerrilleros, hombres y mujeres que han crecido en la pobreza y sin estudio, son esbirros adoctrinados con frases comunistas, añejas y fatigadas, una serie de autómatas a los que les han lavado el cerebro para hacerles creer que están mejor siendo guerrilleros, así sus vidas estén en riesgo a cada instante, no tengan libertad ni la capacidad de tomar sus propias decisiones ni se les pague por trabajar y estar disponibles las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana y los trescientos sesenta y cinco días del año, año tras año, hasta que se escapen o la muerte los libere de su prisión perpetua.

A medida en que se va mojando mi camiseta voy recortando la distancia con la manifestación. La alcanzo a la altura de la Cincuenta y cinco. La cierran unos niños que tocan tambores y cargan un pendón de un lado a otro de la calle. Me integro de nuevo y camino tras unos universitarios. Una joven de sandalias y vestido blanco carga un pendón redondo con el acrónimo de las FARC cruzado con una línea roja en diagonal. Detallo sus pantorrillas desnudas, cortadas a lo alto por el borde del vestido. Su pelo es claro y tiene un perfil de nariz recta que alcanzo a vislumbrar cuando se voltea a mirar a las personas que saludan desde las oficinas. Supongo que la gente tiene que concentrarse en su trabajo, que salir a manifestarse no es esencial ya que otros lo están haciendo. ¿Cómo se puede perder un día laboral en un país que tiene tantos feriados? Estoy seguro que el fin del mundo encontrará a algunas personas trabajando.

Paso a los universitarios y les pregunto si puedo tomarles una foto. Sonríen y posan bajo la lluvia. Se llaman: Andrés Ballesteros, Alejandra Ángel y Sofía Sáenz. Le pregunto a Sofía si me pudo tomar una foto con ella. Me muestra sus ojos verdosos y sonríe. Le paso la cámara a Andrés y ella levanta el pendón.

Reasumimos la marcha al tiempo en que voy pensando que Colombia soy yo, las personas a mi lado son Colombia, todos nosotros somos Colombia y debemos trabajar por construirle un mejor futuro, sacarla adelante y protestar por todos aquellos actos de la guerrilla o las decisiones de una clase dirigente corrupta, cuyos errores continuos nos han llevado a vivir en un estado de pobreza general en el que la guerrilla encuentra su caldo de cultivo.

¡Asesinos! ¡Asesinos! ¡Asesinos! —gritan las personas.

En la Universidad Javeriana la gente aviva la manifestación con pañuelos blancos. Bajo los enormes eucaliptos del parque Nacional hay cientos de personas apostadas junto a los andenes. Ondean banderas. Mi reloj marca las 11:30 a.m. Cada vez se une más gente a la marcha, como si fuera una especie de avalancha que empieza a alimentarse de manifestantes. Todos los pitos juntos suenan como un gran grupo de cigarras. Dos helicópteros de la Policía Nacional empiezan a sobrevolar la marcha a la altura de la Treinta y tres.

—¡Los queremos vivos! ¡Los queremos vivos! ¡Los queremos vivos!

La lluvia amaina y las gotas se van adelgazando hasta que son tenues.

—¡Dios bendito! Paró de llover —dice una señora.

—¡A-se-si-nos! ¡A-se-si-nos! ¡A-se-si-nos!

—¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!

Saco mi libreta y empiezo a hacer anotaciones a medida en que sigo el paso lento de la marcha. El papel picado flota en el aire y cae con parsimonia desde la antigua torre del hotel Hilton. El viento sobre la camiseta mojada incentiva el frío en mi cuerpo. Unas mujeres cantan Solo le pido a Dios de León Gieco y la manifestación luce más animada, como si la cercanía a la Plaza de Bolívar inflara los pechos.

“Solo le pido a Dios / Que el futuro no me sea indiferente /Que la reseca muerte no me encuentre / Vacío y solo sin haber hecho lo suficiente…”

¡Abajo las FARC! ¡Abajo las FARC! ¡Abajo las FARC!

La torre Colpatria y demás rascacielos van aumentando su tamaño a medida en que entramos al centro. En la fachada del Museo Nacional hay unos pendones que anuncian una exposición temporal de fútbol. “Un país hecho de fútbol”, menciona uno. En las salas del museo está exhibida la espada de Bolívar y la camiseta que llevaba Luis Carlos Galán el día en que fue asesinado por Pablo Escobar.

—…debe ser árabe —le alcanzo a escuchar a unas personas que caminan a mi lado.

Levanto los ojos de la libreta. Dos mujeres y un hombre me miran con cara de curiosidad.

—¿Qué están diciendo? ¿Qué soy árabe?

—¿Lo eres? —pregunta una joven de ojos profundos.

—Y sí, tengo sangre de medio oriente: libanesa. Aunque nací y crecí en Colombia. ¿Por qué lo dicen? ¿Me delataron mis facciones?

—Por tu letra, es muy enredada —responde.

—Bueno, voy caminando y escribiendo —se las muestro—. Parece árabe pero es español; yo me la entiendo.

—Es verdad, tienes rasgos árabes.

—En los aeropuertos me paran.

—¿Qué te dicen? —pregunta la joven.

—¡Terrorista! —Se ríen—. Y entonces, ¿cómo va la marcha?

—Aquí estamos. Todo por una buena causa —dice el hombre.

—Qué chévere tu camiseta. “Colombia soy yo” —dice la joven.

—Sí, Colombia soy yo y eres tú, los que están marchando y todos los demás. La gente hace al país. La camiseta era de mi papá. Es de la marcha pasada. Yo estaba en Filadelfia.

—¿No vives en Colombia? —me pregunta la joven.

—No, estoy de paso. Pero Colombia es mi país y lo amo, aunque quisiera que las cosas fueran diferentes.

—¿Eres periodista?

—Soy escritor.

—¿Qué escribes?

—Trato de describir el ambiente. Voy a hacer una crónica.

Sigo hablando con ella. Se llama Andrea Rodríguez. Los cánticos se intensifican. Ahora parece que hay miles de personas adelante y atrás. Pasamos sobre la Veintiséis. Es increíble que aún siga en obra. Lleva más de un año de retraso luego de los escándalos de corrupción de los Nule, que terminaron llevando al alcalde de Bogotá, Samuel Moreno, a la cárcel. Pasa por debajo de la Séptima y sube por la falda de los cerros hasta la estación de transmilenio en Las Aguas. Como añoro estos cerros cuando estoy fuera. El verdor de los pinos, su paisaje conmovedor. Los extranjeros sí que los saben apreciar. En la cima se erige la iglesia de Monserrate. Del otro lado está la Virgen de Guadalupe. Pasar por aquí me recuerda mis épocas de universitario.

La camiseta se ha empezado a secar en mi cuerpo. A medida en que la Séptima se angosta se generan ríos humanos como en la media maratón de Bogotá. Personas se paran en los andenes. Vitorean y miran la gente pasar.

—¡Bogotá! ¡Bogotá! ¡Bogotá!

Mi reloj marca las 12:00 p.m. Cruzamos la Veintiuna. Nuestro paso se aminora a medida en que la gente se agolpa frente a la otra. Una joven de jeans apretados marcha de forma solitaria. Habla por celular. La sigo y desvío la mirada a su trasero. Son cosas que no se pueden evitar. Si uno tiene un lindo trasero enfrente lo mira. Es un mecanismo de defensa de cualquier ciudadano frustrado para dejar de pensar en terrorismo, los políticos corruptos, los secuestrados, los muertos y la indiferencia de algunos. Un buen trasero nos anestesia de tanta barbarie, aunque sea de forma efímera. La joven termina la llamada. Me adelanto un poco y me pongo a su lado. Me mira con sus ojos oscuros.

—Disculpa, ¿puedo hacerte una pregunta? —No pierdo tiempo—. ¿Qué es lo que más te motiva a marchar?

