Cuaderno de viaje “En busca de poetas” – Reporte 4 - Poetas del fin del mundo
Es la brasilera, una vez más,
quien me despierta. Termina de ponerse un saco “corta vientos” ceñido a su
cintura, sonríe y sale del dormitorio. Me incorporo y paso por el proceso
tedioso de quitarle el candado al casillero, sacar la maleta, abrirla, buscar
una muda limpia, los implementos de aseo, volver a cerrarla, ponerla en el
casillero y volver a cerrarlo con candado. Tomo la toalla, bajo al primer piso
y me doy una ducha. Me visto y desayuno con algunos duraznos y ciruelas que
compré el día anterior, me pongo mi “corta vientos”, la chaqueta de cuero y
salgo a la calle. El frío me da un golpe. Los montes están cubiertos de nieve y
sopla un viento que baja con fuerza por la calle 25 de mayo. El bochorno de
Buenos Aires ahora contrasta de forma violenta con el frío cortante de Ushuaia.
Subo hasta Magallanes y batallo
contra la ventisca. En la esquina con Don Bosco localizo un concesionario de
autos y entro.
—Este es el de Audi, el de
Volkswagen se trasteó.
—Sí, es evidente —respondo frente a un A4 negro
que resplandece—, pero en Internet muestran esta dirección.
—Está desactualizado hace más de
dos años. —Niego y
pregunto en dónde queda—. Del otro lado del pueblo, bastante lejos.
El vendedor me recomienda pasar
por el de Chevrolet que queda a pocas cuadras. Me he puesto a sacar cuentas y
con el cambio del dólar y lo costoso que están los pasajes en bus, me saldría
más barato comprar un auto de segunda mano. Aparte me daría libertad de
movimiento, podría buscar poetas que se salgan de las rutas principales y
dejaría de arrastrar mis maletas por las calles.
Entro por la puerta principal y
la calefacción me abraza. Un hombre de sonrisa ordenada, quien se presenta como
Gonzalo Marcucci, me indica sentarme frente a su escritorio. Luego de un
momento me recomienda comprarlo en Buenos Aires. En el registro de propiedad
debo poner un domicilio y allá tengo amigos que me pueden ayudar con esto. Me
pregunta qué estoy haciendo en Ushuaia y le cuento. Mariano Vesga, otro
vendedor, se emociona y me dice que su prima Camila Vallendor es poeta y justo
está pasando unos días por aquí. La llama por celular, me la pasa y nos ponemos
una cita en El Refugio del Mochilero. Me despiden con un abrazo y vuelvo al
hostal por las calles grisáceas. Increíble cómo pueden haber cambiado los
colores del paisaje de forma tan extrema. Del verano al invierno en una noche
de tormenta. Lo bueno, en mi caso, es que todos estos días de mal clima me
sirven para escribir. Adelantar el cuaderno de viaje que sin duda se irá
atrasando cada vez más. Viajar e historiar el viaje de forma simultánea es una
tarea titánica.
Vuelvo al cuarto, saco el
computador y me siento en un pequeño escritorio que da contra la bahía. Algunos
tejados triangulares, veleros que fondean en silencio, el viejo aeropuerto en
el que una avioneta recorre la pista y alza vuelo, el agua plateada y los picos
del otro lado de la bahía, componen un campo visual que me relaja cada vez que
levanto los ojos de la pantalla. La sirena de un barco interrumpe mi
concentración y salgo al corredor. Uno de los cruceros zarpa del puerto. Una
vez más me veo en aquel viaje maravilloso en compañía de mis papás. En esa
ocasión dejamos atrás Ushuaia y en cubierta, con el paraje montañoso de fondo,
llamamos desde el celular a mi hermano Daniel. Recuerdo que en aquel entonces,
no hace mucho en realidad, me pareció asombroso poder hablar con él de forma
tan sencilla desde un lugar tan recóndito.
Miro el reloj y me doy cuenta que
llevo horas escribiendo y ni siquiera he almorzado. Camila debe llegar a las
seis. Saco unos raviolis del casillero, bajo a la cocina, pongo el agua a
hervir y me los preparo con una salsa de verdeo. La brasilera habla con un
alemán de unos veinte años que luce emocionado al saber que le para bolas una
“garota” de piel cobriza.
Termino de comer, lavo los platos
y vuelvo al escritorio del que me he ido apropiando. Con el paso del día la
luminosidad parece estar volviendo. Me concentro hasta que un hombre de rostro
adusto entra al cuarto, pasa de largo sin saludar, se sienta en un catre, se
quita el gabán y lo rocía con un spray penetrante que llena los espacios del
dormitorio. Abro la ventana a pesar del frío. El hombre se quita la ropa con
movimientos metódicos, su mirada de tanguero, triste y áspera, está puesta en
la forma en que dobla su pantalón y su camisa. Se acuesta y vuelvo al texto.

Escribo otro rato hasta que llega
la joven de la recepción y me dice que me están buscando. Apago el computador,
me pongo la chaqueta, subo el morral al hombro y bajo. Una joven de ojos
achinados y labios gruesos me saluda con entusiasmo. Me presenta a su novio, un
joven de bigote y chivera rubia, ojos claros y gorro de lana.

Salimos del albergue, bajamos
hasta San Martín y entramos a café Andino. El lugar está lleno de turistas. Nos
sentamos en una de las mesas dispuesta junto a uno de los amplios vitrales que
da contra la calle San Martín y Camila pide un té. Yo pido agua. Me muestra un
par de libritos artesanales en los que están consignados sus poemas, me cuenta
que es porteña, tiene veintiún años y vende sus libros a un bajo precio.
—Lo que me interesa es compartir
mis poemas.
Tomo entre mis manos el que está
sin encuadernar y leo “Retazos en la otra orilla”.
“Todos tenemos un
cuento
para
reír y llorar,
somos payasos que
el viento
trajo a la orilla
del mar”.
Agarrate Catalina
“Porque una orilla o la otra
orilla, lo mismo da. Es la misma luna sobre el mismo río, izquierda o derecha
es solo una cuestión de perspectiva. Es que en este cuento, me tocó nacer
rioplatense. Noctilucas o bichitos de luz, Kiyu o San Isidro alimentándome
alegría. Sonrisas que son revoluciones, la luna redonda y hermosa como una
naranja, esta vez poco importa donde se paran los pies, mi cielo no es ni
uruguayo ni argentino.
Los ojos gigantes y
desarticulados, la sonrisa agrietada por miles de emociones alunadas, la
carcajada y la nostalgia inesperada de pisar por primera vez un tablado. Vino
tinto y Montevideo, amor desordenado, como no, hermano, esto es arte, arte,
arte y nuestra revolución, es la alegría. En mi piel, es el mismo amor que
brota rebelde, como una florcita entre la arena y la basura, como un destello
de Perota chingo en el río porteño, a la sombra del Bosque Alegre o el Vial
Costero.

