Cuaderno de viaje “En busca de poetas” – Reporte 6 – Destino Río Grande
Siempre me gustó viajar de noche.
De adolescente me vi mil veces entre un auto que aceleraba por una ruta
desconocida. Sus luces rompían la oscuridad, hacían visible la línea
intermedia, ese panorama contiguo que la negrura se traga con boca de lobo. La
imagen iba acompañada de un pálpito. Emoción a boca de estómago en cada metro,
cada kilómetro que se recorre en una vía ajena. La aventura, esa vieja gitana,
me invitaba a sentir el aire sobre la cara. Embriagado con libertad, imaginaba
lugares del mundo en los que ocurrían novelas recónditas, se desarrollaban los
misterios y habitaban los fantasmas de aquellos personajes que las propias
obras volvían legendarios. Al crecer, le incorporé un fondo de música electrónica
que acompañaba el recorrido, emoción palpitante en cada “beat”, hipnosis con la
que puedo pasar horas al volante.
Mi realidad es esta: no soy un
adolescente. Cecilia conduce su Citroën por una ruta montañosa en la que sé,
hay un hermoso paraje que me estoy perdiendo. Beatriz, a mi lado, le abre una
botella de agua a su hija Luciana. La pequeña bebe un sorbo. La penumbra
aumenta la intensidad en su mirada. Susana, la mamá de Cecilia, una señora
simpática con la voz ronca, habla de forma rápida.
Ushuaia se quedó atrás. El inicio del viaje, los
poemas de Anahí, las charlas con Nicolás, lo vivido con Carla, mi vida en el
Albergue del Mochilero, los propios recuerdos de ese viaje con papá y mamá en
el que desembarcamos del crucero, se irán convirtiendo en compostaje.
Susana sigue hablando. Cecilia
baja un cambio y remonta la pendiente. Sé que Río Grande es una ciudad
petrolera en la que hay un par de fábricas, y en su mayoría, la población está
constituida de operarios que ganan bien. Eso hace que sea una de las más caras
de Argentina. Sé también, que es la ciudad de Manuel. Le insinuó a Javier que
si llegaba a ir, podía hospedarlo en su casa. A mí no me dijo nada. Igual
podría llamarlo, aunque el cuento del travesti me desanima.
Cecilia asciende una loma,
descansa el cambio, se voltea y me da un vistazo:
—¿Tenés en donde quedarte? —Pregunta.
—Conozco a alguien, aunque no es
que me esté esperando.
—¿Querés llamarlo?
—Me quedé sin minutos.
—Usá mi celular —me lo pasa desde
adelante.
Marco el número de Manuel con
cierto desgano. El teléfono timbra una vez. Una segunda vez. Contesta. La
llamada se cae. Vuelvo a intentar de forma infructuosa. Le devuelvo el teléfono
a Cecilia.
—En esta zona nunca hay señal
—comenta.
La imagen del plato de espaguetis
humeante sobre la mesa del Refugio del Mochilero ronda mi cabeza como un ave de
acechanza. Mi cuerpo enrarecido empieza a notar los primeros síntomas de la
hipoglicemia. Ese pequeño mareo, las leves ganas de vomitar que lo acompañan.
—¿De aquí a Río Grande paramos en
algún lado?
—No. ¿Qué necesitás? —Pregunta
Cecilia.
—Tendría que comer algo.
Les cuento que tengo el nivel de
azúcar bajo. Beatriz saca un sándwich de miga y me lo pasa.
—Es tu día de suerte —comenta.
Luciana me mira una vez más con
ojos que brillan en la penumbra. El sándwich me alivia. Cecilia comenta que
duraron dos horas haciendo fila para poner combustible y se disculpa por haber
llegado tarde.
—En un punto pensamos que te
habías arrepentido de llevarme —confieso.
Beatriz sonríe aunque ninguna se
atreve a conversar acerca del incidente de la noche anterior.
El auto recorre un kilómetro.
Luego otro. Un kilómetro recorrido es un kilómetro menos. Por algo se empieza.
La sensación me satisface. El equipo de sonido está apagado. Imagino la música
electrónica con el “beat” fantástico en el que me pierdo durante algunos
kilómetros de oscuridad. No es la primera vez que llego en la mitad de la noche
a un sitio sin saber dónde quedarme. Ocurrió en Bulgaria. Año 2001. Tomé un
tren desde Sofía a Varna, un balneario en el Mar Negro. Luego de viajar el día
completo llegué a las once. Una pareja de búlgaros (las únicas personas que
quedaron en el andén luego de que todas las demás salieran de la estación), me preguntaron
si tenía alojamiento. Me ofrecieron posada en su casa. Nos embarcamos en un
viejo auto de tecnología comunista que dejaba nubes de humo a su paso. Si bien
parecían amigables, me vi abriendo la puerta en plena marcha y lanzándome a la
calle. Por fortuna llegamos pronto a su edificio, uno de esos “panelaques” sin
estética, propios del régimen. Subimos al apartamento estrecho y hasta me
cocinaron unos salchichones… Aquí por lo menos se obvia la barrera de la
lengua. Y voy acompañado de personas cálidas.
Lo hermoso de viajar así es que
uno no sabe con quién se va a topar. Cualquier persona puede terminar siendo un
compañero de viaje, un amigo. La vida, vivida con una mayor liviandad, genera
sorpresas a cada paso. El aquí y el ahora es lo que importa. La capacidad de
experimentarla a plenitud, sin estar atado a un trabajo o a una persona,
permiten enfocarse en el presente, esa fascinación que genera lo desconocido.
Cecilia termina de coronar la
montaña y bajamos por un despeñadero en el que se insinúa un precipicio. La
negrura en su profundidad, rapta cualquier intento de paisaje.
—¿Este es el Paso Garibaldi?
—Sí. ¡Ay! Qué pena que no lo
puedas ver. Es bellísimo —dice Susana.
—Abajo, entre las montañas, está
el Lago escondido. Y más allá el Fagnano —añade Cecilia.
Terminamos el descenso y la
carretera se nivela. Algunas luces, del otro lado del lago, hacen perceptible
la masa de agua que separa una orilla de otra.
Cecilia acelera un poco más. Pasamos
frente a la entrada de Tolhuin y vamos recorriendo la carretera deshabitada.