—Todos los secuestrados. Mi papá es militar. Marcho por solidaridad. No hay que quedarse callado.

Anoto su respuesta.

—Yo presté servicio militar. Soy teniente de la reserva.

—Sí ves —hace un gesto que da a entender que eso refuerza su punto.

—¿Qué rango tiene tu papá?

—Mayor del ejército. Podría ser uno de los secuestrados.

—¿Cómo te llamas?

—Andrea Carrillo.

Anoto su correo electrónico, dejo que se adelante y camino detrás de ella. Una señora luce un aviso en la espalda que dice: “FARC, miserables asesinos, entreguen a los secuestrados VIVOS”. Lleva una bomba blanca atada a su muñeca. Hay otra que carga un pendón con las palabras: “FARC ASESINOS”, con lágrimas de sangre. Otro pendón dice: “Venezuela, por favor expulsa a Timochenko. No + FARC, Colombia.

Jóvenes con los gorros de arlequines de tres puntas, como los que abundan cuando juega la selección de fútbol, miles de personas con las camisetas de “Colombia soy yo”, grupos con diversos pendones y hasta uno de ancianos, caminan hacia la Plaza. Pasamos frente al edificio Avianca en el que solía trabajar papá cuando estaba en el Instituto de Fomento Industrial y negoció contratos con bancos internacionales y empresas mineras, con las que Colombia hizo alianzas para proyectos tan importantes como Econiquel y El Cerrejón.

La vida es sagrada, cada vida es sagrada —repite un hombre en un megáfono a la altura del parque Santander.

El semáforo nos detiene frente a la iglesia de San Francisco. Sus paredes de piedra denotan el paso del tiempo. Un par de viejitos en sillas de ruedas son empujados por los integrantes de un grupo que levanta pendones. Subo la cámara para tomarles una foto. Se me acaba la pila. ¡Maldita sea! Justo cuando iba a llegar a la Plaza de Bolívar. Detesto cuando eso me pasa. La guardo en mi bolsillo y sigo adelante.

—¡Secuestrados! ¡No están solos! —repite la manifestación.

—¡Estamos mamados de la guerrilla! —dice un hombre frente a una cámara de vídeo. La periodista sostiene el micrófono y le hace otra pregunta. El hombre se voltea y ayuda a agitar una gran bandera verde, azul y roja. Un joven ejecutivo pasa por el andén con una joven bien trajeada y le pregunta:

—¿Por qué el color verde?

No es tan difícil de entender. Hay que tener en cuenta la genealogía de la bandera colombiana. El amarillo representa el sol que nos alumbra (o el oro de nuestra tierra, yo mismo no lo sé bien), el azul, el color de los dos mares que nos limitan (y el cielo), el rojo, la sangre de todos aquellos comuneros y soldados que la derramaron luchando por la libertad. Está bien cambiar la sangre por una política verde en la que podamos forjar un país ecológico y protejamos al medio ambiente, a los animales, los bosques y ríos, un país en el que intentemos (¿por qué no?), desarrollar medios alternativos de energía y nos ayudemos los unos a los otros… Soñar no cuesta nada.

—¡No más sangre! ¡No más sangre! ¡No más sangre! —gritan las personas que sostienen la bandera.

Poco a poco vamos llegando a la Jiménez. Viejos rieles del tranvía, visibles en la intersección, son evidencia de una época anterior, clásica y romántica. ¿A qué hora se desvió el país? ¿No era difícil de prever que si se trata de forma desigual a las personas más deprimidas algún día se levantarán en armas y empezarán a luchar por la igualdad de sus derechos? La historia lo ha confirmado muchas veces. Toda la descomposición social de ahora es responsabilidad de los políticos. Este país se ha hecho a retazos, teniendo en cuenta intereses mezquinos de aquellos que han aprovechado sus posiciones para valerse de los más deprimidos. Lo peor es que aún ahora, en pleno siglo XXI, siga pasando.

Pendones blancos que caen desde el techo cubren las ventanas de las oficinas de El Tiempo. Las cámaras de City TV filman a las personas pasando. El reloj marca las 12:30 p.m. y una orquesta empieza a tocar el himno nacional. La gente entona el “Oh gloria inmarcesible / Oh júbilo inmortal… Cesó la horrible noche”… siempre que escucho esa estrofa pienso en lo mismo. ¿Cuándo es que en realidad va a cesar la horrible noche? Y no me refiero a que la guerrilla sea derrotada, se desmovilice o que los secuestrados vuelvan a sus casas (claro, eso sería motivo de una alegría desbordante), me refiero al día en que este país sea manejado por gente responsable que en realidad propenda por el bien general y haga las cosas bien. Quiero confiar en que las generaciones futuras nos vean como gente deshonesta e intenten ser mejores. Algo así como los franceses de hoy miran a los personajes que Honore de Balzac retrató en Papá Goriot.

El grupo de monjas sostiene una gran bandera de Colombia de un lado a otro de la calle. Un reportero les toma una foto. Gritan:

—¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!

—¿Qué se dice de la marcha? —le pregunto al reportero.

—Que hay muy poca gente.

—¿Qué pasó?

—La acogida no ha sido la mejor. Es una mala época.

—¡Guerrilleros! ¡Guerrilleros! —dice un hombre en un megáfono.

—¡Asesinos! ¡Asesinos! —le responde la gente.

A una cuadra de la plaza el sol empieza a calentar. La camiseta mojada se pega de forma incomoda en mi piel. Mis zapatos producen chasquidos con cada paso. ¿Qué sentirá un guerrillero que lleva doce o trece años con la ropa humedecida en la selva?

La Séptima se abre y la Plaza de Bolívar muestra sus rincones. En todo el centro se levanta un gran árbol de navidad de unos seis metros. Miles de personas gritan consignas sobre las escaleras de la Catedral Primada. Las bombas blancas y las banderas de Colombia le dan al ambiente un colorido particular. Un grupo de policías acordona el Palacio de Nariño, algunos magistrados de la Corte Suprema de Justicia y demás servidores públicos miran la manifestación desde una pasarela que cruza el interior del edificio. La turba se amontona contra una tarima del lado oriental. Un hombre habla a favor de los secuestrados con un micrófono en la mano. Su voz se estrella con las voces de los diferentes grupos que lanzan consignas. El lugar no está abarrotado ni se siente como la marcha del 4 de febrero de 2008 en la que lucía a reventar. La vi en televisión desde ese restaurante colombiano en North Philly en el que una toma del noticiero RCN, hecha desde un helicóptero, mostró mares de gente invadiendo la plaza y la Séptima.

De aquí hasta mi casa hay ocho kilómetros. Lo sé porque he corrido un par de veces la maratón de Bogotá y en la Noventa con Quince se marca esa distancia. La última vez que estuve aquí protestando fue en 1996, cuando organizamos las marchas universitarias y le exigimos al presidente Ernesto Samper la renuncia, al probarse que dineros del narcotráfico habían entrado a su campaña. Por supuesto que fue absuelto por el proceso 8000, un montaje público en el que se probó que en países donde la justicia se acomoda, una persona es capaz de esconder a un elefante en su sala. Papá tenía razón al decir que el ejercicio de impartir justicia es un acto de opereta. Aquí también estuve con él y con Daniel, ese horrible 19 de agosto de 1989, en el que velaron a Luis Carlos Galán en el Palacio de Nariño.

Un pendón gigante que varias personas cargan dice: “Jaque Mate a las FARC: Colombia gana cuando los violentos pierdan”. Recuerdo la frase que gritábamos en el ejército en las formaciones generales del Grupo Mecanizado Rincón Quiñones: “Si quieres la paz, prepárate para la guerra”. A uno solo lo respetan si se muestra lo suficientemente fuerte como para que no se metan con uno. Qué tristeza que sea así, pero esa es una de las grandes verdades de la naturaleza.