Una chacarera o un candombe, qué
importa si todo me lo regala tu guitarra, el efecto terremoto de tu voz que
mueve el mundo, el sol, el mar.
Somos payasos de este o aquel
lado, tu risa, mi risa, son pura poesía que se enreda, se enraíza aun en lo más
gris de esta ciudad, aun cuando un semáforo no es un ombú, aun cuando Ballester
no es Punta del Diablo. No importa, si todo es un ventarrón de risas y letras,
circulando en espirales infinitos de música, poesía, coincidías y sincronencias.

Monigote en la arena es cosa que
dura poco, cuenta el cuento de una hermana pequeñita como bichito de luz en los
juncos. Pero como evitar enamorarse del viento, que nos lleva y nos trae, de
una orilla a la otra, siempre despeinados, siempre con los bolsillos llenos de
piedritas y papeluchos, con las uñas despintadas, el mate calentito, el alma
sonriente. La fiesta de volver a casa con un pan y una manteca, con una mochila
llena de noctilucas y canciones y flores y risas y humo y juguetes.
Qué importa lo poco que dure
nuestro monigote, sea cual sea el lado del río. Qué importa si al final,
siempre es el viento y la arena, si al final, siempre, lo último que se borra
es la sonrisa”.
Levanto la cabeza y sonrío. En la
medida en que vaya descubriendo poetas el proyecto va tomando sentido. Bajo mis
ojos a “Tiempo Caracol”.
“Es que no quiero esperar más,
aquí, sola, en este tiempo lineal, Penélope en la hamaca. Casi siempre como un
péndulo, que va y viene, te espera y no te espera, que se hamaca sin saber muy
bien qué es lo que está esperando, si se ven las estrellas o lo acaricia esta
lluvia de febrero. Quiero que el tiempo
sea una escalera caracol, salir corriendo bajo la tormenta y esperarte en otro
rincón del camino, un poquito más allá, tres, cuatro, cinco escalones, pero
seguir subiendo y mandarte un beso mariposa inclinada sobre la baranda. Reírme
a carcajadas y que me persigas enseguida, que me abraces de sorpresa, que me
desarmes, de a uno, los prejuicios, como si no tuvieran otro destino que ser
papeluchos que se vuelan con el viento.
Volver a escribir, empezar a
escribirte. Recuperar la noción geográfica de la distancia, saber que es el
cuerpo, las manos, los pies, el sexo el que se aleja, el que te deja atrás, un
ratito, solo unos saltitos en la escalera caracol del tiempo. Alejarme de vos,
de cada cuadra y cada manzana, cada ser humano, las luces de las ventanas y los
corazones descascarados, la chica que me tejió un anillito en el 71, el
tatuador que me hizo el piercing de la nariz, el almacenero que fue papá, el
señor que regala a escondidas plantitas en el jardín botánico.
Volver en unos días, siendo otra,
que llegues justo para verme saltar de la hamaca cuando una flor se abre en la
enredadera del fondo, nunca tan libre, nunca tan cósmica. Y que esperarte sea
como un atardecer, de esos bien rosas, en los que el sol y el mar parecen jugar
al amor, a la alquimia, a la inmensidad. No saber si eso en tu mano es una
lágrima o una gota de rocío, hacerte el amor con los ojos, la mirada limpia, el
corazón claro. Esperarte entre saltitos, bailando, cantando, aunque llueva. Acá
en el tiempo caracol, hay sonrisas que son soles”.
Juvenil, por supuesto, pero así mismo
cargado de frescura, de ese anhelo por vivir, por que las cosas estén bien, el
planeta encuentre una dirección en la que todas las personas puedan desarrollarse,
se fijen en los pequeños detalles que le van dando sentido a la existencia y
por qué no, sean felices. “Helados y fideicomisos” lo ratifica:
“Con los ojos perdidos en la
avenida Santa fe, con la cabeza llena de pájaros y las alpargatas sucias, trato
de rescatar la poesía de mis entrañas, de sacar algún hilo plateado de mis
orejas y convertirlo en letras, en el reverso del boleto de colectivo. Pero del
asiento contiguo a toda mi utopía me invaden como un taladro, como un
cortocircuito, fideicomisos y construcciones, Puerto Maderos y Recoletas,
cheques, efectivo, miles y millones como si habláramos del pan de cada día.
¿Por qué no dejamos que se nos llene la cabeza de susurros y pajaritos?
Y ni siquiera quiero escribir
sobre esto, quiero escribir sobre mariposas, sobre olor a jazmín, a café, a
pasto recién cortado, sobre terrazas, estrellas, caricias, quiero escribir
sobre vos, yo y los helados. Tus ojos y mis manos, tu sonrisa y la mía.
Quiero escribir sobre ese tren y
el atardecer en tus ojos, quiero escribir sobre otros trenes. Sobre el señor de
traje y corbata leyendo Bukowski apoyado en la puerta, sobre la risa de niño
que se me filtra entre Calamaro y Callejeros, sobre el guitarrista del ramal
Retiro-Tigre que me mira y me canta Sabina y entiendo que esa sonrisa puede ser
“mi estación y mi tren”. ¿Y entonces? ¿Por qué se me escapan por los rieles los
versos hacia el horizonte? ¿Por qué mi compañera sigue siendo esta hoja
eternamente en blanco?”.
Leo “Pelusas en los ojos”, “Esa
noche”, “Entre Patagonia y Plaza Francia”, “Un final que nunca es cierto”, “Cielos
despintados” y “En busca de la libertad”. Me cuesta trabajo escoger cual es el
que más me gusta. Todos tienen esa misma frescura, son ricos en imágenes, en
sentimiento y tienen oficio. Se ve que los ha trabajado.
—Camila, un placer conocerte. Qué
linda poesía.
—Me alegro que te guste.
—Esto me pone feliz. Quiero ir
encontrando gente como tú. Personas que sean apasionadas y se les vea en
realidad la vocación.


La filmo leyendo algunos de sus
poemas con voz dulce y ese mismo entusiasmo que se transmite en sus escritos.
Nos tomamos algunas fotos. Su novio hace muecas en las que acentúa los pómulos
y abre mucho los ojos, o mira de forma suspicaz, mostrando los dientes y dirigiendo
las pupilas hasta el borde como un personaje de circo. Su saco de mangas
recortadas dice: “Nadie más que uno es su dueño”. Comentamos la afirmación, coincidimos
en su veracidad, la importancia de hacerla valer, y le pregunto a Camila en qué
parte de la ciudad le gustaría que le tomara unas fotos.
Salimos del café y bajamos hasta
la bahía. El mar luce más azuloso que en la mañana. La torre de la iglesia y
las construcciones de colores contrastan con la blancura de la nieve que se
empieza a derretir. Camila enciende un cigarrillo, se apoya en la baranda y le
tomo algunas fotos contra el barco encallado. Sale sonriendo, con la
espontaneidad con la que se aproxima a la vida. Su chaqueta holgada y pantalón
de sudadera desgastado terminan de caracterizar su personalidad. Tomamos una de
los tres y decidimos escapar del frío. Nos damos un abrazo y los veo partir
calle abajo.
Doy una vuelta por el puerto, vuelvo
al albergue, la busco por Internet y llego a su blog “Redemption songs”. El perfil
dice: “Quiero abandonar la habitación de los espejos, alejarme de las mariposas
clavadas con alfileres, regalarle nuestros zapatos al primero que pase y correr
descalzos por la constelación más cercana, escapando del amanecer incipiente.
Irnos a vivir a Paris, leerte Cortázar mientras tocas el piano, dormir cada
noche consciente de la fugacidad de nuestra estrella. Quiero tatuarme un “Carpe
Diem” en las muñecas, sonriendo al saber que no hay sistema que resista al
contacto con tu piel”.