—Por aquí ya hay señal —comenta.
Mi reloj marca las doce y cuarto.
—Es tarde para llamar —replica
Beatriz—. Si pudiera, te alojaría en mi casa.
—Te puedo ofrecer el sofá de abajo,
por esta noche —dice Cecilia—. Ya mañana verás en dónde te quedás.
—Bueno, pues te agradezco mucho.
Hablamos de la situación política
de América Latina por unos cuarenta y cinco minutos, hasta que las primeras
luces delatan la entrada a Río Grande. Tomamos una avenida, transitamos un
barrio con casas de latón y madera, dejamos a Beatriz y a Luciana, volvemos a
la avenida, nos desviamos por detrás de la pista del aeropuerto y entramos a
otro barrio con postes de luz tímida. Cecilia parquea frente a una casa de
madera. Cargo la maleta sobre el piso de gravilla y entramos.
—Ahí es donde vas a dormir —señala
un sofá de tres puestos que tiene mi medida.
—Está perfecto.
Susana se disculpa por estar muy
cansada y sube al segundo piso.
—¿A qué poeta vienes a ver?
—A Julio “El Mochi” Leite. Tengo
una comida en su casa el martes.
—Bueno, ya tendremos tiempo de
hablar. Yo también estoy muerta. Me voy a dormir, che.
Cepillo mis dientes, apago la luz
y me acomodo en el sofá. La superficie dura es perfecta para mi hernia. Escucho
el suelo crujir hasta que Cecilia se acuesta y el sueño nos cae a todos.
Al día siguiente soy el primero
en levantarme. Me baño y empiezo a trabajar en el cuaderno de viaje. Susana
baja y me ofrece un café con tostadas. Habla acerca de su familia en Mendoza. Cecilia
se alista para el trabajo, toma un mate y me pregunta si tengo libros
publicados. Les muestro “La novia del torero” y “Poemas a una ciudad, un
insecto y una mujer”.
—Este te lo voy a regalar a ti y
este a ti.
Le firmo el de poemas a Susana.
Estoy por firmarle la novela a Cecilia, pero me dice que lo deje para más tarde
cuando lo pueda hacer con tranquilidad.
—Si querés te puedo llevar a la
estación de servicio para que te conectes a Internet y puedas trabajar con
tranquilidad.
Guardo el computador, subo la
mochila al hombro y salgo al frío.
—¿Es decir que ya no te volvemos
a ver? —Pregunta Susana desde la puerta.
—Sí lo vas a volver a ver, mamá.
No ves que tiene sus valijas aquí.
Cecilia rueda el auto por la
gravilla, recorre unas calles y salimos atrás de la pista de aterrizaje, donde
un viejo avión ha sido parqueado por fuera de un hangar. El cielo gris le da un
ambiente lóbrego al panorama.
—Estoy acelerada porque mi mamá
se vuelve el viernes. Su visita me ha sentado muy bien. Necesito aprovecharla
estos últimos días. Por otro lado es desgastante porque me toca estar pendiente
de ella.
—Claro, como nos pasa a todos los
que vivimos por fuera y nos visitan nuestros padres.
—¿Ya pensaste dónde te vas a
quedar?
—Tengo que llamar al “Mochi”. Me
comentó en un correo que me podía conseguir alojamiento en el camping del
municipio.
Le doy el número a Cecilia y lo
llama. Habla con él y dispara desde la cartuchera. Cuelga y le pregunto:
—¿Qué dijo?
—Acaba de llegar de la Patagonia.
Esta tarde lo averigua.
Rodea la glorieta en la que se
cruzan un par de avenidas, conduce unas cuadras y parquea frente a la estación
de servicio.
—Bueno, me llamás cualquier cosa.
Nos despedimos, entro al local,
me pido un café y me conecto. Tengo un mensaje de Macky Corbalán. Me escribe
desde Neuquén diciendo que no me pierda de conocer “a la enorme poeta” Niní
Bernardello, ni al poeta más “loco-lindo” del sur, Julio “Mochi” Leite, ni “a
la joven promesa de la poesía del fin del mundo”, Pri Vallone, al referirse a
la punta del iceberg de poetas que habitan por aquí. Le escribo a Jorge Curinao
y le digo que en los próximos días voy a estar llegando a Río Gallegos. Llamo a Alejandro
Pinto. Me entra a correo de voz. Le marco a su casa. Nadie contesta. Le escribo
un mensaje en el que le indico que ya llegué y estoy en la estación de
servicio. Respondo y escribo correos hasta que me responde. Dice que en media
hora llega. Aprovecho para abrir la “Antología de cuentos fueguinos” que me regaló Nicolás Romano. Pertenece
al concurso literario Banco de la Tierra del Fuego 2011. Busco el cuento
“Kreech Chinen” de Alejandro. Ganó el segundo lugar después de “El encuentro”
del propio Nicolás.
“Habla dormida, me
dice que no, que se podría despertar y todo volvería a la normalidad, a
recuperar su peso, su hastío. Abandono la nuca sobre el colchón, cuelgo los
ojos en el reloj de lenga parecido a una islita de fuego colgada en la pared, y
empiezo a contar, uno a uno, los pequeños guanacos que saltan al vacío, desde
la islita, hacia lo largo y ancho de la noche.
Uno de mis pies me
toca y, como electrocutada, lo aleja de inmediato. Entonces cae el primer
guanaquito. Creí que estaba despierta o soñando que caminaba sobre una nube de
espinas. Ahora mi pie derecho se escapa por debajo del acolchado y queda en el
aire moviendo un dedo, rasgando la pared. Otro guanaquito se asoma al
precipicio del reloj a observar de qué se trata ese ruido.
Giro su cuerpo
entero, está como enfrentándome, ojalá se despierte y salve aquel guanaquito
que está por… cayó.
(…).
Tomo arco y flecha.
Beso su hombro y salgo. El viento. El frío. Columnas anaranjadas de humo sobre
la oscuridad del bosque. Balazos. Gritos. Un hombre, dos, corren hacia un
hermano que escapa de ellos. No puedo. Tengo que defender la choza. Lo mataron,
le están cortando una oreja. Me agacho tras una mata y veo que otro hombre se
acerca por donde aparecieron estos asesinos, visten igual. Preparo el arco, me
levanto, tenso el hilo con la flecha y siento, después del estruendo, un estacazo
y un quemazón en la espalda. Caigo de rodillas, quema, duele, miro hacia la
choza y la hembra de un guanaco, con una pierna herida, sale corriendo bosque
adentro, iluminada por la luna. No es un sueño.”
