Crónica – Camino al volcán Izalco, Parte I – Por: Eduardo Bechara Navratilova


El sol resplandece en el cielo claro llenando de color al volcán San Salvador y los barrios de casas apeñuscadas que ascienden por la ladera de la montaña. A diferencia de ayer, parece el día perfecto para escalar el volcán Izalco. Mi reloj marca las 9:30 a.m., el tiempo justo si quiero tomar la carretera hasta el complejo de los volcanes y ascender a Cerro Verde.
Me alejo de la ventana y me pongo los tenis. Mamá anda dentro de las sábanas de lino leyendo la copia de “Creaturas del Mandala” que Eduardo Bechara Baracat les regaló a mis papás con una dedicatoria en la que dice que quiere: “estrecharlos en un gran abrazo y decirles que también quisiera ser su hijo”.
Papá está en el baño cepillándose los dientes. Sale y mira su reloj. —¿A qué horas debes estar allá?
—A las once.
—Sal ya si quieres alcanzar a llegar —dice abriendo los ojos.
—Ya me voy —respondo terminando de poner el antisolar en mi cara. Tomo las llaves del carro con el llavero de AVIS, introduzco la billetera en el bolsillo trasero de mi pantalón y meto la pila recargada en mi cámara.
—Tal vez deberías dejarlo para mañana —añade recostando sus muletas contra la esquina. Se sienta en la cama y toma aire—. Se te hizo tarde, déjalo para mañana —insiste plegando los labios—. Lo peor que puedes hacer es ponerte a correr como un loco.
—Si salgo ya alcanzo a llegar —. Me acercó a él, bajo la cabeza y me da un beso en la frente.
—Déjalo para mañana —repite mostrándome sus ojos—, tu mamá y yo vamos a quedar preocupados.
—El día está perfecto, mañana tal vez vuelva a llover —respondo dándole un beso a mamá.
—Tu papá tiene razón. Se te hizo tarde. Mañana puedes ir con calma —dice pasando una hoja del libro—. Oye, en este último cuento “Un abrazo a mi reflejo”, ¿qué terminó de pasar al fin con Valerie Rosemain?
—El último contacto que Eduardo tuvo con ella fue en ese mensaje que Valerie le envió en 2005 desde París contándole que le habían diagnosticado un tumor en la cabeza. Yo le escribí un mensaje a petición de Eduardo desde Itacaré, diciéndole que era el verdadero autor de “La novia del torero”. Se lo envié a su correo de Hotmail y rebotó —digo doblando el mapa de El Salvador que me voy a llevar—. Le pedí otro correo a Eduardo y él me dio uno de Yahoo. Lo envié y rebotó. Le dije: “Edu, no tienes otro”, lo busco y me dio un tercero de Wanadoo France. Lo envié y rebotó. Buscamos a Valerie en Google y Facebook y no apareció por ningún lado. Eso está en “Encuentro con mi otro yo”, la memoria que escribí de nuestro encuentro. Cuando salga lo podrás leer.


—Bueno, si te vas a ir vete ya. No pierdas más tiempo —dice papá acomodando una almohada de plumas contra el espaldar de la cama.
—Es decir que Valerie murió —insiste mamá quitándose sus gafas de leer.
—No lo podemos asegurar aunque igual le hicimos el duelo —respondo desde la puerta.
—Déjalo irse que no va a llegar y después se va manejando como un loco —añade papá tomando en sus manos “El sueño del celta”, la última novela de Mario Vargas Llosa—. ¡Vete despacio!
—Eso no te lo puedo prometer —respondo cerrando la puerta.
Bajo por el ascensor, cruzo el lobby del Courtyard Marriot en donde está Andrea, la recepcionista, y le digo que voy a ir a hacer la escalada. Mira el reloj y levanta sus ojos achinados. —¡Vas tarde! —me dice pronunciando el movimiento en sus labios carnudos.
—Ya sé —respondo.
Levanta sus cejas pobladas y se despide agitando la mano.