Encima de la entrada del Palacio de Justicia hay una inscripción de Francisco de Paula Santander. “Colombianos: Las armas os han dado la independencia, las leyes os darán la libertad”. Lo que Santander no sabía o de pronto sí, es que el país crecería como una de las naciones más corruptas de la historia. Supongo que eso no es nada nuevo y los que aún quisiéramos que eso fuera distinto somos los pocos “bobos” que pretendemos tener un país en el que los dineros destinados a una obra se usen para ella, se piense en grande y se eduque a todas aquellas personas que a esta fecha del 6 de diciembre de 2011, por increíble que parezca, son analfabetas.

Siempre que regreso a Colombia y veo uno más de los miles de casos de corrupción que se dan aquí y salen a la luz pública, o me encuentro con actitudes atropelladoras de algunas personas que se sienten con derecho de pasar por encima de las demás, entiendo la justificación que la guerrilla tuvo en un principio. Las clases menos favorecidas se han visto pisoteadas por hombres de baja calaña (perfumados y trajeados con sacos Hugo Boss y demás marcas de diseñadores), que bien afeitados se ven limpios, pero no pueden sostener su propia mirada. Claro, eso no excusa las atrocidades de la guerrilla ni sus matanzas, secuestros, formas de lucha y obstinación inoficiosa, luego de que el gran experimento del comunismo fracasara en la Cortina de Hierro. Lo más triste de todo (¿qué pensaría el Che Guevara de esto?), es que los grandes jefes guerrilleros, aburguesados en sus tronos, hoy en día son muy parecidos a los propios políticos corruptos e inescrupulosos que ellos aborrecen. Es irónico, pero en muchos casos la gente termina pareciéndose a quien más detesta.

—Esta misma marcha se está dado en cuarenta ciudades de Colombia y treinta ciudades de todo el mundo —dice el presentador.

Una mujer canta una canción a la libertad y la gente sigue gritando diferentes consignas. Muestran su indignación ante una situación que llegó a su límite. El proceso de paz le da la posibilidad a los guerrilleros de reintegrase a la vida civil y dedicarse a la política, sanear su pasado sangriento de narcotráfico, extorsión y secuestro y ni siquiera así, con todas las garantías, los jefes guerrilleros abandonan su posición de ser uno de los últimos bastiones del comunismo en el mundo.

Aborrezco a las FARC, pero si de algo ha servido la guerrilla es para que la gente que lo tiene todo abra sus ojos y se dé cuenta que hay muchas personas que la están pasando mal y necesitan nuestra ayuda.

El cielo sigue gris y el frío se anida en mi cuerpo. Doy algunos pasos hacia el borde del árbol de navidad y me encuentro con Adrian Espinosa.

—Aquí haciendo el deber —me dice—. ¿Con quién viniste?

—Solo.

—Ah, yo también.

—Vengo caminando desde la Ochenta y siete con once.

—Yo desde la diecinueve.

—¿Te dieron permiso en El Tiempo?

—No, pedí un compensatorio.

Hablamos un rato al barullo de las diferentes consignas.

—Qué tristeza que nuestros papás ya no estén vivos —muerdo mis labios.

—Pero nosotros somos lo que ellos dejaron. Es una forma de seguir vivo —palmotea mi hombro—. Fíjate que esta marcha es totalmente pacífica, sin mamertismos ni bombas de estruendos, papas bombas ni nada de eso.

—Es muy diferente a las marchas de la izquierda.

Empieza a llover de nuevo. Hay un minuto de silencio por los militares, policías y civiles asesinados por las FARC. Ponen Knocking on Heaven´s Door de Guns N Roses y nos vamos a resguardar de la lluvia.

—La gente se está empezando a ir—le digo a Adrian.

—Es que no tienen la disciplina mamerta —me río—. Esa disciplina comunista en la que te hacen aguantar en una plaza durante días a una temperatura de menos cuarenta y cinco grados centígrados.

—¡El pueblo unido jamás será vencido! —grita un grupo de manifestantes.

La Séptima está llena de personas que arriban con la caravana de los motociclistas que llevan veintitrés días recorriendo Colombia.

La lluvia se intensifica y la gente se empieza a ir en desbandada.

—Ya se hizo la tarea —dice Adrian.

—Eso es lo importante. Quedó hecho el grito de protesta.

Friday, December 16, 2011

‘Apology’ - Performance de Kata Mejía - Por: Eduardo Bechara Navratilova


Termino de revisar el cuento El pan de los Atala que Eduardo Bechara Baracat va a incluir en su libro Patria del viento, me levanto de la mesa y camino a la ventana. Los edificios de ladrillo se levantan hasta el río Hudson. Manhattan se divisa en el horizonte con sus miles de rascacielos y panorama imponente. El cielo de Jersey City sigue nublado y el tiempo parece continuar cálido por más de que es octubre, ya es otoño y la temperatura debía haber bajado de forma sustancial hace unas semanas. Supongo que me traje el buen clima. Eso pasa a veces, uno trae consigo el buen o mal clima. Una corriente cálida que viene del sur ha acompañado mi visita a Nueva York y parece que todo el fin de semana será igual.

Jenny está en la cocina preparando un tetero para Ari. Ari apoya sus manitas en el sofá, se levanta con esfuerzo, afirma sus pies en el piso de madera y pulsa el botón de la contestadora. La voz de Pali sale del parlante con un tono cálido: “Ari, es papááá, es papááá. ¿Cómo te llamas tú? Tú te llamas Ariii, tú te llamas Ariii”. El pequeño ha escuchado la grabación unas quinientas veces y cada vez que lo hace le brillan los ojos como si estuviera haciendo una revelación.

Qué bonito es descubrir el mundo, encontrarse algo nuevo en cada esquina de la casa, en cada cajón, en cada uno de los juguetes que generan una experiencia nueva. Jenny termina de calentar su tetero en la cocina, levanta a Ariel por debajo de las axilas, lo acomoda en el asiento y empieza a darle su comida. Al bebé le brillan los ojos cada vez que su mamá le habla con dulzura, acerca la punta del tetero a su boca y acompaña el proceso con una frase linda.

Meto un saco en mi morral por si la temperatura baja por la noche, introduzco la libreta, tomo la cámara y bebo un vaso de agua.

—Bueno Jenny, me voy al performance de Kata Mejía. No creo que llegue muy tarde. Debo estar de vuelta hacia las once.

—Llévate mis llaves —me las muestra en la mesa—. Igual llega a la hora que quieras, vas a Manhattan, cualquier cosa puede pasar. —Voltea los ojos hacia su hijo—. Ari, dale un beso a Bech.

El niño relaja su rostro redondo de ojos grandes y rasgos suaves, se inclina hacia adelante, saca los labios y me da un beso. Me despido de Jenny, llevo mi morral al hombro y les agito la mano desde la puerta. Tomo el ascensor, bajo los seis pisos y salgo a la tarde cálida. La temperatura está perfecta para la camisa que me puse. El cielo cubierto viste al ambiente con ese aire grisáceo que acompaña al otoño. Camino por 9th Street en dirección al centro comercial Newport. Ver a Pali y a Jennifer con su hijo, la forma en que lo estimulan, se conectan con él y le van enseñando el mundo, como si fuera un amigo más (así tenga un año), me transporta a mi propia infancia, la forma en que mis papás me estimulaban y me trataban desde chico. Toda mi visita a Nueva York ha estado cargada de ese aire melancólico, esa nostalgia que te cala en los huesos con cada paso que das, cada respiración que haces. Me ha sentado bien salir de Colombia. Necesitaba escapar un poco de la desolación que dejó la muerte de papá. Hay momentos en que aún no lo creo. ¿Cómo es posible que se haya ido de esa forma tan intempestiva? Cada vez que lo pienso caigo en cuenta de lo frágil que es la vida. Hace un año estaba bien y le llegó esa fibrosis pulmonar que se lo llevó en menos de cinco meses. ¿Cómo pudo pasar algo así? Se quedo sin ver mi éxito (si es que llega) o ver a mis hijos (si es que también llegan). Quisiera escuchar su voz, ver esa mirada de ojos grandes y brillantes, tan suya. Sentirme reconfortado a su lado, con esa sensación de apoyo y confianza que te da un papá que te adora. Puedo tener treinta y ocho años; eso no importa. Puedes tener cincuenta. Al lado de tu papá siempre serás ese chico que él estimuló y vio crecer de forma gradual hasta que se convirtió en un hombre. Ya lo dijo el fotógrafo japonés-nortemericano Dean Tokuno: “Estuve allí, junto a él, en todos los momentos, y sin embargo en mi interior soy un niño de cinco años que busca a su padre. Por fuera, soy un hombre de cuarenta y tres años tratando de encontrar las palabras para decirle a ese niño: “tu papá se fue”.