Más allá
de ser una historia que hace una paradoja de la destrucción que sufrieron los
yámanas y los shelk´nam en Tierra del Fuego, el cuento me deja ver la calidad
narrativa de Alejandro. En la bibliografía leo que nació en 1988, integra la
agrupación de jóvenes Klóketen Tintea, publicó su libro “Loque vaque dando” en
2011 de forma independiente y “El patio de atrás”, Ediciones Nasaindy, ese
mismo año en Mendoza.
Al poco tiempo entra un joven de
cuerpo delgado. Viste jeans, una camiseta y una camisa abierta. Luce cola de
caballo, bigote incipiente y una chivera que le da aspecto intelectual. Me
divisa con sus ojos expresivos.
—¿Eduardo?
—Alejandro.
Se sienta y comenta lo
interesante que se le hace el proyecto. Me mira con detenimiento y pregunta:
—¿Vos no sos el escritor
colombiano que tiene a un escritor argentino como doble? Se llaman igual y son
muy parecidos.
—Sí —admito.
—Te vi en televisión el año
pasado.
—No le cuentes a nadie.
—¿Por qué?
—Estamos intentado alejarnos
algunos pasos de la historia. Queremos ser reconocidos como escritores, no como
los siameses que están unidos por el vientre.

Me cuenta acerca de Kloketen Tintea.
—Nos encargamos de ensamblar
diferentes ramas artísticas en una misma escena. Hacemos una interpretación de
poesía con sombras chinescas y baile o pintura al mismo tiempo. Entre más artes
podamos meter mejor. Y si podemos tener imágenes aborígenes, bienvenidas sean. —Habla
con tranquilidad, de forma pausada—. Los Kloketen eran los jóvenes aborígenes shelk´nam.
Hay mucha poesía de los aborígenes. Nini Bernardello, el “Mochi” Leite y Anahí
escriben de ellos. Los primeros cantos chamánicos son de Lola Kiepja. Ella fue
la última mujer chaman shelk´nam.
Me muestra un libro con la tapa hecha
de papel de colgadura. Lo abro y leo:
“Loque
Vaque
Dando”
Las páginas interiores están sucias.
Tiene pisoteadas.
—No sé por dónde habrá pasado
este libro. Es el último ejemplar que me queda. Primero hice una tirada de
cincuenta para repartir entre conocidos y después hice treinta más para llevar
a Mendoza. Allá lo presente en la carpa “autogestiva”. Hubo mucho intercambio. Fue
gente de Chile y otros lados del país.
—¿Te puedo tomar una foto con las
páginas sucias?
—Claro, es loque vaque dando del
libro. —Se ríe.
—Y sí. Aparte es el último.
—Lo escribí porque necesitaba
sacarme muchas influencias de encima. Influencias europeas de lo que fue la
poesía maldita. Los jóvenes que le llegan a los jóvenes. Baudelaire, Rimbaud,
Verlaine. También me tuve que sacar a los chilenos de encima. A de Rokha, a
Huidobro. También al Conde de Lautréamont. Después de este libro me incliné a
buscar un estilo, una voz, a hacer un trabajo más exhaustivo. Luego vino
Kloketen Cartonera, que es el proyecto de la editorial.
—¿Quiénes son los miembros?
—Hay cuatro fijos. Aixa Sánchez,
Ezequiel Navas, Carlos Gatica y yo. Después hay muchos más que van rotando.
Hasta ahora tenemos siete títulos de poesía y uno de investigación sobre los shelk´nam.
—¿Se venden?
—Sí, los de poesía a diez pesos y
el de investigación a quince. Lo primero que pensé fue en abrir un canal para
traer a los poetas que conocí en Mendoza. Me gusta la idea del libro al alcance
de cualquier bolsillo. Por diez mangos todo mundo lo puede comprar.
—¿Se mueven las ventas?
—De a poquitos. La idea es que a
partir de lo que se gana se reinvierta para futuras publicaciones de otros
autores. De un tiraje de cincuenta se le dan diez al autor. Y si vemos que está
flojo de billete le tiramos unos pesos.
—¿Y hasta dónde quieren llegar?
—Seguir en la esfera
independiente y autogestiva. Ampliar el campo de difusión a Ushuaia y a
Tolhuin. Hay un punto preocupante porque ya se ha acercado el municipio a
darnos una mano. Ellos realizan ferias de productores independientes y
artesanales, hasta ahí todo bien…
—…entonces…
—…el problema es que nos están
ofreciendo un lugar, lo cual es bueno, pero van a querer plantar bandera.
—Pierden la libertad.
—Esto te lo digo desde mi
sospecha. Aún me tengo que sentar a hablar con la persona que ofreció el lugar
físico. Igual nos ha ido bastante bien en las ferias del libro, en las tertulias, los eventos
artísticos…
—¿Qué poetas me puedes presentar?
—A Daniel Layseca, aunque él ya
publicó en la editorial cultural de Tierra del Fuego.
—No podría entrar.
—Luego están los chicos de
Kloketen, todos inéditos. Adrián Sánchez Negrette, Lucas Tolaba y Pedro
Lencina. A mi viejo, porque lo que publicó es viejo y fue hace mucho, con una
editorial que se dedica a la folletería. Es una papelera, una imprenta.
—Hizo una publicación a pulmón.
¿Y a Priscila?
—A Pri también. Es una dulzura
esa piba. Y a José Arce, un sonetista muy bueno. Su pseudónimo es Orfeo.
—¿A Fredy Gallardo? Nicolás
Romano me lo recomendó.
—Claro, a él también.