Termino de cruzar el lobby enchapado en mármol y salgo al calor del día. Los rayos del sol calientan al asfalto como una plancha hirviente con todo y que es invierno. El interior del carro está insoportable. Me pongo las gafas oscuras, prendo el aire acondicionado al máximo y hecho reversa. Salgo bordeando la glorieta. Del otro lado del hotel está el centro comercial La Gran Vía y su pasadizo adoquinado en el que abren sus puertas almacenes y restaurantes de cadenas americanas, junto a grandes salas de teatro Cinemark. El árbol de navidad parecido al del Rockefeller Center en Manhattan, exhibe sus bombillos frente a una fuente y un par de trenes a escala en los que algunos niños dan un paseo en compañía de sus papás. Otros juegan dentro de bolas de plástico gigantes que un empleado infla y pone a flotar sobre el agua de una pileta. Uno de ellos corre adentro de la bola como si fuera un hámster en un cilindro de laboratorio. Una adolescente de trenzas se lanza de una tirolesa y otro par de jóvenes suben un muro de escalar.


Dejo atrás lo que me he dado en llamar “Little America”, y entro al verdadero país de El Salvador, el de los conductores que te tiran el carro encima, los vehículos que dejan fumarolas a su paso, las camionetas que transportan personas paradas en sus platones, buses destartalados de los que cuelga la gente de las puertas ante la mirada tranquila de los policías, y peor que eso, el de las Maras salvatruchas, las pandillas criminales originadas en los Estados Unidos que han asolado al país en los últimos años.
Pongo la estación de radio que pasa música electrónica las veinticuatro horas del día y salgo a la carretera CA-8 que lleva a Sonsonate y termina en el puerto de Acajutla en el océano Pacífico. Acelero ante los acodes electrónicos de “Haunted” de Paul Van Dyk. El ritmo repetitivo crea una sensación infinita en la que me pierdo pasando tractomulas y buses en un paraje boscoso. Un par de kilómetros después me frena un atasco frente a casas apiñadas de latón y teja. Miro el reloj. 9: 45 a.m.
¡Maldita sea! La entrada a Santa Tecla está obstruida por buses y camiones que aceleran y frenan entorpeciendo el tráfico. En una lentitud tortuosa voy dejando atrás el barrio de invasión que bordea al pueblo de casas con tejas de barro al estilo español. Algunos ‘malandros’ de pecho ancho luciendo los brazos y caras tatuadas, pasan caminando por entre el tráfico con actitud arrabalera. Pienso en que pueden ser integrantes de las “maras”. Anoche vimos en la T.V. que en noviembre de 2010, le prendieron fuego a un bus con todos sus integrantes adentro, en lo que se supone fue un rito de iniciación de algunos de sus nuevos miembros. Las imágenes mostraban a los pasajeros del bus tratando de huir de las llamas mientras que un hombre les disparaba. El atentado dejó treinta y tres pasajeros muertos y ningún delincuente detenido.
El centro de Santa Tecla está invadido a lado y lado de la carretera por casetas improvisadas con techos de plástico en los que se venden todo tipo de baratijas: cuchillas de afeitar, peines, juguetes de pilas y hasta calzones a un dólar. La basura en la calle y el hacinamiento de personas que miran hacia el interior de los carros, terminan de darle al lugar un aspecto sórdido como el que tiene el propio centro de San Salvador. Paso el nudo y la calle se abre ante una plaza al estilo colonial que podría ser muy linda de estar limpia y tener las fachadas bien pintadas.
Acelero una vez más entre los buses y camiones que transitan la CA-8 ante el ritmo de “When you look me in the eyes” de Amanda Encore, cuidando de no desviarme por la CA-1 que lleva a las ruinas mayas de San Andrés y Tazumal en las que estuvimos en días pasados. Aún más al norte, pasa junto al volcán Chingo y llega a la frontera de San Cristóbal en Guatemala.
Dejo atrás la intersección, meto quinta en el Kia Rio que alquilamos y me concentro en capotear el tráfico a ciento veinte kilómetros por hora. Tengo una hora para llegar. Va a estar cerca, pienso al ritmo de “Flash dance” de Deep Fish. La música me estimula. Soy consiente de que voy muy rápido para una carretera en la que se cruzan los camiones, las bicicletas y los campesinos que la pueblan a uno y otro lado.