Me preparo un sándwich de jamón y
queso, envío algunos mensajes en los que le agradezco a Julio Leite por darme
el correo de Alejandro Pinto, e insisto con Anahí Lazzaroni. Vuelvo a decirle
que Viviana Abnur me dio su correo. Le explico el proyecto y le pregunto si me
podría poner en contacto con algún poeta inédito de la región. Trabajo en el
comedor hasta que José Antonio Mena llega con Bernardo y volvemos a leer
algunos de sus poemas entre los que se destaca “La pesca defectuosa”.
“Hace poco quise probar suerte
pescando,
Supongo que un melancólico no
puede sino buscar un momento para la paciencia,
Un tiempo para abrazar el tiempo,
Para abrazar a ese sí mismo que
se fuga.
Quise pescar desde la orilla de
un lago,
Para eso obtuve un anzuelo y lo
necesario.
Supuse que el simple nylon y el
simple tarro
Harían de mí una persona más
simple;
Sencillez y algunas risas simples
manarían naturales de mí
Como naturales vendrían los peces
hacia mi artificio.
Me dije que querer pescar así,
Como un melancólico sencillo en
la orilla de un lago,
No podía ser una afrenta contra
la Naturaleza, mi vieja amada,
Sino un suave coqueteo,
Nada más que un roce inocente con
la necesidad humana,
Un pequeño rasguño en mi cordón
umbilical
Que al fin pasaría desapercibido
por Ella.
Sería entonces un viajero cuya
olla deleitaría a otros viajeros
Con los sabores del lago,
Le daría un descanso al viejo
kilo de arroz.
Sería un individuo mejor adaptado
y suficiente,
Capaz de ir a la Naturaleza y
volver con la frente sin mancha
Y el estómago lleno.
Sin embargo,
Tras unos pocos, terribles
intentos
Y la demostración de una técnica
nefasta,
Renuncié a mis ambiciones
Y resigné este idilio que se hubo
instalado en mi imaginario
Con toda la comodidad.
El proyecto fue desechado
formalmente
Tras el certero golpe que me
propinó en la frente
Un anzuelo coludido con mi
destino.
Entonces tuve hambre.
Tuve una mancha de sangre en la
frente.
Tuve a mi viejo kilo de arroz.
Hace poco quise probar suerte con
las mujeres,
Desde la orilla de otro tipo de
lago,
Y como un melancólico sencillo en
la orilla de otro tipo de lago,
El poema de rigor es el mismo:
Tuve hambre.
Tuve una mancha de sangre en la
frente.
Tuve a mi viejo kilo de arroz”.
El comedor se llena y las voces
escandalosas de unos italianos nos hacen subir a su cuarto. Le hago una pequeña
entrevista en la que le pregunto qué opina del proyecto, y lee ante la cámara
“La alegría que pasa”.
—Jóvenes como tú y como la chica
que conocí hoy podrían llegar a ser grandes poetas.
—¿En serio lo crees?
—Claro, si se dedican durante
años y van puliendo su estilo. Lo que pasa con muchos de los buenos talentos es
que van perdiendo el entusiasmo, dejan de escribir y terminan siendo personas
que solo escribieron en su adolescencia.

Nos damos un abrazo,
intercambiamos correos y vuelvo al comedor en donde trabajo hasta que
Alejandro, un barcelonés al que oí tocar flamenco en una guitarra, llega con su
aire malhumorado a decirnos que son las doce.
—Se inició la hora de silencio.
Estira su brazo y apaga la
televisión empotrada en la pared, sin que le importe que unas suizas están
terminando de ver “Pulp Fiction”. Dibuja una mirada penetrante, evade la
nuestra y apaga la luz. Cierro el computador y vuelvo al dormitorio a iniciar
el proceso tedioso de abrir el candado del casillero, sacar la maleta, abrirla,
buscar el bóxer que uso de pijama, el cepillo de dientes, volver a guardar la
maleta, bajar y cepillarme, subir, empijamarme, volver a sacar la maleta,
guardar mi ropa en ella y cerrar el casillero. La maniobra que en la vida
normal puede llevar unos tres minutos se multiplica por cinco. Lo peor de todo
es la sensación de inseguridad que me invade al pensar que puedo dejar algo
olvidado en algún lugar público del albergue y pase al dominio de alguien
automáticamente, sobre todo cuando se trata de los elementos de trabajo como el
computador o la cámara fotográfica. No es como si los olvidara en la sala o
comedor de la casa y pudiera buscarlos después.
El malevo de mirada triste desempolva
su gabán y se lo pone sin mirarme. Alejandro entra al cuarto y habla algunas
cosas con él. Se hace evidente que el hombre también trabaja en el albergue y
tiene el turno de la noche. Sale con ese aire lóbrego que carga. Alejandro abre
su casillero. Empieza a botar sus pertenencias al piso sin que le importe que el
ruido pueda despertar a la brasilera. Pavonea su figura estilizada hasta su
catre y vuelve con ese aire presumido que le da su piel morena, la barba de
tres días, los ojos negros y esa postura fatalista que llevan los cantaores de
flamenco. Quito el cubrecama y me encuentro con su mirada enjuiciadora.
—¿Pasa algo? —Pregunto.
Ablanda el gesto.
—No, no, nada.
Voltea la cara, toma una toalla y
sale del dormitorio. Acomodo la cabeza en la almohada y pienso en los dos
poetas que he descubierto. Su poesía por lo menos será un poco más difundida.
De eso se trata el proyecto. Darles un poco más de reconocimiento y realce a
los poetas, a sus poemas y a la poesía.

Alejandro entra al dormitorio y
me despierta. Se quita la toalla, se pone una “corta vientos” negra, una
chaqueta y sale. Vuelvo a dormirme hasta que el ruido de una bolsa me despierta
y los rayos del sol penetran mis ojos. La brasilera termina de empacar su mochila,
revisa que no se le quede nada, la sube a los hombros, me dice que regresa a
São Paulo y sale. Vuelvo a pasar por todo el proceso de alistarme, corto las
frutas y desayuno. En el correo encuentro que Anahí respondió y me dice que
vaya a su casa el lunes por la mañana. Alejandro Pinto también respondió.
Indica que lo llame una vez llegue a Río Grande. Los contactos que me han dado
Fredy Yezzed, Viviana Abnur, Lucía Montero y Nidia Fontán, me están sirviendo
para ubicar a los poetas más importantes de la Patagonia y el resto de la
Argentina. Lo que queda del día se me va en el trabajo arduo de responder
mensajes, escribir correos, actualizar la página de Facebook, subir fotos al
Flickr, ponerles un título y una descripción, cocinar y adelantar un poco más
el cuaderno de viaje.