Me pasa unos libros de la
cartonera. “Trip”, cuya portada está pintada a mano, tiene los poemas de
Fernando Acosta. Lo abro y leo:
“ni siquiera eso: ni siquiera viento, ni
siquiera voz, ni siquiera…
miro la calle como
una infinita madrugada”
Paso la página:
“solo dos líneas: el frío es blanco como los ojos de mi padre que
vienen a visitarme de vez en cuando en un sueño”
“nos soñé desnudos casi comiéndonos en una habitación
de una
casa de mi infancia
todo era distinto
menos vos y yo
y fue como una larga y placentera
pesadilla
compartida”
Mis pequeños poemas
desilusionista también tienen un cierto parecido a “mi karma es la lluvia”:
“tus pezones todavía se encienden de rojo
en la oscuridad del sueño.
hay imágenes que no cesan”
“censura de pájaros negros”
“las mañanas siguientes quedaron
sin fundamento
mirando las gotas de rocío en el
frío de la ventana
aprendimos a llorar de formas
cada vez más impredecibles”
“Apen” tiene pintada la cara de
un guanaco en su portada. Lo abro y leo el subtítulo: “Antología de fuego”.
—Todos los poetas que incluimos son
de la cartonera —aclara Alejandro.
Leo “Limbo” de Lucas Tolaba, nacido en Río Grande en 1991.
“A las montañas se las tragó
no dejó parada ni la sombra de un
árbol
como granos y leche engulló toda
estrella
se las comió
Hay un bebé gordo
acostado
sobre manzanas
del
tamaño de cabezas
Eructa pájaros y caballos.
Y en su boca, nosotros
flotando en un mar de baba
aguardando en un purgatorio de
turba y huesos
aguardando a ser eso
quehacealmundogirar.”
La bibliografía indica que reside
en Buenos Aires, donde estudia traductorado de inglés. Unas hojas después me
encuentro con poemas de Priscila Vallone. Según la bibliografía nació en 1993. Por
mucho tiene veinte años. Todos sus poemas tienen título menos este:
“Cómo te escalo las venas hasta
el cerebro y desmenuzo tus ojos adormezco tus manos, genero tu vértigo al
adentrarte híbrido de un vaivén de galaxias y una calidez desenvuelta del otro
lado de tu piel que se deshace en llamas blanda, transparente en cada núcleo,
adormeciéndote las manos, desde la punta de los dedos hasta llegar al centro de
tu cuerpo entumecido, y el resto del ensueño de tus voces anestesia el espacio,
el aire, el agua; La palabra es mañana, flotan las muecas y sombras solares
sobre el invierno en los párpados, el canto anhela tierra tierra tierra, y por
siempre tu piel deshecha para no ser, sino componer. Atándote a la boca de
ratas, carcomiéndote la frente, finalmente;
n a c e r abrir las pupilas
en tu cuello
en tu sangre
y ser blanca
acá
Acá
en vos)”
Franco D´ Addario también nació
en 1993 y tiene una poesía adolescente, propia de los fantasmas que rondan los
pensamientos que se arremolinan en esos primeros años:
“Dans le nuit pienso más en vos”
“Prende un cigarro más
baise moi
agarrate fuerte, vamos a
despertar
dans le nuit pienso más en vos
vole-moi les sommeils
protege moi de los sacudones
escurre mi âme
dame tu abrazo de bonnes nuits
y hagamos el amor innocemment
en este viaje je veux mourir
encarnado a ta peau
aferrado a tus des lévres
carnosos
baise moi una vez más
abrázame de vuelta
y durmamos juntos hasta el aube”
“Alcanzando el estado Alfa:”
“Y comienzo a
crear
Bajo
los párpados
Y
destripo
Mi
cuerpo
Arranco
emociones
Fecundo sensaciones
A través de mis deseos
Disuelvo tu cuerpo
Entre
estos
dedos
Y desmenuzo de a poco tu boca
Ahora todo lo que te conforma
Comienza
a ser
parte de mi Viaje”
Daniel Layseca es un poco mayor.
Nació en 1985. La bibliografía dice que al momento de publicación estaba por salir
su primer libro en la Editora Cultural Tierra del Fuego. “Alumbrar” es bastante sonoro:
“Hilando letras o dibujando
jadeos laberintos mis gemidoenlatidos rayan por el tallo la hoja, en-siendo el
mero reflejo de ese bando del ser. Y contemplando una hoja en blanco los ojos
como tal reflejo hacen coser un pensamiento y el rulero sin sonido acata las
órdenes de la esperanza combativa del hielo. Presos de la fragilidad
imperceptible. Acude así un extraño silencio mordaz y la punta traza
involuntariamente, diríase mera inercia… un pensamiento.
La birome espejaba…”
“Sopor de Sopa” también posee juegos de palabras y sonidos:
“El ojos del caldo
sobre una fuente de girasol
corrientea venas
que rasgan de hambre
la viscosidad de un
candor derramado en la sopa
sucumbe la mortaja
de arrastrar la vista
hacia un reflejo
aguachento frío y el ojo aquel
hace calendarios
con los huesos de mi amada
sangrando el aroma
a desierto en cuanto la cuchara
sucumbe su pulso hacia el primer sorbo
(los húmedos huesos
del hambre
bailan ausentes en
la humedad)
más pronto soplarás
un suspiro y verás
¡Que ese espejo es
para recordarte!
mientras
todo en la sopa se enfría
pierdo
el apetito y se me cae una
lágrima”.
Los poemas de Camila Fabi, 1994,
también están cargados con la frescura de la adolescencia:
“El plexo solar
hundido sobre sí mismo,
esto quiere decir
que uno se halla
encorvado,
intentando
encontrarse
en la tercera silla
de un noveno piso.”
“Percibo la
geografía de un cuerpo desconocido / entonces mis componentes se alteran hasta
el punto de elevarme internamente al centro de la existencia / donde una luz se
proyecta a modo periférico llegando a mis rincones / así es que me expando
infinita y retorno hecha éxtasis.”
“Se hará Big Bang
Construirán el orden a partir del caos Siendo el tacto en búsqueda la
complejidad a simplificar La satisfacción concluyendo al deseo Nossa noitte contemplaría la respiración
conjunta Amanecerá enero Mientras dos miradas lograron equilibrio Lo ajeno
permanece cercano y propio Uno tengo amor”
Melisa Costa, 1991
me llama la atención por sus imágenes claras:
“Cansado
el mar
deshoja las mañanas
de sol de ventana,
de café
y sábanas,
enterrando
algunos miedos,
robando
algunos cielos
que vuelven
a enmarcar
este campo de rosas
ahora sin espinas.”
“Esbozo de noche
sin estrellas
en una mano
en la otra
un desierto”.