La velocidad me contagia con su frenesí y la música me lleva a un estado de trance en el que mis reflejos se agudizan. Me adelanto a las imprudencias que puedan cometer los camiones desacelerando con la caja del carro. Cuarta, tercera, el tacómetro sube la aguja a cinco mil quinientas revoluciones. Paso los autos lentos y acelero de nuevo con el pedal a fondo sintiendo el vértigo en medio de mi abdomen.
Escucho “Call on me” de Eric Prydz, “Energy 52” de Café del Mar, “Office Gossip” de Hed Kandi y una versión ‘trancera’ de “Love Bites” de QED. Hacia las 10:25 a.m. se abre ante mis ojos un panorama maravilloso. El volcán Izalco se levanta en la lejanía con su figura cónica perfecta como si fuera un dibujo pintado por un niño. A su derecha, un poco más alto, está Cerro Verde y aún más a la derecha se levanta el volcán Santa Ana con su cráter extendido. “Airwave” de DJ Tiesto me incita a acelerar aún más. Alcanzo una recta y subo la velocidad a ciento cuarenta kilómetros por hora.
¡Lo voy a lograr! ¡Lo voy a lograr! Me digo ante el viento que golpea el panorámico. El valle se extiende con los volcanes en frente y me siento feliz. Mi felicidad está ligada a la velocidad y al sentimiento de libertad que me abraza ante un delirio aparente. Los kilómetros pasan en mi lucha contra el reloj. Que difícil es eso. Intentar ganarle al tiempo. Desde que me volví escritor mi vida ha sido eso. Una lucha Proustiana de ir en busca del tiempo perdido: tratar de escribir lo que más pueda en lo que me queda de vida.
Cuan incierto es nuestro propio futuro, los acontecimientos que se vienen sin pedir permiso. Por lo pronto voy en este carro que acelera ante la naturaleza de aves que sobrevuelan el valle frondoso. El ritmo infinito de “Man On The Run” de Dash Berlin cantada por una voz femenina de tono dulce me insita a acelerar aún más. La distancia parece acortarse de forma notoria. Los volcanes lucen más grandes.
Hacia las 10:40 a.m. me aproximo hacia el desvío que lleva al complejo de volcanes. Bajo a cuarta, tercera, segunda, el tacómetro asciende a cuatro mil revoluciones, viró por la carretera sinuosa ante personas que esperan un bus en la esquina y me ven pasar como si estuviera corriendo algún tipo de Ralley.


Las espigas doradas de los trigales forman un primer plano contra los volcanes de fondo. El aviso indica que faltan dieciocho kilómetros para llegar al mirador de Cerro Verde desde el que sale la excursión. Por primera vez vislumbro que no voy a llegar, que voy a estar tarde por muy poco aunque me resisto a creerlo y acelero por una carretera de tercera categoría en la que pululan los huecos. ¿Qué tan irresponsable puedes ser? Me pregunto.
Paso un tractor y vuelvo a acelerar ante el ritmo de “Panamericano” de Pink Louder que lleva sonando durante meses en las diferentes emisoras del mundo. Los trigales pasan de largo como testigos de mi lucha contra el tiempo. Bajo a tercera en las curvas y acelero a fondo al ver que no viene nada. Una especie de optimismo me vuelve. Voy a lograrlo. Estoy cerca. Tan cerca pero tan lejos. A esta velocidad la distancia se recorre con rapidez y voy recortando kilómetros de forma consistente. Desacelero ante un bus y lo paso sin perder tiempo.
10: 45 a.m. “When the sun comes down” de R.I.O., me anima. Tengo que lograrlo. He llegado hasta aquí. Bordeo la base de Cerro Verde y alcanzo el aviso que dice que debo virar a la izquierda. Tercera, segunda, el motor se acelera, el tacómetro vuelve a marcar revoluciones altas. Miro que no venga nadie y viro casi en forma de U para tomar la subida.