Al final de la tarde el malevo de
cara triste vuelve a entrar al dormitorio, sigue derecho sin saludar, le pone
el spray a su gabán y abro la ventana. Dobla la ropa como el día anterior y se
acuesta. Alejandro entra con ese mismo aire en el que pareciera estar caminando
en la arena de una plaza de toros y miles de personas lo admiraran.
—¿Hay algún bar al que pueda ir? Estoy
aburrido.
—Puedes ir a Dublín, el pub
irlandés —responde sin mirarme.
Trabajo hasta la media noche,
guardo el computador en el casillero, me pongo la chaqueta y salgo al frío.
Camino por Gobernador Paz hasta 9 de julio y bajo a media cuadra. La
aglomeración de gente, el ambiente plano y el escándalo que hace una americana
de labios pintados al contarle no sé qué cuento a sus amigos, me sacan
corriendo. Subo a Gobernador Paz y entro al Viejo Bar. Hay algunos borrachos
que hablan a los gritos en la barra y algunas personas en las mesas. Pido una
Quilmes y la bebo en la baranda de afuera. Detallo a la gente que pasa con sus
autos engallados y los equipos de sonido a todo volumen. Jóvenes, en la mayoría
de los casos, suben o bajan de Dublín. Una pareja se pelea justo enfrente de la
esquina y la chica sale corriendo calle arriba con aquella sensación de herida
mortal visible en sus movimientos acelerados, esa necesitad de alejarse de la
vivencia desgarradora lo más rápido posible. El hombre vuelve al pub.

Termino mi cerveza y vuelvo al hostal.
Marlene, una suiza, está chateando en su Black Berry en la cama superior de mi
catre. La saludo, paso por el proceso de alistarme y apagamos la luz. El sonido
de las teclas me impide dormir. Se silencia y por fin puedo pensar en conciliar
el sueño. Un mensaje sonoro me regresa a la realidad.
—Podrías dejar de enviar
mensajes, por favor. El ruido no me deja dormir.
Intento dormir. Un ronquido me lo
impide justo a punto de lograrlo. ¡No te lo puedo creer! Golpeo sus tablas con
mis nudillos. Los ronquidos cesan hasta que vuelven a comenzar. Golpeo de nuevo.
Deja de roncar hasta que vuelve a hacerlo. Maldigo. Bajo al baño y tomo un vaso
de agua. El reloj marca las dos y media. Me pongo la almohada en la cara y
logro dormir hasta que el rechinar de sus dientes me despierta. Su bruxismo es exagerado.
Me destiempla cada vez que aprieta los molares y se genera ese horrible sonido.
Me volteo para un lado. Me duermo de puro agotamiento hasta que un tiempo
después me despierta ese nuevo rechinar que electrifica mi piel. Hacia las cuatro
de la mañana es Alejandro el que me despierta al entrar al cuarto y empezar a
botar cosas al piso.
—Podrías dejar de hacer eso.
A las diez me levanto, desayuno y
trabajo durante el día en espera de la final que la selección Colombia juvenil
va a jugar en contra de Paraguay por el campeonato suramericano de fútbol. La
transmisión se inicia y comento las primeras jugadas del partido con “El
Parce”, un ecuatoriano de mamá colombiana, que es artesano y está alojado en el
hostal con su novia francesa. Celebramos a rabiar el gol de Juan Fernando
Quintero. Manuel, un porteño que vive en Río Grande, me ayuda a hacerle fuerza
a Colombia, aunque está más interesado en una revista que ojea. Para el segundo
tiempo “El parce” se desaparece y me quedo viendo el partido junto a un par de
ingleses, un alemán y otro argentino. Me miran con extrañeza cada vez que me
exalto con una jugada de Colombia o sufro con un ataque paraguayo. El empate
les daría el título. Por suerte la tricolor parece estar jugando bien y en un
tiro de esquina, Jherson Vergara remata y mete el segundo. Esta vez lo celebro
apretando los puños. Manuel me da un golpe en la espalda.
—Ya está.
—No, todavía falta mucho. El dos
a cero es el marcador más inestable del fútbol —comento.
—No, ya está.
—Paraguay mete un gol y empezamos
a comernos los dedos a mordiscos —insisto.
Sonríe de forma socarrona, como
si en realidad quisiera que eso pasara para ver mi reacción. Los argentinos
tienen sentimientos encontrados con este suramericano. Lo organizaron, pero su
equipo ni siquiera se clasificó a las finales.
Colombia tiene un par de opciones
que no aprovecha para ampliar el marcador y un gol de Paraguay llega en las
postrimerías. La angustia acompaña mi corazón palpitante en esos minutos eternos
en los que Paraguay asedia en busca del empate. Por fortuna el árbitro decreta
el final del partido y celebro el primer campeonato que gana cualquier
selección de fútbol colombiana que no haya sido jugado allá.

—Hay que festejar —le digo a Manuel.
—Vamos.
—¿Alguien más quiere venir?
Un porteño llamado Javier se une
y salimos al frío de la calle. Seguimos a Manuel hasta la entrada de un billar
en el que hay una gigantografía de una mujer en biquini. Un hombre nos enciende
la luz de una mesa y Benjamín ordena las bolas de pool mientras miro a los
jugadores de Colombia saltar y levantar la copa en ESPN.
Un hombre en la mesa de al lado
nos pregunta si puede completar el cuarteto y Manuel y yo les ganamos en diez
minutos, tiempo en el que nos bebemos una cerveza. Pedimos otra y cambiamos los
equipos. Me voy con Javier. Manuel y el otro hombre nos ganan al meter la bola
ocho una jugada antes que nosotros. Un par de prostitutas empiezan a mirar
hacia nuestra mesa, aprovecho la desconcentración de Manuel y liquidamos el
juego en una seguidilla.
La prostituta camina al baño y de
regreso se secretea con Manuel. Es alta y desgarbada. Sus mejores años, si es
que alguna vez existieron, quedaron en el pasado. La otra es de aspecto rollizo,
de cara brillante y poca gracia. Omar, el compañero de Javier, nos invita a una
nueva cerveza y me cuenta que es marinero.
—A mí el dinero no me importa.
Tengo mucho, mucho dinero. Ser marinero me ha llenado los bolsillos —dice en
medio de su borrachera.
Saca una foto de su familia y me
muestra a sus dos hijos. Viven con su mujer en Buenos Aires. Sus manos son
grandes y anchas. Cuadran con su cuerpo inflado por el alcohol y la comida. A
pesar de que tiene unas cicatrices marcadas por el acné, su mirada es
agradable.
Bebemos con un cierto desenfreno
generalizado hasta que vamos metiendo las bolas y Javier y yo terminamos
ganando el partido.
—Me voy a dormir —les digo.
—Esperate, vamos a otro lado.
A pesar de la insistencia de Manuel
vuelvo al hostal y me acuesto con la tranquilidad de saber que la suiza se ha
marchado.
Al día siguiente me levanto con
cierta resaca. Me alisto con calma, respondo correos y me preparo para ir a la
cita con Anahí. Llegada la hora camino por Gobernador Ernesto Campos y timbro
en una casa de techo triangular, fachada amarilla y rejas grises. Anahí abre la
puerta, me saluda con su bastón en la mano y se sienta tras una mesa que da a
un computador. Me mira con atención.