Decía que salir de Colombia me ha hecho bien, pero también me ha hecho daño. Cargo esta amargura interminable que se acrecienta (en sentimientos encontrados) cuando veo a Pali bañando a Ari, dándole de comer, jugando con él o enseñándole nuevas palabras y conceptos, así como mi papá lo hacía conmigo. Los ojos se me humedecen, siento un nudo en la garganta y prefiero voltear la cara. Miro el horizonte, paso saliva y lloro para mis adentros. Entonces vuelve esa canción de Frankie Ruiz a mi cabeza. La canto en silencio: “Amarguras señores que a veces me dan / la cura resulta más mala que la enfermedad…”.

Termino de recorrer las cuadras de casas y edificios, cruzo Marin Boulevard, atravieso un parqueadero y entro al centro comercial. Es igual a cualquier otro. Con tiendas de ropa y las mejores marcas deportivas. Voy buscando la salida a Washington Boulevard. Salgo de nuevo, cruzo la calle y entro a la estación Newport. Pago los dos dólares y bajo al andén en el que algunas personas esperan el Path Train en dirección al World Trade Center en Manhattan o Hoboken en Nueva Jersey. Del otro lado pasan los que van hacia Newark.

La cara de la gente luce distendida. Hoy es viernes. En todos lados del mundo un viernes será un viernes. Las personas se relajan, alejan la mente del trabajo y piensa en pasarla bien con su familia, sus amigos, su novia o su hijo.

El tren llega y frena en el andén. Entro a uno de sus vagones plateados y me siento en una de las bancas longitudinales. Del otro lado del pasillo hay una rubia que abraza su cartera. Su falda corta deja ver sus piernas torneadas. Se da cuenta que la miro pero no parece importarle.

Mis planes de hacer un par de travesías y de irme a radicar a la República Checa están detenidos. Por ahora estoy en Colombia haciendo el proceso de sucesión (aprovechando que soy abogado), y apoyando a mi mamá. La muerte de papá la ha sumido en una profunda depresión. Papá era todo para ella: su amigo, su consejero, su apoyo, su hincha, su esposo, su amante, su propio papá. Mamá no tiene a nadie más aparte de sus hijos y nietas. Escapar de un país y hacer tu vida en otro completamente distinto te deja un poco huérfano. No tienes a tus hermanos, tíos, primos ni amigos. La lejanía hace que tu pareja se vuelva mucho más que una pareja.

El tren atraviesa el río Hudson por debajo, entra a Manhattan y frena en la estación World Trade Center. Salgo y camino tras la gente que sube las escaleras eléctricas. Me toca detrás de una joven de pelo negro. Fijo los ojos en sus nalgas apretadas por los jeans. Agradezco la imagen fantástica, así sea corta. Dejo atrás la estación y camino entre una multitud de personas de todas las nacionalidades. A un lado y otro de la acera, los turistas fotografían la construcción del nuevo edificio del World Trade Center. Unas jóvenes hablan español con acento de España, otras con acento argentino. Un grupo de italianos, alemanes, franceses, japoneses, chinos y otras personas de los países más diversos del mundo, se retratan con el edificio o husmean adentro de las rejas cubiertas por cobertores. Quieren ver cómo está quedando la obra de la estación, el parque en el que habrá dos fuentes rectangulares en lo que fueran las bases de las torres gemelas, y el museo en el que se les rendirá tributo a los hombres, mujeres y niños fallecidos en el atentado terrorista. ¿Cuántos papás no perdieron a sus hijos y cuántos hijos no perdieron a sus papás en el once de septiembre?

En Greenwich Street me detengo a tomarle una foto al World Trade Center. Una más de las decenas de fotos que le he tomado en estos días para retratar el momento histórico. Deben ir por el piso setenta aunque aún les falta bastante para terminar su estructura de vidrios espejados. Su base es cuadrada. A medida en que va subiendo se convierte en un cilindro de ángulos rectos que le da una apariencia cónica. El par de grúas empotradas en el último piso desafían la ley de la gravedad y me hacen recordar el video del programa Destruido en segundos del Discovery Channel, en el que una grúa de esas, empotrada en un rascacielos gigante, empezó a tambalearse en un terremoto. Al final terminó cayendo por los aires con todo y su operario. Supongo que esos son los riesgos que se corren.

Llego a Chruch Street en donde está la entrada del metro y aprovecho para tomar una foto con el primer plano de otras grúas en tierra. Ayudan a construir otro par de rascacielos colindantes a la Zona Cero. El edificio en el que Pali trabaja, el Liberty One, queda a una cuadra en la calle Liberty. Alguna gente entra al café Starbucks y otra sale del almacén de departamentos Century 21. A un par de cuadras, en Wallstreet, los “indignados” que se han hecho famosos en España, el resto de Europa y el mundo entero, ocupan la plaza Zucotti. Protestan contra los excesos del sistema financiero y la crisis económica que enfrenta al mundo occidental.

Toda la escena neoyorkina me afecta. Papá y mamá se conocieron en Greenwich Village a mediados de los sesentas. Papá hacía una maestría en derecho comparado en la Universidad de Nueva York y mamá trabajaba en el instituto de cosmetología Kenneth, en donde tenía de clientas a personalidades como Jacqueline Kennedy. Se conocieron en una fiesta organizada por unos latinos amigos de papá a la que mamá fue en compañía del hermano de Nelson Piquet (campeón del mundo de Fórmula Uno en 1981, 1983 y 1987). Papá y mamá comenzaron a salir, se enamoraron y luego de un par de años se casaron aquí en Nueva York. Mamá viajó a Bogotá y se establecieron allá. (Esa es una historia que contaré algún día).

Doy un último vistazo al Ground Cero, que para este siete de octubre de 2011 acaba de cumplir una década después del atentado. Pienso en lo que pudo haber sido ese día, en el dolor que le trajo a miles de personas y la forma en que cambió el mundo. Me sigo preguntando: ¿cómo podemos ser tan intolerantes? Una y otra vez me he cuestionado por qué nos seguimos haciendo tanto daño si todos somos iguales. La muerte de Osama Bin Laden (a manos de un comando estadounidense que realizó un operativo militar en Abbottabad, Pakistán, el dos de mayo), puede vengar el atentado del once de septiembre y traer sosiego a algunas de las familias que perdieron a sus seres queridos, pero genera aún más rencor, rabia, y sigue apartando a occidente de ese mundo musulmán, que de puertas para adentro, es tan parecido al nuestro. Ellos también bañan a sus hijos, les cambian los pañales, los alimentan, les compran juguetes y los estimulan para que el día de mañana tengan las aptitudes necesarias para valerse en el mundo.