Un hombre de pelo claro y morral en la espalda me muestra el pulgar. Su cara es suplicante. Suelto el acelerador. Lo pienso. Llevar a alguien en un país invadido por las Maras salvatruchas. ¿Estás loco? Me digo. Míralo, tiene cara de ‘gringo’ bueno. Un mara no estaría con un morral en la mitad de una carretera. El hombre camina hacia el carro. Pongo el freno de mano y quito el seguro.
—Muchas gracias por recogerme —dice con acento norteamericano—. Llevaba veinticinco minutos esperando un bus —añade poniéndose el cinturón.
Bajo el seguro de nuevo, quito el freno de mano y arranco sin perder tiempo. Acelero el carro al máximo, meto segunda y tomo una curva hacia la izquierda. Acelero, meto tercera. Bajo a segunda y corto una curva a la derecha. El chirrido de las llantas resuena por encima de un Remix de “Children” de Robert Miles.
—Voy con afán —digo ante su cara de preocupación—. Estoy intentando llegar a la escalada del volcán Izalco.
—Yo también vengo a hacerla —responde mostrándome sus ojos.
—Faltan ocho minutos. Creo que vamos a llegar. Aquí en Latinoamérica todo comienza tarde —digo bajando el cambió. Viro a la izquierda cortando la curva y acelero de nuevo—. ¿De qué parte de Estados Unidos eres?
—De Nueva York, pero vivo en El Cairo.
—Tengo un amigo Argentino que vivió tres años en El Cairo —digo bajando la velocidad ante una nueva curva. Acelero de nuevo—. Hace menos de un mes estaba en Córdoba. Estuvimos escribiendo una novela juntos —añado concentrado en una nueva curva. El carro derrapa un poco. Acelero—. De hecho nuestra novela transcurre en El Cairo. ¿Qué haces allá? —le pregunto.
—Tengo un PhD en curador de archivos y trabajo en la biblioteca de la Universidad Americana de El Cairo —responde mirándome de nuevo.
—Mi amigo hizo una maestría en Administración Pública en esa universidad —digo bajando un nuevo cambio—. Su esposa dictaba clases allá. Era americana. Su nombre es Angela.
—¿Angela qué? ¿Sabes el apellido? —pregunta con interés.
—Mc... Mc... —digo titubeando.
—McAllum? —pregunta.
—Sí, así es —digo abriendo los ojos.
—¿Me estás hablando de Eduardo, de Eduardo Bechara? —me pregunta sorprendido.
—Sí —respondo con asombro—. ¿Lo conoces?
—Es amigo mío —responde con ojos brillantes—. ¿No puedo creerte que conozcas a Eduardo Bechara? ¿Cómo puede ser así de chiquito el mundo?
—Yo tampoco lo puedo creer —respondo negando con la cabeza. Nos miramos sin dar crédito a que algo así esté pasando—. Yo también me llamo Eduardo Bechara —añado frenando ante una nueva curva—. ¿Notas algún parecido entre él y yo?
—Son muy parecidos —responde agudizando su mirada para estudiar mis facciones—. De hecho pensé que eras él cuando te vi de lejos en el carro —añade ladeando la cabeza—. Esto esta muy raro, me siento entrando en una dimensión desconocida.
—Las cosas entre Eduardo y yo han sido así desde el principio. Acontecimientos como estos nos vienen ocurriendo desde hace un año y medio —digo con una sonrisa cómplice—. Pero esto ya es demasiado. ¿Cómo te llamas? —le pregunto.
—Steve, Steve Urgola, mucho gusto —responde extendiéndome la mano.
—Mucho gusto, Eduardo Bechara —digo con una sonrisa.
Sigo tomando curvas a un lado y otro como un desquiciado. 10:58, 10:59, 11:00 a.m. Acelero en las rectas. Desacelero en las curvas. Las tomo a un lado y otro haciendo derrapar al carro. Pasamos junto al mirador del lago de Coatepeque en el que hay una vista lindísima de un lago circular de aguas azules que hace millones de años fue el cráter de otro volcán.


—¿Crees que lo logremos? —me pregunta Steve.
—En cinco minutos debemos estar allá.
—Aún no puedo creer que seas amigo de Eduardo y que te llames igual.
—Yo sé, es difícil de creer. Ahora te muestro mi cédula de ciudadanía —le digo ante la sensación de estar viviendo algo sublime.