—Tú eres un ser exótico para mí.
Viste, yo no salgo nunca de aquí por mi problema físico.
Me cuenta que nació en La Plata
pero vive en Ushuaia desde los nueve años.
—Para mí leer desde la infancia
fue una forma de viajar.
—Mi papá decía lo mismo.
—Toma mucho tiempo llegar a
escribir bien. Y no solo es leer. Tenés que tener vivencias. Influyen mucho en
cómo escribís.
—Eso mismo le repito yo a las
personas que dicen que hay que leer mil libros antes de ponerse a escribir. Es
más una excusa para no hacerlo. Es mucho más fácil leer que escribir.
Su mamá sale y se interrumpe
nuestra conversación. Es una señora elegante con el pelo recogido y una falda
de sastre que juega con su camisa. Me dan una vuelta por la casa y me muestran
el jardín arbolado.
—Antes teníamos una mesa con unas
sillas, pero los chicos entraron por el muro y se las llevaron. Se llevan
cualquier cosa que dejemos —cuenta.
Debe estar llegando a los ochenta
años. Reflexiono en el estado de indefensión en el que pueden estar Anahí y su
madre, presas fáciles para cualquier adolescente inescrupuloso.
Le tomo una foto a Anahí frente a
su biblioteca, me acurruco para quedar de su altura y tomo otra. Me ofrece una
botella de agua y volvemos a su estudio.
—¿Conoces a algún poeta inédito
de la región?
—No te puedo guiar a ninguno
porque ni siquiera me encuentro con los que publican. Esta ciudad es de
tránsito. Vos aquí tenés amigos pero siempre se están yendo.
—Algo así me pasaba en
Filadelfia.
Hablamos de algunas otras cosas
hasta que me dice que el proyecto le parece un poco extraño en la era del
Internet.
—Ahora cualquiera tiene acceso a
publicar ahí.
—Cierto, aunque no todo el mundo
lee o publica literatura por Internet. Igual busca darle importancia a la
poesía. Es una búsqueda. Creo que debe haber gente por ahí que escribe muy
buena poesía y ni siquiera es consciente. Hay que ver qué sale.
—Y sí. Por ahí vos tenés una idea
y te encontrás con otras cosas. Peores o mejores.
Lo discutimos un rato y me dice
que en Comodoro Rivadavia me contacta con Luciana Mellado, en Bariloche con
Graciela Cros y aquí en Ushuaia con Luis Comis.
—Ya le he escrito, pero no me ha
respondido los mensajes.
Me da un correo diferente al que
tengo, me anota los teléfonos de Nini Bernardello en un papel y me firma los
libros “El poema se va sin saludarnos”, “Bonus track” y “El viento sopla”. Lo
abro y leo “Del otro lado”.
“La mujer que
encontraron muerta en la playa era joven.
El martes y
miércoles cayeron meteoritos detrás del glaciar,
los pobladores
dijeron que llevaban una cola de fuego azul.
Del otro lado de la
ciudad hubo grandes estruendos.
Un pájaro castaño
cruzó un cielo de nubes oscuras.
Por esta calle no
anda ni un alma. Y eso que es viernes.
Paso a otra página y leo “Un día
como otros”.
“Dice
que están por demoler la casa de enfrente,
la de chapas de
color verde agua
con el jardín tan
descuidado que parece abandonado.
Que ayer escuchó en
la calle que ahí construirán un hotel.
En la ciudad los
hoteles brotan como hongos.
¿Y el viento?
El viento sopla”.
La claridad de sus imágenes y la
contundencia con la que termina de redondear sus poemas me produce gran placer.
Sigo con “Altas lluvias en las montañas”.
“Demasiada es el
agua que fluye en las cercanías,
Los caminos han
sido fracturados por el temporal.
Las noticias son
estridentes. Los obreros trabajan.
¿Cuándo será esta
pobre ciudad una ciudad sin urgencias?
Pájaros sobre las
copas de los árboles sin hojas:
Sigue su curso la
vieja madre naturaleza.
Están cargados con esa melancolía
que produce el paso del tiempo, la imposibilidad de cambiar las cosas, detener la
descomposición que trae el desarrollo. “Far
South” termina de confirmarlo.
“Antes el viento
soplaba nada más que en primavera.
Eran tiempos en los
que no abundaba el dinero, ni la traición.
¿Otra ciudad? ¿El
esbozo de la que venía?
¿Quién puede saberlo?
Los cerros no
estaban poblados.
El viento aparecía
en el momento justo”.
Levanto
los ojos y le digo que me parecen hermosos sus poemas. Me dice algo pero la
necesidad de leer más me hace prestarle atención a “La ciudad siempre la
ciudad”.
“Los pájaros vuelan
otra vez sobre la ciudad helada
los meses y las
semanas pasan veloces y crueles.
Ni los viejos
resplandores asoman ya.
¿Hubo gloria antes
de la decadencia?
¿Las aguas son las
mismas aguas?
Aquí todos los
grandes días se escribe una gran historia
de
miseria y vodevil”.