“El brillo
de la ciudad
dormida
en su pupila.
Los colores
de las calles
de la gente
que atraviesa
este jardín ausente
tumbado
sellado
como dos bocas.
El parabrisas
empapado,
el hambre
en la puerta
de un supermercado.”
También está antologado Ian Rogi
y por último el propio Alejandro:
“El primero en atrapar
una sombra se queda
con el cuco.”
—¿Alejandro, qué quiere decir
“cuco” en este poema?
—El cuco proviene, hasta donde
sé, de una leyenda popular. Vendría a ser el primer fantasma que conocemos en
la infancia, ese que se mete bajo la cama, en los armarios, en las sombras de
los árboles. En mi caso lo utilizo irónicamente, casi, si se quiere, con humor.
—En Colombia se le dice “cuco” de
forma popular al calzón, bombacha en Argentina, la prenda íntima femenina…
“I”
“Zumba un cometa sobre la fuente
Vuela un centavo sobre el río
¡abajo
todo abajo de la mesa!”
“II”
“Espejo invertido
imán de hielo
cara oeste del cuchillo”
“Entonces, es una cebra, o mejor
una cebra es dios para dios
y le pica el lomo
y levanta el polvo, se refriega
contra el mundo arrancándose
los parásitos y con sus pezuñas
patea la tarde, bufa y se echa
a descansar.”
Le doy un vistazo a “Coreografía
de una vigilia” de Natalia Rojas Cortés.
“Se oye una orgía
que asiste a la debilidad de lo solo, mezcla la respiración que dejó de lado lo
muerto con el eco del mendigo que transita en estas paredes. Se oye como si no
estuviera aquí. El silencio florece hacia
adentro, refugiándose, allí donde no llega interrogación.”
“Hay una boca
cantando en mi sombra. Hay una palabra callando conmigo. En el encierro somos libres de asistir a las imágenes, de coger la proa
y lanzarse, en el encierro está lo profundo, está latiendo el órgano que hace de
lo devorado, el alimento. La boca dice extinguiendo.”
La mayoría son introspectivos, se
leen de adentro hacia afuera, como un fluido de consciencia:
“En la orquesta del
vacío sólo una nota se toca. Con respeto y sin fin se ahuyentan las riberas de
lo oscuro apenas quedando el gesto del recuerdo -un poema fue el autor que puso a andar los ríos.- Que nadie se
burle de esta madera callada: espejo del viento que no tiene viento solo la
traducción del oxígeno cansado ya de imitar la tormenta cuando lo expiro -afuera, hermosamente, alguien quiere entrar.-”
“Y no obstante, acá
hay una coherencia: una sílaba oscura y otra clara, un tejido que no deja caer
ni la mirada sobre la leña, no deja entrar ni la mácula que arrastra el tiempo
-papeles ubérrimos que se desmontan de
una mano para entrar violentos al mundo de los silencios- dicen que debería
trenzar los himnos del sigilo, dejarlos escapar con la luz.”
“Estoy en una de
esas noches en que el silencio hace de cada cosa su propio enemigo. La bóveda
se enfurece. Mi manta tiembla. Yo ya no estoy escribiendo. Dentro de esta noche se está cazando al gorrión de piedra, único que
inquieta el ritmo de lo invisible. Entre lanzas crece el dominio de quien
se presenta primero ante el sonido. Al
pájaro se le soltó una pluma y no era de piedra, era de levedad, vuelo y dejo.
Hoy es una de esas noches en donde el anonimato de las cosas se devela cantando.”
“Ya logrando ver el
retorno de cada cosa a su lugar me marcho por esa misma quietud melódicamente. No van mostrándose cuando
se marchan, mas dejan lo que creen llevarse. La noche es de día mientras afuera se convencen los párpados que
duermen. En esta noche la palabra
fugaz mostraría el rostro de lo perdido. Existe una violencia que se seca
intacta, es una nueva forma de zarpar de los objetos.”
Estoy por ojear “Yo Cebo” del
propio Alejandro y siento al celular vibrar en mi bolsillo.
—¿Qué hacés? —Pregunta Cecilia.
—Aquí reunido con Alejandro, el
poeta que te dije.
—En mi casa hay una comida. ¿Vos
qué vas a hacer?
—No sé bien.
—En quince minutos voy hasta la
estación de servicio para que hablemos.
Cuelgo y vuelvo al libro de
Alejandro.
“En tu barba quedó al pasar
el otoño, enredado
mi viejo bosque de ñire.
los volados
pájaros de dios
te entretejieron sus nidos
y se fueron
por las ramas
el sol se alzó
a exhalar tu amarillento
susurro ralo y ebrio, erguido
como una plegaria de madera
desenredando con sus raíces
del pozo ciego, la tierra.
mi viejo bosque de ñire
y el atardecer
te nació”
“1◦ Plano
Con sus púas
la medusa
raspa el fondo del océano.
2◦ Plano
En la superficie brilla
tendida la piel de los
relámpagos.
1◦ Final
Una burbuja
asciende desde las entrañas de la
tierra
y uno apresurado a respirar
a cierta altura ya
lo que venga, no llega.
2◦ Escapatoria
Sentir lo que muerde
la blanca púa el agua cerrada
corrompiendo a superficie
y asustando al gusano
que escarba más profundo.
Lo inevitable
Apedrear el mar”.
Me mira
con atención. Bebo un sorbo de café y sigo con:
“En el sol
sobre un muelle de madera
contemplo las nubes de fuego
aguardando que zarpes
sin derramar y arrastres con
todo.”
“El río contra la pared
desviste y rasga
el espejo.
Alguien ahí bebe
arena fresca
ante la suerte de un sol
escondido”
“Se escuchó hablar de poetas que
saltaron el puente y no volvieron,
que siguen acá desde que se
inventó la rueda.”
Al igual
que en los anteriores, el siguiente genera una atmósfera apocalíptica. Un
cierto dejo de lo que queda el día después.
“En la luna es de día.
Nieva sobre su rostro
cicatrizado.
Lejana modorra
sola y dolida. Mirá
y todavía te recuerda”
Dentro de su prosa poética
encuentro ejemplos como este:
“Flota un corazón de carne en el
mar, bajo la noche, resplandece con la temperatura de un diamante escarlata. Y
concéntricos, aros esparcen a su alrededor coronas de luz de luna que allí
pareciera querer anidar y se hunden. El mar, el resto del mar, no lo resiste y
se embriaga.”