Bajo las escaleras de la estación de metro Cortlandt Street por donde pasa la línea amarilla R. Ayer la tomé para ir al cementerio Saint Johns de Queens a visitar la tumba de mi abuelo José Bechara. En la historia de mi familia hay escapes y muertes imprevisibles que han moldeado nuestro destino. José salió escapando de la persecución de los musulmanes a los católicos en Líbano, se radicó en París, emigró a Colombia en donde se casó con mi abuela Olga Baruque y luego se vinieron a vivir a Brooklyn con sus hijos Nemesio, Álvaro y Omar. José fundó una compañía de importaciones y exportaciones llamada “Fenicia”, invirtió todo su capital en un producto que trajo de Europa, el mercado tuvo un cambio intempestivo y perdió la inversión. Fue al final de los cuarentas. El abuelo se vio tan afectado que al poco tiempo le dio un ataque fulminante al corazón y murió. Nemesio tenía nueve, papá siete y Omar tres. Olga volvió a Colombia con sus hijos para intentar sobrevivir con lo que le daba un exiguo seguro de vida que José había dejado. Desde ahí todo fue diferente. La colonia libanesa, que miraba a los hijos de José como los hijos de un gran hombre, los empezó a mirar como unos pobres diablos. Cuando viví en Filadelfia le dije varias veces a papá que fuéramos a visitar al abuelo en el cementerio de Queens. Él siempre se negó. Sus ojos se ponían llorosos y alejaba la mirada. Supongo que el dolor era demasiado fuerte. Lo curioso es que yo haya esperado a que papá muriera para ir a visitar la tumba del abuelo por primera vez en la vida. La muerte jamás te toca, hasta que la empiezas a ver por todos lados.

Pago el dólar con noventa que cuesta el pasaje de tren y entro al andén de varios carriles con soportes metálicos. Sostienen a la vieja estación de más de cien años. He visto películas de Early Cinema en donde las primeras filmaciones del mundo retrataban estos túneles. Espero el metro al lado de un papá que toma de la mano a su hijo. El joven lleva puesta una camiseta de los Yankies que combina con su gorra azul.

Bajo la vista al piso. Quisiera no estar tan melancólico, pero este tipo de cosas no pueden evitarse. Te vienen de adentro y hay que dejarlas salir. El duelo puede durar de dos a seis años en terminar de asimilarse por completo y yo solo llevo seis meses desde ese domingo diez de abril en el que papá dejó de respirar. ¿Cómo es posible? Me vuelvo a preguntar en un acto de negación del que estoy consciente. A veces me parece que es un mal sueño, que puedo levantar el teléfono y llamarlo así como hacía antes. Escuchar su voz, aprovechar sus comentarios atinados. Las imágenes de sus últimos días en el hospital vuelven a mí. La forma en que se fue quedando sin pulmones, en que respiraba con dificultad y las máquinas empezaron a respirar por él. “Parte de mí se queda aquí. ¿Sabes cómo?”, me preguntó. “Sí, en mis escritos”, respondí. “No, en ti”.

Un metro de la línea R sale del túnel y desacelera frente a nosotros. Abre sus puertas y me monto. Me siento en la banca longitudinal. Del otro lado del pasillo hay un par de jóvenes que hablan entre ellas en una lengua germánica que parece holandés. Sus pelos y ojos son claros. Cruzamos la mirada y siguen hablando. Lo que me gusta de las europeas a diferencia de las norteamericanas, es que te muestran los ojos, les parece normal que las mires, que aprecies su belleza. No tienen esa desconfianza de las “gringas” que suelen mirarte como si fueras alguna especie de sexual freak o un psicópata porque te sientes atraído hacia ellas.

Volviendo al tema familiar, ayer arrastré mis pies por las aceras de Queens luego de visitar la tumba del abuelo. Está enterrado con Mariam Raad y otras personas de la familia Raad que eran sus parientes. Papá siempre cargó el dolor de haber perdido a su padre tan temprano en la vida. Era una persona muy sensible. Lloraba en el cine y se conmovía con facilidad. Supongo que ese tipo de cosas también me pasan a mí. Por fortuna ayer tenía mis gafas. Escondí mi llanto tras los lentes oscuros mientras caminaba por Metropolitan Avenue hacia la estación del metro Middle Village. Imaginé a Nemesio a papá y Omar llorando la muerte de su papá. Imaginé a Olga, sola en el apartamento de Bay Ridge en Brooklyn, pensando en qué haría con sus tres hijos pequeños ahora que su esposo había muerto.

La muerte te cambia y te cambia para siempre, así como cambió a las tantas personas que perdieron a sus familiares en el once de septiembre, así como ha cambiado a tantos otros que han visto a sus familiares morir en medio oriente o en el conflicto colombiano, esa guerra cruda y sangrienta de la que Kata Mejía es víctima directa. Por eso me gusta tanto ir a ver sus performances.

Pasamos algunas estaciones en las que se destacan City Hall, Canal Street, NYU y llegamos a 14th Street Union Square, en donde me bajo del metro, camino por unos corredores enchapados en azulejos y salgo al andén del metro 4, 5, 6 de la línea verde en dirección norte.

En Union Square papá y mamá caminaban tomados de la mano. Imagino esa época en que tenían veintisiete años y vuelvo a sentir la melancolía propia de un tiempo que pasó, quedará enterrado en el pasado y se irá olvidando a medida en que pasen los años y nosotros mismos nos vayamos muriendo. La vida es así. Nos pone a las personas en frente para que las disfrutemos por un rato y luego nos las quita.

El metro llega. Me embarco y me siento en la banca. Esta vez no hay mujeres lindas a las que pueda mirar. Algunos jóvenes con libros y morrales en las manos, señores con portafolios, turistas con mapas y algunas otras personas escuchando música en sus ipods.

La vida pasa muy rápido. Cuando te das cuenta ya eres viejo y el mundo que conocías ha variado por completo. Por eso Pali y Jenny disfrutan cada segundo con su hijo, por eso apoyo, abrazo y beso a mi mamá cada vez que la veo, porque todavía está aquí conmigo y con mis hermanos. Por eso salgo a viajar, recorro el mundo y me siento a escribir (una actividad que me genera tanto placer). No me importa acumular riquezas ni tesoros que al final se vuelven cargas. El verdadero goce de la vida está en tener tiempo para hacer lo que queremos hacer, disfrutar de la mirada de nuestros seres queridos, ir en busca de esas tierras nuevas que abren nuestro panorama y de esas otras sonrisas de personas que aún no conocemos pero pueden influir en nuestras vidas. Desde que abandoné mi carrera de abogado y me dediqué a escribir, me di cuenta que las grandes alegrías están en las vivencias que nos hacen sentir importantes y amados ante los demás y ante nosotros mismos.

El metro se detiene en las estaciones 23 Street, 28 Street, 33 Street. En Grand Central 42 Street se monta una joven de pelo negro. Le llega a mitad de espalda. Luce un top verde militar que contrasta con su piel trigueña y jeans descaderados. Tiene todo el perfil de ser una latina. Incluso podría ser colombiana. Nuestras miradas se cruzan y deja salir una pequeña sonrisa. Su gesto me alegra el momento. Me lleva a un estado mental más positivo, me hace pensar en el futuro. Una sonrisa puede alegrarte la vida. Las mujeres deben saber que alegran el mundo con sus sonrisas.

El tren desacelera una vez más y entra a la estación 51 Street. Me levanto, sujeto la varilla de metal y espero a que pare por completo. Mis ojos vuelven a cruzarse con los de la joven. Esta vez soy yo quien sonrió. Me bajo y busco la salida. Los baldosines de la estación están percudidos y dejan ver el castigo del tiempo. Subo por unas escaleras con las barandas oxidadas, salgo a un corredor amplio y tomo una segunda escalera que lleva a Lexington Avenue. Una afro-americana yace tendida en medio del caracol de la escalera. Algunas personas la auxilian. Le preguntan el número telefónico de algún pariente, le dicen que la ambulancia ya viene en camino. Termino de subir los escalones y salgo a la avenida espaciosa. Pienso en que la señora se pudo haber caído o le sobrevino un ataque. Ver a alguien en esa situación te genera compasión y temor. Bien lo dijo Platón en su libro X de La República. La tragedia de alguien te genera compasión porque eres piadoso frente el dolor ajeno. Te genera temor porque podrías ser tú el que está ahí.