Le firmo una copia de “Poemas a una ciudad, un insecto y una mujer”, nos despedimos y me dirijo al supermercado a comprar algunos víveres. Los dejo en mi casillero y bajo a San Martín. Busco una compañía de teléfono y le compro un pin a mi celular. Me asignan un número, entro a un locutorio en el que también venden aparatos electrónicos y lo cargo con treinta pesos. Me entretengo hablando con el cajero y le cuento acerca del proyecto.
—Che, te tengo un poeta
buenísimo. Nicolás Romano. ¿Lo conoces?
—No.
Saca su celular, lo llama y me lo
pasa. Quedamos en vernos hacia las siete en el albergue. Vuelvo al escritorio
que da contra la bahía y le escribo a Luis Comis. Me responde al poco tiempo y
me dice que pase el miércoles por la oficina de cultura provincial. Trabajo con
la calma que produce el mar frente a la ventana, hasta que el malevo de mirada
triste entra y se para junto a mí. Su nariz es alargada. De cerca sus ojos
lucen vivaces.
—Supe que estás buscando poetas.
Yo escribo. Quiero escribir un poema de una situación particular. Viste, yo soy
marinero —dice al tiempo en que se quita el gabán.
Me cuenta que se llama Andrés Acosta
y trabajaba en un barco en el que iban a pescar hokis. Explica con detalle el
proceso de corte y empaquetamiento al interior del barco.
—Al final, cuando terminábamos,
debía entrar al pozo y patear cadáveres. Pateaba a los pescados que se quedaban
pegados contra la pared. Quiero escribir un poema contando esto y participar en
el concurso que estás haciendo.
Me muestra algunas cosas que ha
escrito, le explico algunas técnicas literarias, dice que lo va a trabajar
durante la noche y mañana me lo muestra. Le pone el spray a su gabán y se
acuesta a dormir.
Nicolás Romano llega puntual.
Salgo y me encuentro con un hombre de pelo y bigote blanco. Un diente de orca
cuelga en su pecho. Su rostro sin afeitar y piel cuarteada da cuenta que ha
vivido bajo las inclemencias del clima. Me dice que vayamos a su casa, entro en
su Fiat y empezamos a subir por unas calles que remontan la montaña.
—Yo escribo cuentos. La alcaldía
se los llevó un día y luego me dijeron que los iban a publicar. Ahora tienen mi
libro como texto en los colegios. Los entendidos dicen que es prosa poética.
—Aparte de la antología de poetas
inéditos que vamos a publicar también se me ha estado ocurriendo publicar una
de poetas editados, de forma que si no entran en una pueden entrar en la otra.
Todavía me falta dilucidar si la prosa poética pertenece al género de la poesía
o la prosa.
Me mira con cierta desilusión. Le
pido que pare en un lugar en el que se aprecia la bahía en su totalidad y nos
bajamos del auto.
—Sería bueno que la vieras cuando
el mar está azul y no gris. Mañana te puedo llevar a otros miradores, si
querés.
—Claro, muchas gracias. Ya llevo
unos días aquí, veo salir y entrar gente que llega de diferentes excursiones y
no he hecho ninguna. ¿Qué quiere decir Ushuaia?
—Bahía grande, bahía generosa,
bahía que mira hacia el poniente en lengua yámana. Esa de allá es la isla
Navarino. —Señala la porción te tierra que se ve al otro lado del canal con los
picos nevados—. Pertenece a Chile. Detrás de ella está el Cabo de Hornos.
Nos tomamos una foto de los dos
en la que aparecen un par de cargueros que dejan contenedores en el puerto. Terminamos
de subir hasta su casa, abre una reja de madera y cuatro perros baten sus
colas.
—La negra es Spaghetty, hija de
una San Bernardo. Su padre era un perro que tuvo una husky siberiana pura con
un ovejero belga —indica—. Mora, es una cruza entre husky siberiana y alaskano.
Esos dos, Cabaza y Buseca, son hijos de Mora. Cabaza era un personaje de una de
las novelas de Jorge Amado. No recuerdo si “Sudor” o “Cacao”. Buseca es el
nombre de un guiso que lleva porotos, chorizo colorado, hueso de pata de vaca y
cebolla. —Se detiene
frente a unas hortalizas y me muestra unos ruibarbos que cultiva—. Se utiliza
solo el tallo. El dulce que sale es un espectáculo.
Atravesamos el jardín y se para
junto a un par de Lupinos de flores amarillas y moradas que se yerguen en
tallos largos junto a la casa de madera. Entramos y me presenta a Patricia, su
esposa. Nos sentamos en la mesa que da contra un vitral, Patricia saca la pava
del fuego y le sirve un mate. Le acepto un vaso de agua. Nicolás me muestra su
libro de cuentos “A palo seco” publicado por Editora Cultural Tierra del Fuego.

—¿Sabes qué quiere decir “a palo
seco”?
—En Colombia es cuando te tomas
un trago sin acompañamiento.
—En el contexto marino es cuando son
arriadas las velas, pues de otra forma te puede dar vuelta un “pesto”. En el
desarrollo de algunos de mis cuentos siempre está un poco presente esto. El
arriar las velas de la mente y navegar a puro corazón.
Abre el libro y empieza a leer “Pisotón”
con una voz sonora y musical.
“Pisotón o pata e´cricket lo llamaban,
por esos pies enormes o quizás por esa forma suya de pisar la vida o de andarla
así, a los manotones, a puro pecho y hombro a puro todo o nada. Parece que se
fueran a dormir las brasas en el medio tacho. San Juan, el estiba más antiguo,
va deshilachando la historia de cuando peleó solo, con otros tres viejos, en el
turbal de Ensenada, y así estuvo, meta combo, hasta perder porque se quedó
dormido según cuenta…
(…)
…Pisotón dio la última pisada.
Es una muerte blanca, como la
harina blanca, como la escarcha que en esas noches largas a veces se le
entraba; porque está blanco de nieve el muelle, toda Ushuaia está blanca.
El destino con su alquimia, amasó
una muerte extraña, harina de cuatro ceros, con sangre de estiba, de puro pecho
y hombro, de puro todo o nada”.
—Dejame te leo este, “Betanzo”,
es la llegada a caballo de un chilote a Ushuaia. Luego me lee “Las llaves del
cielo”, la historia verídica de un preso de los años treinta.
—Tus textos son muy ricos y