En la última sección hay estos ejemplos:
“Te versearon
y le agarraste el ritmo
en ningún momento te dijeron
que se trataba de un poema
no pierdas más el tiempo
que oscurece. Anoche
llovió y ni te diste cuenta.
Entiendo
que estés solo
pero cortala.”
Estos también aluden a lo fatal,
lo ineludible. El libro acaba con:
“nada muere bello, avestruz
había
una vez…”
Cecilia estaciona su auto afuera,
se baja con cierto afán, sonríe, entra al local y llega a nuestra mesa con su
ímpetu característico. Empieza a disparar razones. Termina diciendo:
—Te invitaría si me fuera
posible.
—Tranquila. Yo miró a ver qué hago.
¿Qué vas a hacer tú? —Le pregunto a Alejandro.
—Podemos llamar a un pintor amigo
e ir a tomar unos vinos a su casa.
—¿Qué pasó con el otro poeta, el
que te va a conseguir lugar en el camping?
—Le escribí. No me ha respondido.
Cecilia me dice que la llame a
cualquier hora, se despide, vuelve al auto y se va de forma acelerada.
Alejandro envía algunos mensajes de texto, responde otros y dice que en una
hora pasa Daniel Layseca por nosotros.
—Muéstrame tus poemas inéditos,
los que vas a entregar para la antología.
Saca unas hojas y me las pasa.
Los leo una y otra vez. Sus textos son enrevesados. Tienen imágenes que se
fugan. En algunas partes se contradicen. Son demasiado etéreos.
—Alejandro, ¿te podría hacer
algunas sugerencias?
—Claro, che.
Hacemos un poco de taller y le
ayudo a ir extractando los lugares en los que está el poema. Todo lo que no
funciona lo desbasto como un jardinero que corta la maleza con su tijera
gigante. Leemos lo que era el poema y lo contrastamos con el poema limpio.
—¿Ves que se lee mucho mejor? Va
al punto. La imagen queda limpia.
—Sí —asiente—. Aunque esto me
parece que lo he oído antes. No es mío.
—Es hermoso. —Vuelvo a leer un
verso particular en el que quedó condensado uno de los poemas—. Claro que es
tuyo y es realmente hermoso.
Hace cara de no estar seguro.
Los analizamos un poco más hasta
que me pasa ““Loque Vaque Dando”.
—Te podés quedar con él.
—¿Tienes una copia en tu
computador?
—No.
—Entonces no lo quiero. Es tu
única copia.
Lo guardo en la mochila y
aprovechamos para contactar a algunos de los poetas de Kloketen. Lucas Tolaba y
Pri responden los mensajes. Hacemos una cita para las tres de la tarde de
mañana en este mismo sitio. Luego de una hora y media Alejandro llama a Daniel
y le recuerda que lo estamos esperando. Cuelga y dice:
—Si no lo presionamos nos puede
dejar esperando aquí toda la noche… El pintor al que vamos a ir a ver tiene un
parecido a Dalí, pero nomás por el bigote. Solía escribir poesía, pero lo dejó.
Se ha ido haciendo tarde. La
oscuridad termina de caer sobre los autos que hacen fila para poner
combustible. Mi reloj marca las nueve y media. Daniel llega en un Gol rojo de
pintura reluciente. Salimos y nos embarcamos en el Volkswagen. Su interior aún
conserva ese aroma particular de los autos nuevos. Alejandro nos presenta bajo
el resonar de una música tecno que revienta los parlantes. El amigo de Daniel
acelera por la avenida como si estuviera corriendo algún tipo de rally, toma la
rotonda chirriando las llantas, mete segunda, tercera y frena con caja en el
semáforo. Luz verde. Acelera como un endemoniado. Quiere mostrar la perfecta
carburación de la máquina, la forma en que la fuerza de los pistones impulsan y
frenan la carrocería con solvencia. El ritmo de la música golpea el ambiente
con ferocidad. Las luces rojizas del tablero terminan de darle un ambiente
discotequero a un auto que bien pudiera transformarse en una tumba…
Nos deja frente a un conjunto de
casas cubiertas con chapa de latón. Daniel, Alejandro y yo damos la vuelta y
entramos por la puerta de atrás, a una casa llena de cuadros. Un hombre de unos
cincuenta años, con la cara enrojecida y el borde de los bigotes en punta, nos
aproxima.
—Eduardo Bechara, Hugo Lisboa.
—Abran esa botella de vino. Capaz
que haya que ir por otra. Ahora después preparamos unos fideos.
Nos sentamos alrededor de una
mesa de vidrio. Alejandro toma el descorchador, abre la botella de uno punto
cinco litros y sirve las copas. Daniel le cuenta que acaba de comprar un
terreno en Córdoba donde piensa hacer una chacra que va a alquilar.
—Pienso vivir del arriendo.
Es insistente sobre el tema. Da
vueltas e imagina los distintos escenarios.
—Che, acompañame a la tienda y
compramos la otra botella antes de que cierren —indica Alejandro.
Salimos al frío de la noche. La
temperatura ha bajado aún más y pequeñas gotas de lluvia empiezan a caer sobre
nuestras cabezas.
—Daniel está emocionadísimo con
su compra. Ha trabajado duro en la fábrica. Es operario. Aquí todos hemos trabajamos
duro en la fábrica. Se gana muy bien. Fijate que con el trabajo de un año se
pudo comprar un terreno.
—¿De qué es la fábrica?
—De aires acondicionados. Dejé de
trabajar ahí porque después de tres años descubrí que lo mío era lo menos mecánico
posible, todo lo contrario a trabajar como máquina. Además no quedaba muy bien
ponerme a escribir algunos versos en la línea de montaje y retrasar la
producción. Después de la cuarta o quinta vez que me llamaron la atención por
escribir poesía me irrité bastante.
Recorremos algunas cuadras con
casas recubiertas de latón y escapamos de la lluvia. Compramos otra botella de
uno y medio litros de vino tinto, un par de sobres de espaguetis, puré de
tomate, caminamos bajo las gotas heladas, entramos y volvemos a un lado y otro
de la mesa.