Bajo por la avenida flanqueada por rascacielos. Los edificios gigantes te hacen sentir como un ser minúsculo. Las grandes estructuras te confinan a un mundo estrecho en el que se percibe la naturaleza en el pequeño espacio de cielo que se queda sin cubrir. Camino frente a vitrinas lujosas de las mejores marcas. El tráfico es pesado y los automóviles frenan y aceleran en los semáforos. En la intersección con 48th Street, unos hombres del otro lado de la calle, saludan a un tipo que está a mi lado. Lo empiezan a vitorear, lo chiflan y lo aplauden.

—Se ve que te quieren mucho —le digo.

—Sí, eso parece —responde.

El semáforo se pone en verde y cruzamos. El hombre se abraza con sus amigos.

—No sabes lo que es este tipo —me dice uno de ellos de forma espontánea.

Los dejo atrás y voy buscando la galería The Lab, ubicada en la 501 Lexington con calle cuarenta y siete. A media cuadra me encuentro a Huston Ripley, el esposo de Kata. Empuja un coche doble en el que están sentados sus dos hijos.

—¿Este es el chiquilín?

—Se llama Huston Camilo.

—¿Cuánto tiene ya? —detallo los ojos expresivos del niño.

—Un año.

Cómo vuela el tiempo. La última vez que vi a Huston y a Kata, ella estaba en los primeros meses de embarazo. Huston saca una postal en la que hay una impresión en blanco y negro, con un árbol que tiene rostros humanos en su tronco y ramas, flores con tallos y pétalos de rostros, nubes con rostros y un sol con el rostro de un hombre de ojos achinados. Del otro lado se anuncia una exposición de sus dibujos en la galería Adam Baumgold.

—Deberías ir, están exhibidos hasta mañana.

—Voy a ver si puedo. Yo los acompañé el año pasado cuando fuiste a hablar con el dueño, ¿te acuerdas? —Asienta con la cabeza—. ¿Dónde queda The Lab?

—Es en The Roger Smith hotel, en toda la esquina —señala con su mano—. Ven te llevo.

Caminamos hasta un salón vidriado que tiene ventanas por la avenida Lexington y la calle cuarenta y siete. Su disposición le da apariencia de pecera. Kata revisa una cámara empotrada en la pared. Le golpeo en la ventana. Sonríe y me dice que me acerque a la puerta.

—Qué bacano que hayas venido.

—Fue una coincidencia que estuviera en Nueva York. Vine a visitar a unos amigos y a ver si podemos presentar el libro del otro Eduardo Bechara y los míos aquí y en Filadelfia. Debí haber vuelto a Bogotá hace dos días pero cuando supe que tenías este performance installation atrasé mi regreso. ¿Cómo me lo iba a perder? Tú sabes que soy tu cronista.

Sonríe y cierra la puerta. Humedece unas tiras negras en el vinilo blanco, acomoda algunas otras cosas y sale por una puerta blanca que se mimetiza con la pared. Un hombre de pelo blanco y corbata se acerca a la ventana. Huston me lo presenta como Adam, el dueño de la galería donde están sus dibujos.

—Yo me acuerdo de él —digo.

El hombre frunce el ceño. Le tomo algunas fotos a la sala. Un par de aros negros contienen la pintura blanca, a uno y otro lado del salón. Unos trazos ovalados manchan el piso negro. Camino a la explicación de la obra. Está pegada en el vidrio. Leo lo siguiente: “Apology cuestiona el significado, los efectos y las repercusiones de pedir y de que te pidan perdón. A través de una acción física que va más allá de lo hablado y lo escrito, el performance installation se centra en la idea de que unas disculpas no pueden reparar el daño causado. “Recibir unas disculpas puede, a veces, causar un sentimiento de vacío en los perjudicados”. Explica Mejía. La artista usará su cuerpo para pintar el piso de la galería. Con unas tiras empapadas de pintura creará trazos en un óvalo abstracto. Se valdrá solo de los pies para moverse. El sufrimiento de Mejía para realizar los movimientos hará referencia a la idea que las disculpas representan un camino difícil para quienes las reciben así como un peso para aquellos que las ofrecen. A medida en que la artista se mueva por el espacio, los trazos en el piso se irán acumulando y harán que los trazos anteriores se vuelvan menos intensos y menos significativos, reflejando la forma en que la memoria y posiblemente el dolor, disminuyen con el tiempo”.

Saco mi libreta y hago algunas anotaciones en las que indico que Kata es una artista excepcional porque su obra está cargada de amargura. Viene desde dolor y la angustia. La alimentan el desconcierto y la desazón que le dejó el asesinato de su hermano Camilo Mejía Restrepo a manos de las FARC. Eso ha hecho que sus performances sean un medio a través del cual saca la rabia, la frustración y la tristeza.

A las seis en punto Kata abre la puerta blanca y sale con un vestido negro en el que se ven sus hombros. Le sonríe a sus hijos Annabelle y Huston Camilo, pone cara seria, se agacha y con movimientos lentos se sube el vestido (como si se lo fuera a quitar), haciendo visibles un pantalón y una camiseta negra. Lo deja cubriendo su rostro y le amarra las tiras que había humedecido en el vinilo. Se agacha y se tiende boca abajo en el piso. Vuelve a humedecer las tiras con la pintura blanca y empieza a moverse de manera forzada. Se vale de sus piernas para intentar empujar su tronco disociado. Lo arrastra de forma lenta y tortuosa como un peso muerto que le incomoda. Va ciega, sin poder ver, amordazada. Se mueve como un insecto desmembrado que intenta arrastrarse con dificultad. Lucha por ir a algún lado pero en vez de eso forma círculos. Está perdida en un movimiento infinito que no la lleva a ningún lado.

Un par de jóvenes se paran frente a la ventana.

—Es una instalación, un performance —dice una en inglés con acento de Inglaterra.

—¡Fabuloso! —responde la otra.

Las jóvenes se van y llega una pareja.

—Ayer estuvo durante una hora dando vueltas con el pelo teñido de blanco —dice el joven.

—Ese no es el pelo —responde su amiga.

—Bueno, el trapo o lo que sea. Lo moja en la pintura y pinta el piso. Y a eso lo llaman arte. ¿Lo puedes creer?

Salen calle arriba.

—Trata de representar lo que sientes cuando alguien te da una excusa. A veces ese perdón en vez de mejorarte te deja un sentimiento de vacío —le explica un rubio de “dreads” a una joven—. La artista humedece el trapo (simboliza un cuerpo sin cabeza e identidad) y va dejando la huella en el piso negro.

Una mulata de ojos claros mira el performance con extrañeza. Se queda un minuto, da media vuelta y camina hacia la 48th Street con las nalgas apretadas entre los jeans. Otra mujer llega con su pequeño bebé en un coche.

—¿Qué crees que sea? —le pregunta a su hijo.

Ni ella misma sabe la respuesta.

Unos españoles se paran frente al vidrio.

—Solo da vueltas, vueltas y vueltas, tío. Qué aburrido —dice un hombre de unos cincuenta años.

—Sí, vámonos —le responde una mujer que tiene una maquillaje exagerado en la cara.