—Tuve que tomar dos buses desde San Salvador para llegar hasta la desviación a Cerro Verde. Estaba esperando uno más. ¿Qué posibilidades había de que me recogiera un amigo de Eduardo en un sitio así, en un país como El Salvador? ¿Una en un billón? —dice respondiendo a su propia pregunta.
—Esta es la segunda vez que subo aquí. Hace unos días estuve con mis papás y jamás he visto un bus subiendo hasta Cerro Verde.
—El Lonely Planet dice que hay uno. Subieron varios carros antes de ti pero ninguno me recogió.
—No hay que culparlos. Este es el país de las “maras”. De hecho estabas expuesto ahí parado con tu morral. Tuviste suerte de que no te atracaran. ¿Qué haces en El Salvador?
—Vine a visitar a mis papás en Nueva York y aproveche para conocer Guatemala y El Salvador. Me gusta mucho Latinoamérica. De hecho he estado un par de veces en Colombia —dice de forma orgullosa.
—El Salvador es mucho más peligroso que Colombia. Allá hay guerrilla e inseguridad pero no se siente la zozobra que sientes aquí.
—Supe que Eduardo va a volver a El Cairo este año.
—Sí, esos eran sus planes hasta hace poco —digo ante una zarigüeya que se nos cruza por enfrente—. Yo le cambié los planes y él me cambió los míos. Para este momento yo debería estar en Praga. Tenemos un proyecto juntos para el segundo semestre del 2011 —añado acelerando por una recta que remonta la última parte de la pendiente—. Supongo que él estará llegando a El Cairo para mediados del próximo año así como yo lo estaré haciendo a Praga.


—¿Y cómo te conociste con Eduardo? —pregunta mostrándome los ojos. Sus negaciones con la cabeza dan a entender que aún le parece difícil de creer que algo así esté pasando.
—Es un cuento largo. Espérate llegamos al mirador y te lo cuento. ¿Qué hora es?
—Once y cinco —responde plegando los labios.
Tomo algunas otras curvas a derecha e izquierda y por fin vemos al policía acostado que indica la entrada al parque. Doy la última acelerada y freno ante un guardaparques que nos hace señas.
—Son dos dólares por persona y uno más para el carro —dice extendiendo la mano.
—Venimos a hacer la escalada al volcán Izalco —le digo sin perder tiempo.
—La excursión acaba de salir. Bajaron por aquí —indica señalando una trocha con escalones de tierra.
—Vamos a parquear y volvemos —le digo pasándole el dinero.
Subimos el último tramo de la pendiente y parqueamos de afán. Steve compra un par de botellas de agua en una tienda aledaña y bajamos caminando ante el cráter de Izalco. El color oscuro de su piedra volcánica contrasta con la vegetación exuberante que forra a Cerro Verde.



—¿Hace cuanto bajó la excursión? —le pregunto de forma presurosa al guardaparques.
—Hace cinco minutos.
—Si corremos podemos alcanzarlos —le digo.
—No, no pueden pasar —responde negando—. El paso está prohibido.
—¿Por qué? —pregunto arrugando la cara.
—Porque los atracarían en la bajada. La excursión siempre lleva una escolta de dos policías.
Le traduzco a Steve. —¿Y ellos no podrían ir con nosotros? —le pregunto en dirección a un par de policías que hablan entre si.
—Ellos están encargados de la seguridad del mirador. No pueden dejarlo solo —explica dándome una palmada en el hombro—. Mañana pueden volver. Todos los días sale la excursión desde acá a las once.
La decepción es evidente en nuestros rostros. Subimos hasta el mirador de concreto desde el que se aprecia el volcán ante la llanura.
—La coincidencia de nuestro encuentro se incrementa con el hecho de que ni tú ni yo hayamos llegado a tiempo a la escalada. Si tu hubieras llegado y yo no, o viceversa, nunca nos hubiéramos conocido.—Sí, los factores que jugaron para que esto pasara son impresionantes. Es una coincidencia demasiado increíble. Creo que incluso para Eduardo va a ser difícil de creer. —digo de cara al volcán.

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