—¿Qué es lo que venís a hacer a
la Argentina? —pregunta Hugo.
Les cuento.
—¿Es decir que no puedo
participar en el concurso por los mil dólares? —Pregunta Daniel con cierta
decepción.
—No, pero puedes participar en la
antología de poetas publicados.
—Hugo escribía poesía —dice
Alejandro.
—Hace mucho tiempo. Igual no me
veo como poeta. Era pintor. Ya ni siquiera me veo como pintor. Más aún, ni
siquiera me interesa la pintura.
Va a uno de los cuartos y vuelve
con un libro descuadernado. Algunas de sus hojas impresas en papel periódico están
sueltas. Me lo pasa y le doy una ojeada. “Direccional poético – Amor”,
Ediciones Ronda Literaria. Publicado en 1993, Buenos Aires.
—Hay un poema mío dentro de esa
antología. Te puedes quedar con el libro.
—¿Tienes otra copia?
—No, pero llévatelo. Ni siquiera
lo quiero tener acá. Ya no me interesa nada —insiste y enrolla una punta de su
bigote.
Daniel toma el libro en sus manos
y lee un poema de Matilde I. Méndez:
“Cayó una sombra
en el silencio perturbado
de la infancia,
no pregunté por qué.
Quizás no supe
que ya entonces
me abismaban los espectros.
Cuando me sé
pasajera del desierto
y no me alumbra el ansia
de distinguir las sombras,
desde nocturnos relámpagos
recurro al signo
enciendo el deseo
y le pongo sonido”.
Alejandro toma una de las páginas
que están sueltas.
—Este es el de Hugo —contenta y
lee “Azul”.
“Vi tu mano
vestida
(de
azul)
en la playa
que llora
(el
mar).
Vi tus ojos
parecidos
(a
olas)
jugando
(con
algas)
mojados
(de
luna).
Sentí
(tus
pasos)
rondando
(mi
cama)
bañé tu boca
(en
mi boca)
toda de azul,
azul,
azul,
delirio,
azul”.
—¡Demasiado rosa, che! —Dice Hugo—.
No me gusta.
Tomo el libro en mis manos y veo
que publicó en 1976 “Soledario”, en 1978 “Polen” en 1987 y 88 las cartillas
literarias “El libertario”. Por esa misma época: “El gnomo y el mágico
sombrero”, “La hoja en An Arca” y “El viento y el fuego”. Abro sus primeras
páginas y leo en silencio “Amor ausente”
de Irma Galletti Mastrangelo.
“Girando en un cono,
de la luz y sombra
se clava en los sentimientos
este amor nuestro.
Es lejano, cercano en la pasión,
reservado, intocable.
Pétalos desbordantes de
primaveras
perfumadas de minutos felices,
muchos espacios en la nada.
Callado, sereno imposible.
Demasiado grande en su
realización.
Es amor, sin final”
La compilación es demasiado
romanticona. A los poemas les faltan vísceras, por más de que sean de amor. Cierro
el libro. Tomo un poco de vino. Mi atención se centra en los dos cuadros que
cuelgan frente a la mesa. En uno hay un pimentón de color piel con pechos,
cintura, cadera y las piernas desnudas de una mujer sentada de espaldas sobre
un cajón que a su vez podría ser un aparato con piñones y dientes del que
sobresale un brazo mecánico que sostiene un pimentón rojo frente al cual hay un
gorrión gigante pintado con varios colores. Un par de libélulas que a su vez
podrían ser flores vuelan a un lado del desnudo. En el fondo hay una volqueta
que acaba de descargar una torre de ajedrez justo antes del corte de la línea
del horizonte. El segundo muestra a un joven con zapatos negros, calcetines
verdes, una pantaloneta de color caqui y una camiseta gris con las piernas
recogidas, los codos sobre las rodillas y las manos cubriendo sus orejas. Su
rostro, tapado por los antebrazos y por unas gafas de aviador, luce un casco en
el que hay un par de rostros, uno de los cuales mira al observador con recelo.
Una pequeña hélice sobresale en su parte superior. El humano monta un sillín
empotrado sobre un caracol con antenas y cuerpo de visos rojizos. El timón del
vehículo es una rana verde de ojos rojos. De un auto, en el fondo, crece un
árbol sin hojas. La figura me recuerda al personaje que volaba un helicóptero
casero en la película “Mad Max”.
—Tienen mucho de Dali —comento—.
Los seres me recuerdan la sección de “El infierno” en “El jardín de las
delicias” del Bosco.
—Hay varias influencias ahí
metidas —responde Hugo—. Igual el pibe se fue a la mierda.
Comentamos los cuadros un poco
más hasta que me dice que lo siga a un cuarto en el que hay un anaquel lleno de
libros, saca un álbum de fotos y me muestra otros cuadros del mismo autor,
junto a varios murales y telones que hicieron juntos.
—El Pibe podía haber llegado a
ser un genio. ¿Sabés cuántas horas le dediqué? ¿No te imaginás lo qué anda
haciendo? Es peluquero.
—¿Ya no pinta?
—Se dedicó a la joda. Quiere ser
popular.
—¿Qué edad tiene?
—Veintiuno. ¡Qué sé yo! Una
pérdida de tiempo, che.
—Qué triste. En realidad es muy
talentoso. Tal vez más adelante vuelva a pintar, cuando salga de todas esas
cosas que necesita vivir.
Hugo me mira con incredulidad.
Volvemos al comedor, llenamos nuestras copas de vino, las bebemos, abrimos la
otra botella y lo acompañamos a la cocina mientras pone el agua a hervir y
calienta la salsa. Es Daniel, quien al final se termina apropiando de hacer la
comida. La sirve en cuatro platos y pasamos a la mesa. Comemos con cierta
voracidad y me apresuro a lavar los platos.
Vuelvo a la mesa y seguimos
bebiendo. Daniel propone leer un poco de poesía. Busca una copia de su libro “Canto
Coral” entre los anaqueles de Hugo y lee “Antes”.
“Quisiera contar que mi soledad
Tan
felina a pedazos
Sostiene tirones de mis ideas
Que
chocan entre sí y hablan solas…
Usan mi cuerpo como detonante
Pero no me pertenecen luego.