Una afroamericana de pelo lizo y nariz recta se para a mi lado y mira de forma interesada. Levanta un café de Starbucks y le da un sorbo. Siento que me respira encima. Eso me gusta porque parece no tenerle miedo a mi cercanía. Sus ojos son atigrados, sus labios gruesos y carnudos. Viste un traje negro que se ciñe a su cuerpo delgado de nalgas que desafían la ley de la gravedad. Se mueve hacia el lugar de la ventana donde está la explicación de la obra. La lee, toma otro sorbo de café, le da un nuevo vistazo a Kata y cruza 47th Street.

Una oriental de ojos negros y rasgados se para a mi lado, levanta su celular de carcasa verde y le toma una foto. Tim, el hermano de Huston llega y nos saludamos. Huston me presenta a Anaita y Kit Brown, otros artistas que hacen instalaciones. Comentan entre ellos el performance.

Las personas llegan, miran por un momento los movimientos de Kata y se van. Son pocos los que leen la explicación.

Un fotógrafo dispara su cámara de forma repetida. Un camarógrafo se para a su lado y una señora le pregunta con acento madrileño:

—¿No se marea de dar tantas vueltas?

Kata sigue acomodando un pie tras otro, busca a tientas un camino que se esconde, un derrotero que intenta encontrar pero no es visible. Sus ojos cubiertos la imposibilitan, le inhiben seguir adelante. Se queda viviendo en un vacío existencial en el que se frustra en cada uno de los movimientos inciertos y forzados que da como un Gregorio Samsa a la espera de que alguien le tire una manzana que se pudra en su caparazón y termine de matarla. Supongo que eso es lo que debe sentir alguien a quien la guerrilla le mata a un hermano o a un hijo, y luego sale a decir que lo siente, que se excusa, que eran otras circunstancias o que el país estaba en guerra y que en nombre de la revolución se puede todo, y claro, hay gente que tiene que pagar los platos rotos…

Supongo que todos nos hemos arrepentido de cosas. Y que alguien que mata también puede arrepentirse así haya matado con sevicia. Todos le hemos hablado mal a alguien o lo hemos herido de alguna manera, y cómo negarlo, hay heridas más profundas que otras, unas que sanan más rápido. Pero acaso no es absurdo decirle a alguien que lo sientes cuando aún tienes la daga ensangrentada en tu mano y la víctima aun no sale de su asombro, grita como aquel personaje de Munch en Skrik cuya boca abierta exagera la expresión desconcertada.

Una pareja de rusos mayores comenta el performance. Alcanzo a entender cuando la señora le dice a quien debe ser su marido:

Abstract.

—Está creando arte, le dice un americano a su mujer.

La mayoría de personas hacen gestos en los que muestran la incomodidad que les genera la escena: pliegan los labios, abren sus ojos, arrugan sus caras de tal forma en que acentúan sus rasgos.

—La gente no tiene nada más que hacer. ¡Dios! Me aburrí —dice un hombre con un fuerte acento portorriqueño.

Sale hacia 48th Street y manotea.

—Realmente no entiendo esto —le dice otro norteamericano a su hija.

—Es una galería que hace performances, es arte contemporáneo —explica ella.

El atuendo de Kata va quedando pintado de blanco a medida en que sigue dando vueltas en ese infinito frenético en el que podría durar la eternidad sin encontrar sosiego.

—¿Qué está pasando? ¿Se está muriendo? —pregunta un skater con el monopatín en la mano.

—No, forma círculos —responde el amigo.

Se van y me quedo pensando en que es cierto. Cuando te rapan a un ser amado algo se muere en ti. Pasas a ser un pseudo-insecto que ha perdido esa pata o esas dos patas que necesita para poder desplazarse con libertad sin parecer un paquidermo, uno de esos escarabajos que han perdido varias patas, no pueden moverse y están esperando a que alguien caritativo los aplaste con la suela de su zapato para que puedan salir del martirio.

Sara Sabouncouglu (la curadora de Mending en la galería A.I.R. de Brooklyn) llega y le digo que voy a traducir al inglés la crónica que escribí de ese performance.

—No he podido hacerlo antes porque este año ha sido muy difícil. Mi papá murió.

—Cuanto lo siento —me mira con ojos enternecidos y me da un abrazo.

—Sí, él y yo éramos los mejores amigos. Se te mete una melancolía a los huesos y no la puedes sacar.


Se queda un rato conmigo y me comenta que está sin trabajo. Al cabo de un tiempo se va y una mamá se acerca a la ventana con su hija.

—¿Qué interpretas de esto?

—Me gusta —responde la hija.

—Pero, ¿qué entiendes?

—Es expresión corporal, no sé. Lo veo como un baile. Ella es como una brocha que pinta el piso.

—Allá está la explicación de la obra —les digo.

—Muchas gracias —responde la señora.

En un momento dado la acera se llena de gente que mira el performance. Me alejo del vidrio y tomo fotos del tumulto por Lexington y 47th Street. Hacia las siete Kata se sale del círculo, se arrodilla con calma, levanta los brazos y va bajando el vestido con movimientos lentos hasta que su rostro se hace visible. Lo estira de las puntas. Su cara es seria. Los pómulos notorios y los gestos endurecidos muestran su martirio. Como se ve que carga la angustia del artista. Mira hacia el piso y se queda un momento ahí, con el pelo en la cara. Da pasos lentos. Se aproxima hacia la puerta blanca al final de la sala. La abre, sale y la vuelve a cerrar.

—Sí, sí, sí, interesantísimo pero vamos —le dice un norteamericano de unos treinta años a sus papás.

Sale caminando hacia 48th Street.

—¿John por qué tiene que ser así? —le pregunta la mamá al papá.

—Él es así —el papá sube los hombros.

Los dos caminan hacia la cuarenta y ocho con resignación.

Qué haría yo por tener a mis papás aquí conmigo, poder escuchar la voz de papá y su interpretación de la obra. Diría algo muy interesante, haría un análisis del conflicto armado colombiano y seguramente afirmaría (como lo hizo tantas veces), que el comunismo ha traído al mundo más desolación y tristeza que alegría y bienestar. Mamá endurecería sus gestos y estaría de acuerdo. Se lanzaría contra ellos, repudiaría su cinismo y contaría los atropellos de los que fueron víctimas, la forma en que escapó con su papá y su madrastra de la Checoslovaquia comunista, como sobrevivieron siendo refugiados políticos en Alemania Occidental, Karl Navratil (mi abuelo), envió a mamá a un internado en Suiza por más de un año y se volvió un espía para la CIA. Entraba y salía de Checoslovaquia, una y otra vez, llevando y trayendo información. Con eso se capitalizó un poco. Luego emigraron al Brasil con un vacío en la boca del estómago. Empezaron de cero y volvieron a cultivar anhelos, aunque la ruptura con su país de origen y el deslinde con su historia los marcó para siempre, al punto en que mi hermana Carolina, Daniel y yo, cargamos la maldición de no pertenecer a ningún lado.

Kim me presenta con Hélène Picard, una pintora francesa que hace poco llegó a Nueva York. Nos quedamos hablando un rato frente a la galería y entramos a The Roger Smith Hotel. Unas jóvenes nos guían hasta el segundo piso. Caminamos por un corredor de tapetes rojos y paredes blancas de las que están colgados afiches de performances pasados. Hay uno de Beyond the Threshold, un performance en el que Kata explora la crisis de la separación y la experiencia de moverse a través y más allá de la crisis.

Entramos a un amplio salón en el que hay cuadros en las paredes, una larga mesa cubierta por manteles y un bufete de comida humeante. Otros artistas y diferentes personas esperan la llegada de Kata. Saludo a St. Clair, el otro hermano de Huston y busco un asiento en la mesa. Encuentro uno en la cabecera, junto a Hélène, Anaita y Kit.