poéticos, pero en realidad es prosa.
—¿En serio, che?
—Sí, eso te abre la puerta para
poder participar en el concurso. ¿Tienes poemas escritos?
—Muy pocos.
—Muéstramelos.
Abre el computador personal, se
acomoda las gafas, arquea las cejas y me lee “Tatuada en la bruma”.
“Es un vapor de
hojas el ocre del camino,
transparencia
calcada de algún sueño.
Se quedó dormida,
Ushuaia, dormida y no despierta,
está de a rayas,
con traje de recuerdo.
Ni un vestigio la
cura por el rastro.
Parece un barco
encallado muy adentro.
Está de borra,
Ushuaia, en las miradas,
como un papel
carbónico del tiempo.
Así como Anahí, muestra el dolor
que le causa el paso del tiempo, la forma en que todo cambia.
—Me gusta, me gusta mucho.
Sonríe.
—Este se llama “Carbónicos De
Abril”.
“...los tiraban en los vuelos de
la muerte
El otoño se está
cayendo rojo, de las lengas,
como chispas, se
apagan en la nieve blanca.
Llueve abril en el
mar, amor, se trillan los reflejos,
hay miradas que
suben desde el agua,
se me trepan a los
ojos y se asoman…
Ellos miran
conmigo,
yo miro, mirar, con
ellos”.
—Muy sonoro. Tiene unas
lindísimas imágenes.
—Este, “Carlos Fuentealba”, lo
escribí en honor a un docente y activista sindical argentino asesinado por la policía
durante un operativo que buscaba impedir un corte de ruta en Neuquén:
“Carlos Fuentealba,
y otra vez la Patria fusilada.
Teresa, Víctor, los
catorce mineros en el Turbio,
los catorce mineros en el
pecho,
que nos duele,
Carlos, que nos duele,
“compañero del alma, tan
temprano”*.
Tan al alba,
Carlos, para siempre,
tan con nosotros, Carlos,
compañero.
Hasta un nuevo
alba, con tu fuente.
Hasta la victoria, siempre,
compañero.
*Miguel Hernández”.
Me lee otros poemas-canciones
llamados “Entonces Patria”, “La Patagonia” y “Este Sur” que también tienen un
alto contenido social y me cuenta que nació en Barracas, Buenos Aires, pero que
hace treinta años vive en Ushuaia en donde ha realizado numerosos trabajos y
oficios como marinero en el canal Beagle, estibador del puerto y baqueano del
parque nacional Tierra del Fuego.
—También trabajé de vendedor ambulante
vendiendo café temprano a los fogones de los obradores. Eran otras épocas. Mirá
un poco el aire de cambio que sopla por estos lares. Ya no se ven más las
goletas o los “cutters”. Bueno, eso ha pasado en el resto del mundo —reflexiona—.
Tampoco llega el último de los más viejos barcos, el Bahía Buen Suceso. No lo
alcancé a conocer, pues llegué a vivir a Ushuia al año siguiente de la guerra
de Malvinas. Fue hundido allá. El Bahía Buen Suceso durante larguísimos años
aprovisionó a Ushuia con todo tipo de mercaderías. Era muy esperado por la
población pues traía carne y verduras, —explica—. En ese barco llegaba antiguamente
el carbón a granel. Eso quiere decir que había que descargarlo “al paleo”. También
ha cambiado el sistema de carga y descarga de las bolsas de papas, de cemento,
de harina, que llegaban y había que descargarlas a mano, “bolsa a bolsa”, ahora
llegan “paletizadas”, en un especie de pack recubierto con plástico con un
“plato” propio. El estibador solo engancha y desengancha. Por otro lado ha
desaparecido el viejo muelle, de madera dura, hecho con gigantescos durmientes
de quebracho colorado, lapacho, viraró, an-chico, todas maderas duras traídas
del norte que aguantaban el pechazo de los barcos. Ahora el muelle es de concreto
y ha extendido su largo, dando cabida a los enormes transatlánticos que llegan
cargados de turistas. Fíjate que el puerto está metido en el centro, de forma que
el turista baja del barco y casi directamente entra en un restaurante. Esta es
una característica de Ushuaia. Hablar de buques carboneros me hizo recordar la
letra de aquél tango, “Nieblas del riachuelo”. ¿Lo has oído?
—No.
—“Turbio fondeadero donde van a
recalar, / barcos que en el muelle para siempre han de quedar... / Sombras que
se alargan en la noche del dolor; / náufragos del mundo que han perdido el
corazón... / Puentes y cordajes donde el viento viene a aullar, / barcos
carboneros que jamás han de zarpar... / Torvo cementerio de las naves que al
morir, / sueñan sin embargo que hacia el mar han de partir...”.
—Hay un periodista de Colombia
entrevistando a Nicolás —dice Patricia por celular, —sí, ven, ya vamos a cenar.
—Nicolás, ¿conoces a otros poetas
fueguinos?
—A Julio el “Mochi” Leite, en Río
Grande.
—Ya me contacté con él. Está de
viaje en la Patagonia. Me dio el contacto de Alejandro Pinto.
—Es una promesa literaria ese chico. Mirá, ganó
el segundo puesto en el concurso literario provincial de 2011 y le publicaron
este cuento “Kreech Chinen” en el libro “Antología de cuentos fueguinos”, en el
que yo gané el primer puesto con “El encuentro”—. Me muestra el libro y me lee
el cuento de Alejandro—. Dile que te presente a una chica… Ahora no me acuerdo
su nombre. Es otra promesa literaria. Perdió a su hermano en un accidente…
¿Aquí ya hablaste con Luis Comis?
—El miércoles me entrevisto con
él.
Una joven de pelo largo y liso
entra a casa y nos lanza una mirada tímida. Viste unos “chicles” negros
forrados a sus piernas, una blusa clara y una bufanda lila. Se la quita y
Nicolás comenta con ella que aún le duelen las piernas por haber escalado hasta
la laguna Margot la tarde anterior, aunque le sorprende que haya podido hacerlo
a pesar de sus rodillas. Al parecer los agarró una lluvia helada en la cima de
la montaña
Ella le comenta que ahora más
tarde se va a ir a encontrar con una amiga a Dublín. Nico busca el cuento “Harto
corazón a puro remo” y me lo lee mientras Patricia y la joven se fuman un
cigarrillo junto a la ventana de la cocina.
—Nico, desocúpame la mesa. La
torta ya va a estar —indica Patricia.
La joven mira de cuando en cuando
en nuestra dirección. Sopla el humo del cigarrillo y aleja la mirada aunque no
se atreve a venir a saludar.