Una
gran bandeja de mis tantos yo
Sucumbe
para no dejarse ir
Me atrapa por la cordura del orbe
Y
despide a las demás cargándole el hombro
Sacudiendo el pañuelo blanco
(de
telarañas)”
—Aquí va otro, “Contiene me peces…”
“Contiene Me peces aéreos con tus
manos
Marca suave el ocaso la cosa la
caricia acaso
Has que no sepa que son tus dedos
la suavidad
Que el mundo se empecina en
tenerme de huesos
Fluye por la piel como el
silencio en la almohada
Detén el reloj y su pulso exacto
a la orilla del sueño
Deja desfallecer llorando
yo-viendo esfumar
El endiablado ritmo del día como
cascada a tus manos.
Entonces ahora es cuando iluminas
esta selva de peces
Y tu roce acuático nombra las
cosas por vez primera
Una polilla de arena hace tronar
una lámpara de mil
campanas
En el momento en que tus dedos
transpiran caricias
escalofriantes
Son tus manos las que vinieron a
inventar esta noche
Llenando de cera la llama del
desierto
Son tus manos
La envidia de todos los Santos
De Lucifer
Del mundo
De la madre
Del hijo
De las otras manos
Tan desiguales
Y torpes
Que nos hacen creer
En la injusticia
En la inequidad
De un dios egoísta y unísono
Que solo pensó con mocos en la
nariz”
Dejando
el paraíso pleno
Sobre el plexo inconfundible
De
la fuente de tus dedos”
Lo lee con cierta mística y una
vos tranquila que lo carga de melancolía.
—Leé algo tuyo, che —propone.
Saco el computador y abro “Días
de agonía”
—Es de lo más reciente —explico—.
Los escribí en el hospital, en esos últimos días de mi papá. Este se llama “Montaña rusa”.
Te he llevado al
hospital
varias veces,
y varias veces
has vuelto a casa.
Siempre siento la
presión en el abdomen,
como si cayera en
picada…
sin alas.
Cuando vuelves
el mundo regresa a
su eje,
las azaleas
florecen
y los pájaros
cantan
al otro lado de la
ventana…
—Es demasiado farmacológico —dice
Daniel—. Muy farmacológico. Sí demasiado farmacológico. Leé otro.
Busco el siguiente: “Otra vez”.
El ulular de la sirena
rompe el silencio de la noche,
choca en los muros
de ladrillo
y vuelve a mis oídos…
Otra vez aquí,
tú y yo,
papá.
El enfermero regula el
oxígeno,
una pantalla muestra
tu pulso acelerado.
Vamos por las calles
rompiendo el viento,
diciéndole a todos
que nosotros venimos,
que la vida
es una exhalación.
—Otro demasiado farmacológico.
Sí, muy farmacológico…
—…no te das cuenta que se los escribió al papá, ¡boludo! —le dice Alejandro.
—Le falta esa calidad de ser universal
con la que cualquier persona podría sentirse identificada —comenta Hugo.
Los tragos van generando un
delirio general en el que unos hablan por encima de la voz del otro.
—¿Por qué no lees algunos de tus
poemas inéditos? —Propongo.
Alejandro saca las hojas
arrugadas y lee “Solo”.
“como una brújula
que tiembla al descubrir
que escribo
sobre el rompecabezas
de mi rostro.”
Selecciona otra hoja y lee la
versión antigua de uno de sus poemas sin editar.
Hugo hace caras de no entender
nada.
—Léete el que quedó reducido a un
verso.
Alejandro lo hace.
—Este sí me gusta —comenta Hugo—,
veo la imagen perfecta.
—Ves lo que digo. Es minimalista,
va directo al grano, está lleno de sentido.
—Esto me suena conocido, che. No
es mío. Sí, esto no es mío —Alejandro vuelve a mirarlo en el papel y niega.
Saco la cámara y nos tomamos una
foto contra un mural que Hugo pintó con su aprendiz. La imagen muestra a un ser
de ojos verdes y corona dorada. Su cabeza está separada de su cuerpo plateado.
Ciertas partes doradas, como los hombros, o los brazos de cristal, le dan
apariencia de humanoide en un mundo fantástico.
Volvemos a la mesa y llenamos las
copas una vez más.
—En este punto necesito chupar un
coño —dice Hugo—. O una pija, lo que sea.
Su rostro está más rojo que antes.
Enrolla la punta de su bigote.
Daniel le pregunta algo relativo
a un prostíbulo al que frecuentan y hablan de lo caras que se han vuelto las
prostitutas.
—Triplicaron su precio —se
lamenta Hugo—. Necesito chupar un coño o una pija.
Lo repite una y otra vez como
disco rayado. Le escribo un mensaje de texto a Cecilia para ver si sigue
despierta. Responde al minuto. Dice que pasa por mí. Le envío la dirección y
llega a los quince minutos. Nos despedimos de Hugo y embarcamos el Citroën. Alejandro
y Daniel le piden que los deje en el centro. Daniel cuenta que tiene una novia
a la que quiere traer a vivir con él a Río Grande, y Cecilia le dice que se
ande con cuidado. Que no se puede jugar con los sentimientos de las personas
sobre todo en algo tan sensible como sacarla de su ciudad.
—Vos tenés que ser muy serio con
eso, no es un juego.
Daniel la escucha y responde que
está enamorado.
Cecilia frena en una esquina, le
recuerdo a Alejandro nuestra cita con Lucas y Pri al día siguiente. Nos
despedimos y se bajan.
—¿Estás borracho?
—Un poco.
Pasamos una vez más por la
glorieta y conducimos detrás de la pista de aterrizaje. Cecilia me cuenta que
se vino detrás de un tipo y el hombre resultó tener novia.
—Resolví quedarme aquí.
Demostrarme a mí misma que podía ganarle a la situación.
—Me alegro mucho por eso.
Estaciona frente a su casa,
entramos sin hacer ruido, me cepillo los dientes y me acuesto a dormir. El sofá
me calza perfecto. La borrachera genera en mí ese canto a la felicidad del
momento. Mañana será el día en que conozco al “Mochi”, si todo va bien.
Reporte publicado desde San
Carlos de Bariloche, Río Negro, Argentina
Espere nuevas crónicas y
fragmentos del cuaderno de viaje “En busca de poetas”.
Para mayor información visite la
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