Kata llega y Matt Semler, el director de la galería, la felicita y da un discurso en el que dice lo honorífico que es para The lab Gallery que ella haga sus performances aquí. Le damos un aplauso sentido y pasamos al bufete. Me sirvo ensalada, un poco de pasta boloñesa y vuelvo a mi asiento. Hélène me presenta con un neoyorkino de unos sesenta años que está sentado a su lado.

—Mira, él también es escritor —le dice ella.

El hombre arruga la frente, voltea la cara, la trae de vuelta y me mira.

—¡Te odio! —me dice.

—¿Por qué? ¿Qué te hice?

—Yo también soy escritor. El mundo está lleno de escritores, ya no tolera un escritor más.

—¿Y qué escribes? —le pregunto.

—Cualquier cosa que me paguen.

—Ese es tu error. Yo hago todo lo contrario, no escribo para que me paguen, solo escribo las cosas que me salen de aquí —presiono mi abdomen con la punta de los dedos—. No me interesa escribir nada diferente. Prefiero morirme de hambre pero escribir lo que me gusta. Tal vez debas replantear tu postura.

El hombre se queda pensando en lo que digo.

—¿Y tú qué escribes? —me pregunta Hélène.

Enreda la pasta con el tenedor y lo lleva a su boca de labios brillantes.

—Novelas, cuentos, crónicas, artículos de opinión, poesía. Hace un año publiqué un libro de poemas en Argentina. Se llama poemas a una ciudad un insecto y una mujer —saco una copia de mi morral y se lo muestro—. Hay un poemario a la mantis religiosa.

—Qué interesante.

—¿Tú eres una mantis?

—Solía serlo. Era mala con los hombres —sonríe.

—¿Ya no?

—Me casé y ahora tengo una hija.

Me mira con sus ojos claros. Hay cierto brillo en su mirada.

—Creo que sigues siendo una mantis. Uno nunca cambia.

Sonríe de nuevo.

—Puede que tengas razón.

Saco un bolígrafo y escribo en el libro la siguiente frase: “Para Hélène Picard, una verdadera mantis”.

Hablamos algunas otras cosas con Kit y Anaita.

—¿De dónde eres? —le pregunto a Kit al no poder descifrar su acento.

—De todos lados.

—¿Dónde naciste?

—Aquí en los Estados Unidos, California. Pero de chico fui a vivir a la India. He vivido en África, Europa, ahora estoy en París.

—Bueno pero eres norteamericano.

—Sí, si lo soy, pero no soy un norteamericano común.

—¿Por qué haces esa aclaración?

Se queda mirándome.

—Tú sabes.

Sonrío y no insisto más.

—Kit vive conmigo —dice Anaita—. Yo soy francesa, de Argelia.

—Como Albert Camus. Uno de mis escritores preferidos. Hoy en día hay muchos inmigrantes en Francia.

—Así como en toda Europa y aquí.

—Eso enriquece y dinamiza las culturas.

Terminamos de comer, Kata saluda a algunas personas y llega a mi lado.

—Siento mucho lo de tu papá.

—Sí, yo sé, muchas gracias. Fue intempestivo. Todavía me resulta difícil de creer —me mira con tristeza—. Te felicito por el performance, una vez más me ha tocado la forma en que expresas tu angustia. Creo que eres una de las artistas más importantes de Colombia.

—¿Tú crees? —hace gestos de duda.

—Con toda seguridad. Tu obra es reveladora, refleja el dolor que cargas. Tus performances son dramáticos. Te vienen de adentro —vuelvo a presionar mi abdomen con la punta de los dedos—. Es por eso que tienen tanto impacto. ¿Qué me podrías decir de Apology?

Apology es un performance sobre el significado de disculparse y el efecto que tiene en quien ofrece la disculpa y en quien la recibe. Yo tengo un problema con la disculpa porque quien ha cometido el daño ha causado un dolor muy grande y ha causado una gran herida que ha afectado a alguien profundamente, y el efecto de la disculpa no tiene el poder de reparar lo cometido, entonces a la final la disculpa se reduce a un gesto escrito o verbal efímero torpe y sin mayores connotaciones. Por esta razón yo veo el acto de disculparse como un largo y difícil viaje. En el performance yo trato de presentar esa dificultad y lo doloroso del trayecto, al afectar mi cuerpo con unas acciones que repito.

Huston se acerca con Annabelle y Huston Camilo.

—Te felicito por tu hijo. Tiene una mirada muy simpática. Es muy vivaz.

—Gracias, Eduardo.

—¿Camilo, por Camilo? ¿Es en honor a él?

—Sí, en honor a mi hermano.

Hablamos algunas otras cosas y nos tomamos un par de fotos en las que Kata sale con una sonrisa, el pelo suelto y una blusa blanca. La miro en la pantalla. De fondo aparece un tríptico que representa una galería de salas cubistas. Le regaló mi libro de poemas, se lo firmo y Kata vuelve a su puesto.

—Kit, ¿cuál es tu opinión de Apology?

—Viene de la memoria, de recordar algo que aún está inconcluso. Me pareció muy “apropo” que el negro y el blanco estén saliendo de su cabeza ya que ella está intentando ocultar lo desconocido —comenta con soltura—. Pinta con blanco lo que no está resuelto y nunca lo estará, ya que unas disculpas jamás podrán hacer que lo que está mal vuelva a estar bien.

—¿Tú qué opinas? —le pregunto a Hélène.

—Es como dejar una huella de su propia vida en el suelo.

—¿Y qué tiene que ver eso con el perdón? —le pregunta Anaita.

—Pedir perdón es reconocer que has fallado en algún punto y que el otro te reconozca.

Algunas personas empiezan a dejar el lugar. Me levanto y busco a Danika Druttman, la organizadora del evento, de quién recibí por Internet invitación para la comida hace un par de días.

—Danika, ¿te puedo hacer una pregunta? ¿Qué me puedes decir de Apology?

—Me recordó de Butoh, la expresión de arte japonesa —responde con su acento elegante de Inglaterra—. Es bonito ver a toda la gente mirando desde afuera. Las emociones están ligadas a la negación, al contraste con la confrontación de admitir. Hay que aceptar que hay una gran honestidad de su parte.

—Danika, ¿puedo decirte una cosa? —Sus ojos cafés dejan ver su simpatía personal. Es de nariz recta, pómulos grandes. Su boca forma una sonrisa perfecta—. Tienes unos labios lindísimos.


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Sobre mí

Eduardo Bechara Navratilova nació en la ciudad de Bogotá, el 9 de noviembre de 1972. Es hijo de un padre de origen libanés y una madre checa. En 1993 fue condecorado con la medalla Juan Bautista Solarte, otorgada al mejor soldado del cuarto (4to) contingente de 1992, de la Dirección de Reclutamiento Nacional de Colombia. Se graduó de derecho en la Universidad de los Andes, Bogotá, Colombia, 1999, y se especializó en derecho comercial en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, Colombia, 2000. Luego de trabajar durante tres (3) años como abogado, realizó un viaje de seis (6) meses por Europa Occidental, Europa del Este, México y Canadá, y volvió a Colombia a publicar la novela “La novia del torero”, 2002, editorial La Serpiente Emplumada. Se graduó de literatura en la Universidad de los Andes, Bogotá, Colombia, (2005), y publicó su segunda novela “Unos duermen, otros no”, 2006, editorial Escarabajo. Es conferencista y profesor de talleres de literatura. Escribe crónicas de viaje y hace Reportajes Gráficos para el periódico El Tiempo de Colombia. En el 2007 se recorrió toda la costa brasilera pidiendo fondos para los niños pobres con cáncer (ver más acá). En 2009 se graduó de una Maestría en Escritura Creativa en la universidad de Temple, Filadelfia, Pensilvania, Estados Unidos de América. Es escritor independiente para otros periódicos y revistas literarias. El ser humano y su comportamiento dentro de la urbe contemporánea es su tema de fondo.



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