Nicolás retira los libros de la
mesa, Patricia saca la torta de espinaca y la pone en la mesa. Se sienta y me
sirve un pedazo humeante en el plato.
—Carla, ven y siéntate con
nosotros —le dice Patricia.
—No, no, coman ustedes.
—Eduardo es colombiano —Carla se
acerca un poco—. Es un escritor. Va a ir buscando poetas desde aquí hasta
Venezuela —añade Nicolás.
—Pensé que era periodista. Por
eso no quería interrumpir.
Patricia le sirve un pedazo de
torta. De cerca puedo detallar su sonrisa de labios rosáceos, la leve abertura
que forman sus dientes frontales y esa mirada de ojos negros que juega tan bien
con su piel tostada. Ella y Nico comentan la forma en que llegaron con las
manos y pies congelados de la montaña.
—Carla es amiga de Andrés,
nuestro primer hijo. Tiene veintiocho años. Está en Buenos Aires. Nuestros
otros dos hijos son Tomás y Federico de veinticuatro y veintidós.
Terminamos de comer y Carla y
Patricia levantan la mesa.
—Carla es quien te podría
acompañar a una excursión por la montaña —dice Nicolás en un susurro.
Ella vuelve a la mesa y Nicolás
trae los libros “De límites y militancias”, “Aceite Humano” y “Piedrapalabra” de
Julio Leite. Nos lee “Matemática de las manzanas”, “Cordillera Fueguina”, “De
límites y militancias” y “Yo Mesa”.
“En ésta,
mi memoria de árbol,
a pesar de la tortura
de la sierra
y del darme cuenta
que al caer
el cielo se me iba
para siempre,
me han quedado
ráfagas de nidos,
chisporroteos, digo,
que confundo
con viruta y
garlopa
—lágrimas de madera—.
Pues bien,
ahora mi altura
se dispersa
en esta sala
de frondosas copas
que se posan
sobre la llanura
redonda de mi tabla.
He aguantado también
como mesa digna
el sueño delgado,
el sueño fértil
como vega,
sutil
de tanta rabia y amor
gatuno de acechanza.
Yo mesa,
madera
elaborada,
antes árbol,
he aguantado
el diluvio del amor;
soy el Caleuche
y tengo ojos,
astillitas que miran,
y tengo niños
que aún se encaraman
por mis ramas,
poetas, músicos, chamanes,
pájaros tengo
que me habitan
y en mi casa,
en la casa del Carlos,
soy mesa, soy árbol
y vuelvo a tener cielos”.
—Si no estoy mal este lo escribió
un día que estaba con otro poeta y el otro poeta le dijo que no era capaz de
escribir algo ahí mismo. ¿Qué tal les parece?
—Muy ingenioso. Es muy difícil
escribir un poema así, de la nada.
Carla concuerda.
Nicolás se para un momento y
Carla me pregunta si he salido a algún lado.
—Estuve un minuto en el pub
irlandés, pero estaba tan lleno que salí corriendo. Aparte estoy muy
concentrado en mi proyecto. Me aburre salir solo. Otra cosa es que fuera contigo
o con alguien del lugar. Eso sería más interesante.
—Vamos, si quieres —dice en voz
baja—. Yo voy a ir a encontrarme con una amiga que está peleando con su novio.
—Dale.
Nicolás y Patricia nos escuchan,
pero se hacen los desentendidos. Hablamos algunas otras cosas hasta que tomamos
un par de fotos de los cuatro en las que Nicolás sale sentado con su diente de orca
en primer plano, Patricia detrás de él con las manos sobre sus hombros, Carla, a
mi lado, muestra el rombo que se forma alrededor de su sonrisa y yo mis ojeras
acentuadas.
Carla y yo volvemos a quedar
solos en la mesa. Me dice que está estudiando danza y le encantan las lenguas.
Hablamos algunas cosas en francés.
—Nico, bajá a los chicos al
centro.
—No, no, bajamos caminando —dice
Carla.
—Nico los baja —insiste Patricia.
Nico me regala una copia de “A
palo seco” y una de la “Antología de cuentos fueguinos”, nos despedimos de Patricia,
salimos al aire fresco y caminamos por el jardín. Spaghetty, Mora, Cabaza y Buseca
nos siguen junto al lindero arbolado. Unas flores blancas con pistilo amarillo
despiden un perfume dulce.
—Qué lindo huelen estas
madreselvas —Carla respira sobre ellas.
—Es la flor del tango “Madreselva”
—dice Nicolás—. Lo compuso Luis Cesar Amadori y le puso la música Franciso Canaro
en 1931. “Vieja pared / del arrabal, / tu sombra fue / mi compañera. / De mi
niñez / sin esplendor / la amiga fue / tu madreselva. / Cuando temblando / mi
amor primero / con esperanzas / besaba mi alma, / yo junto a vos, /pura y
feliz, / cantaba así / mi primera confesión…”.
Nicolás nos baja en su Fiat y nos
deja en la calle San Martín. Subimos al hostal y saco un par de copias de
“Poemas a una ciudad, un insecto y una mujer”. Le regalo una a Carla y le pido
que le entregue la otra a Nicolás junto con una copia de “Unos duermen, otros
no”.
Manuel está por ahí. Mira a Carla
y me pregunta si me voy “de joda” con ellos.
—Hoy no —respondo.
—Bueno…
Acompaño a Carla a un cajero y
subimos hasta Dublín. El bar está un poco menos lleno que la vez anterior.
Ubicamos una mesa deshabitada en uno de los rincones y nos sentamos. Pedimos un
par de cervezas y Carla se adelanta a pagar.
—Yo invito a la siguiente —le
advierto—. ¿Y tú amiga?
—No me ha llamado. Tiene una
relación muy conflictiva con su novio. Pelean todo el tiempo. Es probable que
se hayan perdonado.
Tenerla así, cerca, respirando su
aliento cálido, escuchando ese acento particular que a veces me suena argentino
y otras chileno, me lleva a un universo sensorial en el que paso la punta de
mis dedos por el borde de sus orejas, su cien, el relieve suave de su rostro,
la miro a los ojos y me siento experimentando una realidad alterna, una muy
distinta a la del Refugio del Mochilero, en donde estaría trabajando en frente
del computador, enviando mensajes y escribiendo el cuaderno de viaje de no
haberla conocido.
—Qué lindo estar aquí contigo —confieso.
—Eso digo yo.
—Vous êtes très belle.
—Toi aussi.
—Vous avais un très
belle sourire. Un sourire de diamant.
—Merci beaucoup.
Sus labios cálidos, la fruta de
su boca, tan delicada, pero a su vez tan salvaje, me recibe con una caricia
tierna que desnudo en besos exploratorios. Nos abrazamos, nos besamos y nos
vamos terminando las cervezas en una especie de delirio en el que el mundo
entero se ha hecho inexistente. El tiempo incluso ha cambiado su curso. El
reloj ahora camina más rápido, quema los segundos en la oscuridad. Los besos
suaves, con caricias de lengua que recorren los vértices de unos labios de
carne roja son mensajeros alados, pájaros que vuelan de mi boca a la suya y
luego regresan.
—Increíble como las
circunstancias pueden cambiar de un momento a otro, ¿no?
—Sí.
—Es lo lindo de la vida. Trae
muchas sorpresas. Hay que estar abierto a ellas.
—Besas de forma muy dulce —responde.
Bajo la mano por su espalda desnuda.
Introduzco mis dedos y bordeo el pantalón sobre sus nalgas.
—No hagas eso —susurra por encima
de “Moment of surrender” de U2—. Aquí me conocen.
—Sería delicioso estar solo
contigo, sin nadie más alrededor.
—Sí, sería lindo.
—Vamos.
—No tenemos a donde ir.
—Si quisiéramos ir a algún lado
podríamos.
—No dije nada en casa.
Miro sus ojos negros. De ese
azabache tan intenso que le da a su mirada profundidad. Pido otra cerveza y me
la voy bajando en tragos largos que seguimos alternando con besos. La bebo y salimos
del bar.
—¿Entonces? ¿Vamos a ir a estar
solos?
—Sería una linda forma de
terminar la noche.
—Vamos —vuelvo a plantear.
—No dije nada en casa.
—¿Pasamos la noche mañana?
—Eso puede ser.
—¿Puede ser?
—Mañana digo que no llego.
—Bueno, entonces me salgo del
dormitorio y alquilo un cuarto para los dos.
Subimos por Juana Fadul y me
cuenta que sus papás vendieron la casa en Ushuaia y se fueron a vivir a Salta.
Por eso se está quedando en donde Nicolás.
—Eso me tiene muy desubicada.
—Claro, perdiste el centro de tu
universo.
—Tengo rabia con mis papás por
haberla vendido. No
me interesa ir a Salta.
—Allá no tienes ninguna atadura.
Todas están acá.
Llegamos hasta Magallanes y
volvemos a abrazarnos.
—Qué lindo sería pasar la noche
juntos —dice.
—Pensé que ya lo habíamos
descartado.
Sonríe.
—Eres radical —comenta.
—Tomo decisiones —me justifico.
Nos damos un beso y la veo
caminar por una calle que sube la montaña. El viento sopla. Ese viento del que
Anahí habla y acaricia las calles o más bien las cubre bajo el cielo estrellado
en el que el universo parece extraviarse en su propia infinitud. Respiro el
aire puro, tan fresco, como un regalo de la propia naturaleza, mi boca llena de
Carla, mis ojos tan llenos de ella, su esencia suave, la dulzura de sus besos,
aquellas miradas en las que me encuentro y me pierdo. Bajó por 25 de mayo y
golpeo en la puerta del Refugio del Mochilero. Andrés me abre con su cara
sombría y vuelve a la pantalla de su computador iluminada en medio de la oscuridad.
Supongo que trabaja en el poema. Vuelvo al dormitorio y paso por el proceso
complicado de alistarme a oscuras. Me ayudo con la luz del celular, me acuesto,
pienso una vez más en ese universo estrellado en el que todo se pierde y me
quedo dormido.
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Comments
Asi que lo que veo aca me re motiva
que zona me recomendarías como para buscar hoteles en ushuaia?